| Cherán, un pequeño municipio michoacano enclavado en la meseta purépecha, se vio envuelto en riñas, homicidios y conflictos. El alcalde, priísta, está señalado, por los perredistas, de participar en esos delitos. En ese marco de violencia, durante la semana pasada algunos dirigentes comuneros identificados con el PRD, sin esperar resolución de la Procuraduría del estado, invadieron o “tomaron” por algunas horas la sede del Congreso michoacano, para exigir la desaparición del Ayuntamiento de Cherán. Más allá de la culpabilidad o inocencia del mandatario de Cherán, el procedimiento perredista es conocido y no sorprende. Es una réplica michoacana de la famosa “toma” del Congreso nacional. El hecho no es menor ni es aislado. Exhibe un reflejo antiparlamentario. El PRD procede contra el Congreso, aunque el gobernador sea de su partido y él haya designado al procurador; y más aún, el PRD se lanza contra el Congreso michoacano, aunque el propio PRD sea el grupo que tiene más diputados locales en Michoacán. Esa actitud antiparlamento, ese comportamiento seudopolítico de avasallar a la representación popular, pone a la vista de todos la pretensión perredista de someter al Congreso, de colocarlo por abajo del interés del partido, de humillarlo y someterlo a la fuerza de la presión. ¿Qué significa esa conducta? Aclara que el PRD demanda la restauración del viejo presidencialismo, de ese poder unipersonal que no compartía ni dividía el ejercicio del poder. Añoran ese poder supremo depositado en un solo individuo. El movimiento perredista, sobre todo el de López Obrador, no se entiende en los congresos estatales o en el nacional con “parte” del poder; sólo se concibe plenamente con “todo” el poder y, de preferencia, depositado en una sola persona. Los caudillos, en cualquier parte del mundo, arrasan con los parlamentos. El referéndum que propone López Obrador y dispone Marcelo Ebrard para el tema del petróleo constituye otro ataque al Congreso. Es una “toma” del poder legislativo como la de los perredistas de Cherán. Buscan rebasar al Congreso con una consulta directa que no decida nada, pero que presione a favor de su interés, del interés de detener la modernización y fortalecimiento de Pemex. ¿Entonces para qué tanto debate en el Senado de la República? ¿Para qué una decisión colegiada? ¿Qué caso tienen los informes técnicos y las discusiones de los representantes populares? El referéndum perredista busca debilitar al Parlamento, por varias razones: la primera, porque saben que la fuerza que tiene ahora disminuirá dramáticamente en las próximas elecciones parlamentarias. Ganar la partida del referéndum hoy significaría obviar el resultado electoral de mañana, donde se renovará la Cámara de Diputados. Dicho de otra manera: ¿para qué ganar la Cámara si pueden ganar el fraseo de una pregunta en un referéndum (obvio: el que redacta la pregunta tiene ventaja)? La segunda, porque el discurso de rancio nacionalismo petrolero de la izquierda sólo es encarnable desde el vetusto presidencialismo que ignora a la representación nacional. Pero tienen, también, una razón doméstica: los seguidores de López Obrador, con un referéndum, pasarán por encima, aplastarán definitivamente a los perredistas que creen en el Parlamento. Casi todos simpatizantes de Jesús Ortega. Por eso, mientras estos últimos buscan apoyos a una iniciativa legislativa y dicen tener “franjas de consenso” con el PRI en el tema del petróleo, los radicales lopezobradoristas preparan con entusiasmo el referéndum en la ciudad de México. *** El IFE no tiene facultades para organizar un referéndum. Tampoco muchos perredistas para aceptar el resultado adverso. Presidente nacional del PAN |