| Cuando Salvador Dalí se convirtió en una atracción turística, proveedora de una buena cantidad de divisas, solía divertirse vendiendo a sus visitantes frases estrambóticas que hacía pasar como máximas surrealistas que escondían una rara sabiduría. En alguna ocasión, unos ingenieros que pasaban por Port Lligat visitaron al pintor, y de entre la plática uno de ellos dijo con tono poético: “Un verano sin abetos no sería un verano para mí”; cuando apareció en el jardín de Dalí un cráneo de elefante traído de quién sabe dónde, suspiró y dijo: “En cambio, yo no concibo el verano sin cráneo de elefante”. Los ingenieros creyeron haber recibido una máxima del surrealismo tardío, mientras que Dalí registraba en su diario una bufonada sin sentido. A veces, en torno a las discusiones que uno podría considerar valiosas, podemos formarnos ciertas expectativas, ya por la gravedad del tema que se toca o bien por la altura de quienes deben esgrimir sus razones; sin embargo, no siempre esas expectativas se ven satisfechas, y no siempre lo que esperamos oír de quienes se presentan como especialistas logran superar el cráneo de elefante daliniano. Véase, por ejemplo, la discusión sobre la reforma energética. Este tema, tan vital como los que más en la agenda nacional, parecía haber captado la atención del público mexicano pendiente de las razones que habrían de identificar posturas sobre el patrimonio de la nación, su uso y su mejor destino, aunque buena parte de las opiniones no alcanzan su objetivo; sin embargo, lo que los ciudadanos queremos es que expertos, grupos interesados y quienes conocen a fondo el tema energético nos digan cuáles son las opciones que nuestro país tiene al respecto, las dificultades de cada una de ellas y las ventajas que podrían traernos. De entre los lugares comunes más recurrentes se encuentra el que supone que podemos hacer cualquier cosa con la producción energética siempre que respetemos la Constitución, y eso es tanto como decir a un ingeniero que queremos que nos construya un puente, como él lo quiera, siempre que no se caiga. Esto es decir nada, porque ahora resulta que quienes tienen como política ignorar la Constitución ahora la defienden como un tabú, cuando en realidad puede ser reformada si ya no se adecua a las necesidades políticas, si hay razón y consenso suficiente para mejorar ese pacto político. Lo hemos hecho antes —en no pocas ocasiones con éxito— y lo volveremos a hacer cuando sea necesario. Hay una línea clara que divide el respeto de la reverencia y a ésta del tabú. Si queremos responder a este problema evidente hay que abordar a fondo las razones; de lo contrario, nos vamos a quedar, el próximo verano, sin abetos y sin cráneo de elefante. fernando.serrano@cide.edu Profesor del CIDE, la UNAM y el Colmex |