| Los mexicanos hemos desarro-llado una instintiva desconfianza ante los acuerdos políticos. Años de frustración y logros cuestionables nos han llevado a pensar sistemáticamente que no “se dan pasos sin huarache”, y que toda sonrisa, abrazo público, fotografía o conversación en los medios esconde una intención oculta, de la que alguna ventaja se espera obtener. La semana pasada, en el contexto del Día del Maestro, se presentó un documento bajo el título Alianza por la Calidad de la Educación. Quisiera, al hablar de este tema, pensar que la desconfianza será superada, porque la situación en la que nos encontramos exige soluciones reales. La catástrofe educativa en México ha sido puesta en evidencia de manera reiterada en los últimos años como para que podamos considerar tibia cualquier denuncia sobre el tema. Es inútil soñar un México mejor si las nuevas generaciones carecen de un verdadero acceso a la educación de calidad. Pero el mismo término “calidad” se ha vuelto engañoso, pues entre más se usa, más parece indicar su ausencia. El documento habla de tres líneas, la que se refiere a los centros escolares, la que se refiere a los alumnos y la que se refiere a los maestros. Se incluye un anexo con datos que sorprenden por su crudeza. Se habla de la situación de la infraestructura y el equipamiento de las aulas, y se hace una apuesta por aumentar la presencia de recursos electrónicos. Respecto a los alumnos, llama la atención que se considere la situación de su salud; ahí, por ejemplo, los datos sobre la obesidad de la niñez mexicana son alarmantes. Respecto a los maestros, el planteamiento de asegurar las plantas en razón del mérito y la capacitación no puede menos que aplaudirse. En efecto, lo más valioso de todo sistema educativo es su planta docente. Y muchos profesores mantienen el amor por su profesión. Durante el Día del Maestro, una accidental cadena electrónica me llevó a recibir múltiples felicitaciones en las que diversos “pobresores” se animaban mutuamente. Mientras se mantenga esta vocación podemos mantener esperanza, pues se trata de una fuerza humanizadora insustituible. Llama la atención y preocupa la escasa referencia a los padres de familia. Son señalados casi de paso a propósito de la evaluación educativa. Lo cierto es que encuestas recientes han mostrado una fuerte laguna a este respecto. Muchos padres de familia consideran como “buena” la escuela donde tienen a sus hijos, más por inclinación afectiva o por certeza interior que por un verdadero seguimiento del desempeño. Si añadimos la existencia de cuotas controladas en el índice de reprobación, tendremos que reconocer que en muchas ocasiones los padres de familia estarán orgullosos de que sus hijos pasen de grado o de etapa sin realmente haber cubierto los objetivos deseados. Releyendo el principio siete de la Declaración de los Derechos del Niño, proclamados hace casi 50 años, recordamos que “el interés superior del niño debe ser el principio rector de quienes tienen la responsabilidad de su educación y orientación; dicha responsabilidad incumbe, en primer término, a sus padres”. Si realmente deseamos que la educación sea un principio transformador de la sociedad, y que superemos la situación de “país maquiladora”, exportador de mano de obra y mercado de consumo, la planeación educativa debe considerar seriamente la capacitación de los padres de familia como los principales responsables de la educación de sus hijos. teyamoz@prodigy.net.mx Sacerdote y teólogo católico |