No tienen rumbo ni propuesta. No tienen horizonte. Siguen a bordo de un barco a la deriva. De un navío destructor que se dirige a ninguna parte, a donde los empuja el aire. Son la parte de la izquierda mexicana atrapada en ese buque sin rumbo que se mueve por las olas del humor de su ex candidato presidencial.Van de tumbo en tumbo. Primero la protesta electoral conocida por todos, después el boicot fracasado a la toma de posesión del Presidente. Enseguida la mofa del combate a la delincuencia, poco tiempo después se atravesaron inútilmente a la reforma del ISSSTE. Luego promovieron un diálogo con el EPR, después criticaron al IFE, ahora están empeñados en entorpecer la reforma a Pemex. Todo ha resultado un fracaso. Los radicales ni siquiera pudieron ganar el abordaje a su partido. Abrazados a la frustración, los radicales empiezan a dejar atrás el tema de Pemex para cambiarlo por uno que les parece más rentable, más carroñero, más incendiario: el alza en el precio de los alimentos. Nada valdrá explicar que esos precios tienen explicación en la demanda mundial. Menos apreciarán el desempeño económico de los llamados commodities. No escucharán que un remedio nacional es limitado. Basta ver cualquier periódico para advertir que el problema de los alimentos está presente en Argentina, España, China, Estados Unidos. Los perredistas ya afilan sus amenazas, marchas y protestas contra el presidente Calderón. Tras ese cambio de discurso, paso a paso, sigilosamente, está iniciando una transición para un cambio de líderes. López Obrador tiene altos niveles de rechazo entre los ciudadanos: su gira para levantar al país contra la reforma a Pemex no prendió. Ebrard lo sabe perfectamente. Le llegó el momento de destetarse, de caminar solo. Por eso el jefe del Gobierno capitalino convocó a la consulta del petróleo en el Distrito Federal, por eso él atiende la pugna en el PRD. Por eso él, personalmente, busca el respaldo de los gobernadores perredistas a su consulta petrolera, de donde sacará, como un mago a un conejo de la chistera, el “rechazo” del país a la reforma de Pemex. Pero la pregunta es clara: ¿qué hace el jefe del Gobierno capitalino metido en temas del petróleo? ¿Qué hace dirigiendo a la mitad de su partido? ¿Por qué anda en los preparativos de las fiestas del bicentenario de la Independencia? ¿Por qué distraer recursos económicos a una consulta de petróleo, cuando debería invertirlos en capacitar y adiestrar a sus policías? Ocupado como siempre en la grilla de su partido, Ebrard continúa acumulando tragedias en su servicio público. Como secretario de Seguridad todos fuimos testigos atónitos de cómo una turba quemaba vivos a dos policías en Tláhuac. Escurridizo, brincó ese percance. Ahora quiere ser protagonista de la reforma petrolera, mientras unos jóvenes y policías mueren aplastados en un operativo policiaco mal ejecutado. Ebrard está distraído. Quiere la capitanía del barco perredista. Pero debemos preguntarnos: ¿cuánto terminarán costando las distracciones de Ebrard? Quiere repicar campanas y andar en la procesión. Está distraído porque quiere ser un nuevo dios del PRD. ¿Se lo permitirá el patriarca perredista, ese mismo que acaba de colocar a su hermano como jefe del partido en Tabasco? *** ¿Constitucionalizar a la Conago? Eso sería legalizar la feudalización del poder en México, debilitar más al Congreso y posponer, eternamente, la rendición de cuentas plena de los gobernadores. Presidente nacional del PAN |