| Cuando el presidente Calderón inicia un viaje de Estado a España, recordemos que hace 30 años las naciones mexicana y española estaban sumidas en desarrollo precario. España comenzaba a dibujar su transición y organizaba con temor sus primeras elecciones democráticas después de la dictadura de Francisco Franco. México, por su parte, estaba sumido en esa suerte de franquismo colectivo y sexenalmente renovable. Poco a poco, los dos pueblos alcanzaron su transición a la democracia, sin estar exentos de intentos de regresión autoritaria. En España un batallón del Ejército, comandado por el teniente coronel Antonio Tejero, tomó el Congreso, pistola en mano, para sabotear la democratización española. En México, con la misma deslealtad al Congreso, el PRD tomó recientemente las cámaras de Diputados y de Senadores, y en algunas entidades de la República se asoma el rostro del regreso al fraude electoral. Sin embargo, esos sobresaltos fueron superados defendiendo a las instituciones y consolidando el respeto al estado de derecho. Defender al Congreso es defender a la transición democrática y defender el imperio de la ley. En estas últimas décadas las dos naciones hemos construido un diálogo bilateral útil, hemos incrementado el intercambio comercial de manera sustancial y hemos tenido un enorme acercamiento entre todos los dirigentes políticos. Con singularidad política, para enojo de la parte sectaria de la izquierda mexicana, el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista, reconoció oportuna y contundentemente el resultado de la elección presidencial mexicana favorable a Felipe Calderón. España y México tenían enormes similitudes en los 60: autoritarismo, economía cerrada, centralismo total, instituciones no consolidadas, empresas públicas poco eficientes y rezago en algunas partes de infraestructura. Concretamente en 1960, el tamaño del PIB per cápita de ambos países era similar. Cuarenta años después, España tiene un PIB per cápita tres veces mayor que el nuestro, su ingreso anual por habitante es de más del doble que el de los mexicanos. España dio el salto a la modernización y enterró su pasado. Abrazó la democracia, regionalizó el poder y se abrió de par en par a una relación con el resto de Europa. No le temió al progreso ni apostó a un nacionalismo falso que simplemente la aislaba. Desde entonces España inició grandes cambios económicos que le han permitido incorporarse a un entorno económico global, y poco a poco construyó empresas exitosas que compiten en el mundo. España, como México, era origen de migración; hoy es destino para muchos migrantes. ¿Por qué se estancó la calidad de vida de los mexicanos, mientras que la de los españoles sigue en aumento, cuando arrancamos, prácticamente del mismo lugar? La respuesta es sencilla: España realizó una serie de transformaciones para ajustar el desempeño económico a un mundo en competencia global. Aprovechó la geografía, no levantó más muros con Francia que los naturales Pirineos. Combatió la corrupción. Fortaleció a los jueces. Solidificó su sistema de partidos. Cuando ganó la izquierda, el Partido Popular respetó, y cuando ganó José María Aznar, Felipe González no invadió de berrinches la Gran Vía de Madrid ni se autodenominó “presidente legítimo” de España. Ellos no tienen petróleo, ni nuestras playas, ni el ingreso de los mexicanos en Estados Unidos, ni mucha de nuestra riqueza. Conclusión: no hacer las reformas modernizadoras cuesta y lo pagan los más pobres. *** Obama tendrá que revisar su posición frente al TLC. Le falta el voto latino para llegar a la Casa Blanca. Presidente nacional del PAN |