| El duro llamado del presidente Calderón a los medios a que militen con el Estado en la guerra del narco, so pena grave (aunque ambigua), ha causado desconcierto. Para esclarecerlo hay que distinguir la cobertura del tema en sí por los medios, las fricciones acumuladas entre los medios y la clase política, la presión sicológica de la guerra del narco sobre la oficialidad a cargo, y la posición defensiva o cauta del gobierno en otros temas importantes. El desconcierto se explica porque la cobertura mediática del narco no ha demeritado al Estado a pesar de opiniones tremendistas. Pero se entiende que el Presidente, presionado por las pérdidas reales, sienta que el sensacionalismo de la cobertura no honre el sacrificio en sus filas. El desacuerdo sería de grado de sensibilidad ante el sacrificio, no de posturas enemigas: puede arreglarse con un ajuste del balance editorial de los noticiarios sin incurrir en propaganda. Ahora bien, el Presidente podría estar subestimando la capacidad del público para decodificar mensajes mediáticos, aptitud comprobada por las más exhaustivas encuestas de opinión en muchos países, hasta las conversaciones de vecinos. El público descree el dramatismo televisivo porque perturba su estilo de vida, lo que no le impide apreciar la rectitud y firmeza de un oficial como Édgar Millán, difundida por los mismos medios. Un Presidente que ignorara la ambivalencia del efecto mediático, y resintiera que los medios no estén a la altura ética de los caídos, podría estar errando el juicio. Con todo, una iniciativa de concordia correspondería a los medios porque no les costaría trabajo y abriría camino para encarar otros temas en mejor ambiente. No les costaría trabajo porque la mejoría de la información y el análisis deben ser constantes, y un gesto de buena voluntad podría ayudar a calmar los nervios oficiales. La preocupación de este artículo es que la tensión latente entre clase política y medios desemboque en escalada: sería el acabose en medio de la confusión. Los pontífices de la noticia deberían abstenerse de asestarnos su estrecha definición de periodismo a la menor provocación, y preocuparse por mejorar su trabajo cada día, sin desdén ni autosuficiencia. Por desgracia, en la guerra del narco los periodistas no pueden ir más allá del Estado sin arriesgar su integridad. Calderón parece obviar este ángulo siniestro. Los ángulos informativos de esta guerra son diversos. Por ejemplo: ¿cuánto cuesta a Estados Unidos el conflicto en recursos y vidas en comparación con México? Hay que llevar un seguimiento comparativo de los hechos en ambos países. ¿Está México en peligro de hundirse en la violencia por un problema que involucra a varios gobiernos? Estas y otras cuestiones merecen ser encaradas por los medios con investigación más sistemática sin exponerse a represalias. El nudo de la cuestión es la dificultad de distinguir los buenos de los malos en esta guerra. Al perseguir una historia, un periodista puede estar ingresando a la boca del lobo. Sus informantes pueden estar con los malos. La faz más espeluznante de México es la colonización del Estado por el crimen, dicho sea a pesar de excepciones como la de Édgar Millán. Haber abrazado esta guerra sin asegurar el mínimo de integridad de las fuerzas del orden podría resultar nefasto para todos. El gobierno en curso sería el segundo consecutivo del PAN en evadir la reforma de la administración pública. Muchas iniciativas siguen perdiéndose en los laberintos burocráticos. A pesar de valiosos elementos de viejo y nuevo cuño, la administración pública sigue gobernada por una mecánica en la que unos simulan reformar y otros simulan ser reformados. La guerra del narco descubre que la prioridad es reformar a la oficialidad misma. blascota@prodigy.net.mx Analista político |