| A mediados del siglo XIX, los liberales creían que “todos los mexicanos formamos una familia” y, por lo tanto, deberíamos formar una nación. Para Justo Sierra, la nación se definía por “el suelo en que nacimos”, afirmación que hoy está de moda otra vez, pues según T.K. Oomen, el territorio es la condición primera para la formación de una nación. Pero además del territorio, tienen que existir otros elementos: según Leopoldo Zea, “una historia común”; según Norberto Bobbio, “un poder que organice a la población” y, según Pietro Barcellona, “un orden jurídico” con la capacidad de “proveer protección a sus residentes contra la inseguridad interna y la agresión externa”. Hay quienes consideran que esas cuestiones no son suficientes y ni siquiera son las decisivas. Para Luis Villoro, una nación es “una modalidad de hombres que formarían un conjunto, de fronteras imprecisas, que comparten una manera de sentir y ver el mundo, esto es, una cultura”; según Horacio Labastida, “para sentirse parte del ser nacional mexicano hay que sentirse parte de la cultura mexicana”, y Gilberto Giménez y Catherine Héau hablan de “un legado cultural compartido”. El nacionalismo, entonces, se refiere a la pertenencia a un territorio de fronteras físicas precisas así como a una herencia histórica y una cultura compartidas, arraigados en el imaginario y legitimados por el discurso. Pero lo que estamos viendo ahora en México, es un tipo de nacionalismo que no tiene que ver ni con la primera ni con la segunda definición. A raíz de la cuestión energética, el nacionalismo es una ideología, pero también, como diría Natividad Gutiérrez, “un sentimiento, un ideal, un movimiento y una política”, según los cuales se debe “defender” un recurso natural de los deseos antinacionalistas de ciertos grupos sociales dentro de la propia nación mexicana. Así que lo que alguna vez sirvió como forma de cohesión social y de contención de conflictos, hoy es una forma de oposición y de creación de conflictos. Pero en cualquier caso, se trata de algo que no pasa por la razón sino por la emotividad, de modo que “no es lo que es sino lo que la gente cree que es”, como escribió un estudioso. Pero eso tiene tanta fuerza, al punto que determina las actitudes y conductas de las personas y constituye la razón principal tanto de la solidaridad como de la enemistad. Así que el tema no son las leyes ni las reformas a la Constitución o las diferentes consideraciones de lo que sí o no se puede hacer para extraer o refinar más petróleo, sino la comprensión del hecho de que en el imaginario mexicano el petróleo, como bien lo han dicho algunos, no es una materia prima y Pemex no es una institución o empresa sino que son emblemas de nuestra nacionalidad (Jiménez Espriú), parte de nuestra mitología (Aguilar Camín) y como tales se les debe abordar. El no hacerlo así, el no darle valor y reconocimiento a esa forma de entender las cosas, es lo que nos está llevando a un diálogo de sordos entre “expertos” e “ideólogos”, entre “técnicos” y “políticos”, cuyo resultado es la imposibilidad de acuerdos. Y no sólo eso, también a una división entre “nosotros” y “ellos”, según la cual el mundo se divide entre patriotas y vendepatrias. Porque mientras la obsesión de los países desarrollados es crear riqueza, para nosotros es otra: la de no perder piso en aquello que ideológicamente nos construyó y cohesionó como nación. Hoy son nacionalistas quienes creen que esto merece la pena defenderse aun si el precio de ello es no “modernizarse” en el sentido como lo conciben hoy las élites pro globalizadoras. El nacionalismo de hoy entre nosotros es lo contrario del de hace un siglo, pues si entonces fue estímulo para entrar en la modernización capitalista, hoy se presenta como lo contrario. Para algunos el precio es alto, para otros vale la pena pagarlo y ojalá hiciéramos lo mismo con el agua, con los bosques, con ciertos cultivos. La gran paradoja del nacionalismo es esa: que puede ayudar o obstaculizar, sirve para afirmar o para negar, para empujar o para detener, para conseguir o para impedir. sarasef@prodigy.net.mx Escritora e investigadora en la UNAM |