| En Rusia 63 campos de trabajo para menores delincuentes alojan más de 10 mil adolescentes. Otros tantos esperan en centros de detención provisional. El 15% del total son mujeres. Según las estadísticas oficiales para aquellas muchachas, 40% han sido inculpadas por robo, 14% por robo con violencia, 13% por agresiones y 5% por asesinato. El 75% dejó la escuela en tercero de secundaria. Pocas pertenecen a familias felices que harían todo lo posible para sacarlas de la cárcel o ayudarlas a su salida. Los campos de reeducación y los reformatorios de Rusia están llenos de niños venidos de ningún lado y yendo a ningún lado. De ellos se dice que eran niños difíciles, abandonados, huérfanos, de hogares desintegrados y que de ellos lo único que se puede esperar son problemas. Después del campo, demasiadas veces son contaminados por el ambiente carcelero, por el romanticismo del mundo criminal. Con unas condenas de tres a cinco años en promedio, salen marcados y cargan con el peso de su detención, lo que no facilita su integración a la sociedad para tener una vida normal. Para los muchachos parece que es menos difícil, porque su pasado no les inspira ninguna vergüenza (al contrario). Encuentran un empleo en la fábrica, en un taller, con un mecánico que no se preocupa del pasado de sus trabajadores. Para las niñas, es otra cosa. La cárcel, el reformatorio les ha sido más pesado, les ha costado más trabajo acostumbrarse a un espacio confinado entre los muros de la estrecha celda, a las duras y militares condiciones de vida: cualquier desplazamiento se hace en formación y marcando el paso, para ir a comer, trabajar, lavarse, estudiar, descansar. El trabajo es lo que distingue a las muchachas de los varones; a ellas les enseñan a coser y luego cosen, cosen sin parar durante los años que les tocan. El sueldo es ridículo y el tiempo pasa con una desesperante lentitud hasta el día de la liberación. Una de ellas, Katia C., confía: “Claro, una desea una vida normal, como todo el mundo. Una familia, una casa, un trabajo. Escapar a estas miradas más o menos discretas que te marcan como una criminal. Es muy desagradable pero no hay manera de escapar a estas miradas. ¡Tengo tantas ganas de gritar a todo el mundo que somos seres humanos, que tenemos un alma! Que no somos peores que muchas personas que andan en libertad”. Muchas de ellas han pasado largos años en un campo por un robo insignificante. Sonia dice: “Tenía ganas de comer, quería ropa bonita, no tenía dinero. ¿Qué hacer? Robar, ni modo. Vas a robar y sabes que está mal, que no deberías hacerlo. Y lo haces sin pensar en lo que podría pasar después…”. Si el arresto ocurrió en verano y la liberación se presenta en invierno, el dinero de la magra paga no permite comprar gran cosa cuando el clima lo impone, sin contar con el deseo legítimo de deshacerse cuanto antes de la bata o del abrigo reglamentario. Un proverbio ruso dice que la acogida depende de la vestimenta. Es más fácil encontrar trabajo cuando uno está bien vestido… La muchacha liberada, en el caso presente, sale con 720 rublos, con 300 pesos en la bolsa. Ha perdido el uso del dinero y no conoce el precio de las cosas; resulta que el pantalón de mezclilla más barato cuesta 300 rublos y un par de zapatos 500. Ya se acabó el dinero. No queda nada para comprar una chamarra o un suéter, algo indispensable durante ocho meses del año. Hay que viajar y comer en camino, puesto que normalmente los reclusorios se encuentran muy lejos de su lugar de residencia inicial. En promedio eso significa 24 horas de tren y un camión al final, pero tal gasto no está previsto por la administración penitenciaria. Las iglesias cristianas y las ONG rusas se preocupan por ayudarlas a la salida con ropa y un poco de dinero para empezar una nueva vida, para evitar las dos amenazas mayores, la droga y la prostitución. Una de estas asociaciones cuenta el destino típico de una muchacha. Vera tiene 17 años. Tenía tres años cuando su madre acabó con su vida, lanzándose debajo de un tren; su padre había muerto un año antes. Una tía había recogido a la niña pero, por su edad y pocos recursos, tuvo que dejarla en un orfanato cuando llegó a los 11 años. Su primera condena por robo no la mandó a la cárcel; la segunda vez, sí, porque el robo fue ejecutado con violencia. Vera recuerda con horror la voz del procurador reclamando ocho años de campo para ella; el juez la condenó a dos años y medio. Menor de edad todavía cuando termina su condena, no tiene adónde ir porque su orfanato ha desaparecido. La ONG Sodeistvie tiene años ayudando a las muchachas que salen del campo de Novooskol, conoce su vida y sus problemas y sabe que su liberación significa el principio de nuevos problemas. La ayuda a la integración social es casi inexistente; seis meses antes de la liberación, la administración investiga las futuras condiciones de vida de la muchacha, pero no tiene los medios para ayudar concretamente, de modo que las niñas se encuentran casi siempre solas y sin nada a la hora de la salida. En general no tienen pasaporte, el equivalente de nuestra credencial del IFE, quizá porque son menores. El resultado es que sin papeles no pueden alojarse, no pueden trabajar y se encuentran en la calle. ¿Y cómo está la situación en nuestro México, en los reclusorios para menores, sobrepoblados y con recursos insuficientes? A la hora de su liberación, después de pasar unos años en lo que pudo ser una escuela muy útil, pero también una escuela del crimen, ¿qué destino espera a nuestros jóvenes, a nuestras jóvenes? Por lo que me cuenta una sicóloga que trabaja en un reclusorio, la situación en México se parece mucho a la de Rusia. La parábola de la paja y de la viga. Sin malinchismo. jean.meyer@cide.edu Profesor investigador del CIDE |