| Para algunos países, el petróleo es una bendición. Les permite contar con recursos adicionales para impulsar el desarrollo, disminuir la pobreza y respaldar su democratización. Sin embargo, para la mayoría de los países, el petróleo puede ser la causa de problemas adicionales: riesgo para su soberanía, ruina de su agricultura e industria, aumento de las desigualdades, corrupción y disminución de su libertad. La experiencia internacional de las últimas décadas (y la propia) nos debería volver precavidos. Tener petróleo no es siempre una bendición. El artículo de Michael L. Roos, en el último número de la revista Foreign Affairs, muestra cómo, en la inmensa mayoría de los casos de países petroleros, el petróleo ha resultado más una tragedia que una oportunidad de desarrollo. En la economía, los resultados suelen ser desastrosos. Por lo menos la mitad de los países exportadores de petróleo son hoy más pobres que hace quince años. La revaluación de sus monedas ha ocasionado la ruina de muchas de sus actividades agrícolas, industriales y ha traído consigo daños ambientales severos. Los pares y sigas en su crecimiento, asociados a los movimientos del precio del energético y el inadecuado manejo fiscal, han llevado al dispendio de los ingresos y a la incapacidad de invertir los excedentes en actividades productivas que generen en el futuro nuevos ingresos. Los ingresos adicionales, por lo general, han aumentado la corrupción, sin que ello preocupe a las empresas transnacionales, quienes no han dado muestras de voluntad de transparentar los ingresos y egresos por país productor. En la política, los saldos pueden ser aún más graves. El petróleo es causa de numerosas intervenciones extranjeras, guerras civiles y guerras de secesión. Cuando en el mundo los conflictos han disminuido en los últimos 15 años, en los países petroleros el número de guerras asociadas al petróleo se sostiene. Como lo argumenta el influyente editorialista del New York Times, Tom Friedman, hay una ley de la petropolítica: conforme aumentan los precios, pierde ritmo la libertad. La recesión democrática en curso, en mucho, está asociada al crecimiento del petro autoritarismo. La razón es sencilla: cuando se tiene mucho dinero, hay una propensión a no preocuparse por hacer otras cosas que son necesarias para el desarrollo. Y, en cambio, hay una tendencia a que los líderes se concentren en sacar beneficios personales, en corromperse, y en comprar o aniquilar a la oposición. Existen desde luego países que manejan bien su petróleo. Que lo utilizan a favor de su desarrollo y el bienestar de sus poblaciones. Tales son los casos de Noruega y Canadá. Pero estos países cuentan con instituciones democráticas sólidas, culturas arraigas de rendición de cuentas, órganos reguladores del Estado que sirven al interés público, poblaciones educadas y vigilantes, estados fiscalmente sólidos, sectores públicos eficientes y extendidos, y economías de mercado consolidas e innovadoras. Esta no ha sido nuestra experiencia. Una mala administración de los ingresos petroleros (no invertirlos, dilapidarlos en gasto corriente, no formar reservas suficientes para los tiempos de vacas flacas), combinado con la corrupción y con la tentación de utilizar los ingresos para consolidarse en el poder y suprimir a la oposición, es un escenario que nos es más cercano. Precisamente: ¿a partir de las experiencias internacionales, qué razones hay para pensar que la reforma petrolera planteada enfrentará la corrupción, mejorará la productividad de PEMEX, apoyará el crecimiento, disminuirá las desigualdades, cuidará el ambiente, fortalecerá la democracia y no expondrá a México a nuevos riesgos externos? Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista |