| La multiplicación de los problemas naciona-les —producto sólo en parte de las complejas crisis internacionales (inestabilidad financiera, alzas históricas en los precios del petróleo y los granos, narcotráfico, tráfico de armas y personas, terrorismo)— ha incubado un ambiente de zozobra en algunos sectores sociales. Como país estamos arribando rápidamente a una encrucijada que exigirá respuestas claras y condundentes. México es un país curioso, lo cual no quiere decir que sea distinto a otros, necesariamente. Los mexicanos somos solidarios y culposos, pero, al mismo tiempo, profundamente individualistas y egocéntricos. Un espacio donde estos sentimientos encontrados se expresan en todo su esplendor es en la política. Envueltos en un discurso de salvaguarda de la patria, los gobernantes y sus partidos se disponen a utilizar recursos públicos para sus fines particulares. Estos elementos hacen que las formas en la política sean un velo que disfraza, aunque someramente, el fondo del interés específico. Uno podría argumentar que este relato es el de la humanidad, desde que es humanidad. Sin embargo, ante esta historia, los límites son importantes. Debe haber límites a toda conducta en sociedad. Los límites son legales, en primer término, y sociales o culturales, en segundo. En política no sólo se debe parecer algo: hay que serlo. En México, uno de los “valores culturales” de la política es no ponerse de acuerdo con el oponente. Nunca, se diría, hay que darle la razón al enemigo, incluso aunque la tenga. México valora, culturalmente, los acuerdos alcanzados por los políticos como hechos indignos y forjados “en lo oscurito”. Para ser un político digno en México hay que rechazar los acuerdos, como sistema. Claro, a lo que conduce esta aberración es a una de dos: o el regreso a un régimen autoritario donde los “acuerdos” se imponen como decisiones unilaterales, o a una vida “democrática” en la que todos reniegan de todos y en donde no caben los acuerdos, ni siquiera los mínimos. Culturalmente, los mexicanos, los políticos primero, creemos mucho más en el autoritarismo que en la democracia como forma de gobierno. Por lo tanto, estamos atrapados en el fragor de nuestras propias palabras y designios: exigimos democracia, sacamos al PRI de Los Pinos, pero no estamos equipados para jugar a la democracia, respetando las reglas democráticas. ¿Qué reglas? No son muchas, pero son esenciales. 1. Una vez acordadas las reglas de la competencia, hay que jugar con ellas y respetarlas. 2. Alguien siempre gana y alguien pierde. Las partes deben aceptar tanto la victoria como la derrota. 3. La negociación y acuerdos son una parte indispensable de la política. Todos deben ser partícipes en ese quehacer necesario. 4. Proteger al Estado es el fin común. Cuestionar al gobierno, el papel legítimo de la oposición. 5. Los líderes de opinión son importantes, pero también lo son los que no “lideran” opiniones, pero que son los afectados por las decisiones: la sociedad en general, cuya opinión no puede ser despreciada. 6. Todos deben pagar impuestos, para poder exigir el buen gobierno. La informalidad/criminalidad económica reproduce las opciones de no ser un ciudadano pleno de la nación. Todos los mexicanos tienen que ser ciudadanos plenos para poder exigir corresponsabilidad gubernamental ante sus quejas. Ante el cúmulo de problemas, el país requiere gobernantes capaces de comprender, en todo lo que vale, el problema democrático de México. Esto quiere decir, en pocas palabras, que todos son necesarios para la tarea que enfrentamos como nación, porque todos son corresponsables. Nadie puede, o debe, alegar que está fuera de la toma de decisiones, en algún nivel, en el nivel que le toca a cada quien. La legislación sobre Pemex debiera acordarse entre todos, viendo por el Estado mexicano. El combate al narcotráfico también, al igual que el combate a la pobreza. La victoria en estos frentes sería de todos, no sólo del partido en el poder. Y, de todos modos, en las siguientes elecciones la gente votará por el partido de su preferencia. Resolver problemas de la nación no significa, per se, refrendar al gobierno actual en el poder, pues la alternancia se da por muchas razones (Churchill ganó la Segunda Guerra Mundial y perdió su siguiente elección parlamentaria). ¿Qué hacer ante la crisis de la nación mexicana? Aceptar las reglas básicas para el funcionamiento de la nueva democracia. Además, si no lo hacemos, la opción será la vuelta al autoritarismo. ¿Queremos eso? ricardopascoe@hotmail.com Analista político |