| El desempeño del sector agro-pecuario durante el gobierno del presidente Calderón ha resultado peor que el desempeño agregado de la economía mexicana: el PIB sectorial creció 2% en 2007 y disminuyó 1.3% en el primer trimestre del 2008 respecto a igual periodo del año previo; mientras que el PIB nacional creció 3.3% en 2007 y 2.6% en el primer trimestre de 2008. Para colmo, no se vislumbran políticas públicas que conduzcan a dinamizar la producción agropecuaria. Por el contrario, las “acciones para elevar la producción de alimentos”, que el presidente Calderón anunció recientemente, son básicamente las mismas que han provocado el miserable crecimiento agropecuario (véase nuestra entrega del 29/V/08). De hecho, se mantienen inalteradas las “reformas estructurales” apegadas a las prescripciones del Banco Mundial y el FMI, que fueron aplicadas durante los años 80 y 90: la liberalización del comercio exterior, la severa reducción de la participación del Estado en la promoción del desarrollo agropecuario y la reforma orientada a liberalizar el mercado de tierras. Se esperaba que dichas “reformas estructurales” traerían consigo mayores tasas de crecimiento de la producción agropecuaria. El resultado ha sido exactamente el contrario: la producción per cápita de los ocho principales granos se redujo 10.2% entre el trienio 1980-1982 y el trienio 2005-2007, la de carnes rojas disminuyó 25.9%, etcétera; y las importaciones de alimentos saltaron de mil 790 millones de dólares (mdd) en 1982, a 15 mil 984.5 mdd en 2006 y a 19 mil 325.3 mdd en 2007. Por eso, el organismo internacional que más destacó como promotor de las reformas ha reconocido con humildad: “Se puede decir que el sector agropecuario ha sido objeto de las reformas estructurales más drásticas (la liberalización comercial impulsada por el GATT y el TLCAN, la eliminación de controles de precios, la reforma estructural sobre la tenencia de la tierra), pero los resultados han sido decepcionantes: estancamiento del crecimiento, falta de competitividad externa, aumento de la pobreza en el medio rural” (Banco Mundial, Estrategia de asistencia para el país 2002, Reporte 23849-ME). En consecuencia, el BM ha dejado de preconizar las políticas que impulsó durante las dos últimas décadas del siglo XX. No obstante, la tecnocracia mexicana ha sido incapaz de asumir esa autocrítica. Ya lo había advertido el filósofo hispano-estadounidense George Santayana: “Quienes no aprenden su pasado están obligados a repetirlo”. Así está ocurriendo: la tecnocracia parece olvidar que la liberalización comercial —combinada con la supresión del sistema de precios de garantía y con la recurrente sobrevaluación del peso mexicano— provocó la drástica caída de los términos de intercambio del sector agropecuario, desincentivando nuestra producción interna de alimentos. Por ejemplo, en el trienio 2004-2006 —previo al encarecimiento internacional de los alimentos— los cultivadores de maíz (sumando al precio de venta el subsidio de Procampo equivalente por tonelada) perdieron 52.2% del poder adquisitivo de su grano respecto al trienio 1980-1982; los trigueros perdieron 33.4%; los cultivadores de frijol 27.8%, etcétera. A lo anterior se sumó la brutal reducción de la participación del Estado en el desarrollo rural: la inversión pública agropecuaria disminuyó 89.7% entre el trienio 1980-1982 y el trienio 2005-2007, afectando la necesaria expansión de la infraestructura (v.gr. la superficie abierta al cultivo irrigado disminuyó de 146.1 miles de hectáreas en 1981, a 5.7 miles de hectáreas en 2007); y el gasto público agropecuario disminuyó 73.3% durante el mismo lapso, afectando partidas estratégicas de investigación, extensionismo, producción de fertilizantes y semillas certificadas, etcétera. Para rematar, el crédito bancario otorgado al sector agropecuario sufrió una caída de 84.4% en términos reales en igual periodo. El resultado agregado ha sido la descapitalización de los predios agrícolas, el incremento de la pobreza rural, la acelerada emigración al extranjero y el marasmo de la producción agrícola. En el futuro, si México no aprende su historia, volverá a repetirla una y otra vez. Por el contrario, sólo poniendo punto final al experimento neoliberal será factible desplegar una estrategia eficiente de desarrollo agropecuario, capaz de dinamizar nuestra producción interna de alimentos. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |