| La discusión acerca de la reforma energética ha iniciado. Tal vez porque las primeras sesiones se destinan a los “principios”, lo que hemos visto no tiene mucho que ver con el petróleo, ni con la energía. Lo que se ha debatido es si debemos mantener la idea sobre la que construimos al país durante el siglo pasado o no. Más concretamente, si el nacionalismo revolucionario debe seguir vigente o si ya es tiempo de dejarlo atrás. Y es que ése es el verdadero debate que no queremos dar en México, pero del que depende nuestro futuro. Es el último tramo del cambio de régimen. Es el cierre de un proceso de transición muy lento y accidentado, pero que ha logrado llegar hasta aquí, hasta el momento de definición. El régimen que vivimos durante el siglo XX es hijo de su tiempo, es la tercera vía disponible en los años 30. Ni el comunismo soviético ni el capitalismo occidental, sino ese camino de regreso que fue el corporativismo. Un régimen antiguo desde su fundación, que regresaba a la concepción orgánica de la sociedad, constituida por cuerpos funcionales, dirigida por una sola persona, un gran árbitro, y orientada hacia una utopía religiosa: la Revolución. Es un régimen de privilegios para esos cuerpos sociales: sindicatos, centrales campesinas, empresarios, universidades, que a cambio serán el sostén político del autoritarismo. Ese régimen quedó destruido, en sus características operacionales, en 1997. Para ese año, la Suprema Corte había recuperado su autonomía, lo mismo que el Banco de México; hacía tiempo que los gobernadores podían ser de otro partido, y las elecciones empezaban a ser una fuente alterna de legitimidad. En ese año, el PRI pierde la mayoría en la Cámara de Diputados, y se abre una nueva etapa. Pero la esencia del régimen ha sobrevivido. La construcción cultural que fue la base de la legitimidad del régimen da sus últimas batallas. El nacionalismo revolucionario es el centro del debate, disfrazado de petróleo, convertido en su fetiche. Porque la discusión no tiene que ver con cuestiones técnicas ni económicas, sino con valores sociales. Más todavía, con un único valor: el nacionalismo construido sobre el mito de la Revolución. Cualquiera que entienda un poco de economía sabe que la renta petrolera es mayor conforme más empresas participen. Cualquiera que entienda de tecnología sabe que la división del trabajo es fuente de riqueza. Pero los defensores del nacionalismo no discuten esto, su oposición es resultado de algo más, de que creen que México no será capaz de sobrevivir como nación si no tiene como ancla al petróleo, es decir, a la nacionalización, es decir, a la Revolución. Los defensores del nacionalismo revolucionario, en el fondo, no pueden imaginar un país orgulloso de sus habitantes, que ingresa con éxito en la globalización y la modernidad. No. No creen en México, sino en la Revolución, en el régimen autoritario, en sus mentiras sobre soberanía y justicia social, en sus fetiches. Insisten en que México no puede vivir junto a Estados Unidos sin hacer uso de esas defensas. Y es que, de entrada, están derrotados, como lo estuvo México durante el siglo pasado. No es coincidencia que varias de las naciones que han tenido éxito en tiempos recientes sean precisamente aquellas que decidieron dejar atrás su visión derrotista y enfrentar a sus potencias vecinas: Corea del Sur, Irlanda, Finlandia, son naciones exitosas porque creen en su gente, no en sus mitos. Pero nosotros no podemos hacer eso, porque tenemos junto a la potencia, al imperio, al monstruo. Lo que derrota no es el enemigo, es el miedo. El miedo que fue la esencia del régimen autoritario y que nos convirtió en un fracaso. El miedo a dejar que los mexicanos se hagan responsables de sus decisiones. El miedo a dejarlos crecer. Porque no pueden hacer nada solos, necesitan a su líder paternal, necesitan a su guía. Ése es el debate. No nos engañemos, no lo evitemos. Crezcamos. www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM |