| Hace año y medio, cuando Barack Obama se perfilaba como aspirante demócrata a la candidatura por la Presidencia de EU, que finalmente ganó después de una intensa contienda con la ex primera dama Hilary Clinton, sostuve que el joven senador alcanzaría dicha nominación en un hecho sin precedentes no sólo por ser de color, sino porque llegaría mediante una carrera política vertiginosa. Más que un pronóstico descabellado, existían razones para considerar dicho escenario, independientemente que el principal rival de Obama sería una mujer muy respetada y apreciada por la mayoría de los estadounidenses. Entre las razones que, según sostuve entonces, llevarían a Obama a la candidatura de su partido destacan: gran carisma y liderazgo; personalidad fresca y discreta, con una trayectoria lo suficientemente exitosa y rápida como para mantenerlo al margen de grupos e intereses contraproducentes; audacia y ambición; pero más importante, la congruencia de ofertar a los electores el cambio desde el mismo cambio que supone su propia candidatura, como representante de una minoría étnica. Pero así como anticipé hace año y medio el triunfo de Obama, ahora sostengo que el candidato difícilmente llegará a la Presidencia de EU, ya sea porque los estadounidenses elijan en noviembre próximo a su contrincante republicano, John McCain, o porque las fuerzas ocultas y los intereses que se tejen detrás del poder en EU se lo impidan. Ciertamente, vislumbrar escenarios catastróficos no conduce a ninguna parte, pero existen sobradas razones para dudar si el grueso del pueblo estadounidense, anglosajón y protestante, está preparado o predispuesto para elegir a un presidente negro, aunque de madre blanca, o si los poderosos e influyentes sectores ultraconservadores están dispuestos a tolerarlo. Por lo pronto, dado que muchas cosas, sobre todo simbólicas, ideológicas o culturales, estarán en juego en las próximas elecciones presidenciales, además del nuevo inquilino de la Casa Blanca, todo parece indicar que presenciaremos la contienda electoral más reñida de la historia reciente de EU. Y por reñida entiendo una contienda donde la descalificación y el cuestionamiento recíproco entre candidatos serán brutales, una auténtica carnicería que, dicho sea de paso, a diferencia de lo que ocurre hipócritamente en México, no escandaliza a nadie. En todo caso, la clave del éxito para ambos contendientes radicará en no subestimarse entre sí y no menospreciar la inteligencia del electorado, el cual no se dejará engañar por injurias y calumnias baratas. Por otra parte, es previsible que el contenido de ambas campañas resalte la necesidad de cambios de fondo en la política económica y la política interna y externa de EU, considerando los exabruptos y excesos de George W. Bush. Ya McCain, por ejemplo, comenzó a deslindarse del actual presidente. Las diferencias serán de énfasis: concluir la guerra en Irak o mantener un desarme gradual, fortalecer la seguridad nacional a cualquier costo o diversificar los presupuestos destinados a seguridad para atender otras exigencias igualmente importantes, etcétera. Sin embargo, cuando se presenten en las urnas, los estadounidenses elegirán entre dos actitudes: un deslinde radical de Bush, tan radical como que los demócratas le apuestan todo a un candidato de color, o un voto más conservador por lo que tiene de temerario para muchos ser gobernados por alguien de una minoría étnica. La lógica indica que el malestar acumulado por la gestión de Bush y los excesos republicanos de los últimos años será más fuerte que cualquier resquemor étnico o culturalista. Pero la lógica no siempre se impone, sobre todo en una sociedad que en el fondo sigue mostrando profundos rasgos conservadores. De ahí que sostenga que Obama, pese a su carisma y su oferta de cambio radical, no llegará a la Presidencia. cansino@cepcom.com.mx Director del Centro de Estudios de Política Comparada |