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    Malas noticias de los hispanos
Jean Meyer
4 de mayo de 2008

El papa Benedicto XVI invitó hace 15 días a los “hispanos”, a seguir trabajando para el bien común, moral y religioso de Estados Unidos. La población “hispana” de nuestro gran vecino está evaluada en 43 millones de personas, de los cuales posiblemente 26 millones son de origen mexicano. Las proyecciones de los demógrafos sugieren que para 2050 los “hispanos” formaran la cuarta o tercera parte de la población. Como la mayoría siguen siendo católicos, con todo y las conversiones a la versión evangélica del cristianismo, parece justificada la esperanza del Papa de ver estos inmigrantes y los descendientes de los inmigrantes anteriores fortalecer y dinamizar la Iglesia católica. Sería la repetición a mayor escala de la gran aventura irlandesa y católica de los años 1850-1950, la que culminó con la llegada a la presidencia de John Fitzgerald Kennedy. Por lo mismo, algunos piensan que el segundo presidente católico de la historia de Estados Unidos tendrá que ser un “hispano” y, ¿por qué no?, un mexicano…

Eso no le gustaría para nada a Samuel Huntington, quien considera tanto a los “hispanos” como a la Iglesia católica como las dos grandes excepciones a su definición de la identidad americana; según este autor, el credo americano es protestantismo sin Dios y la religión civil americana es cristianismo sin Cristo. Pero olvidémonos de don Samuel, aunque sea de todos modos de lectura obligatoria. El principal obstáculo a las esperanzas del Papa y de los católicos son los propios “hispanos”. No podemos ignorar que toda América Latina está azotada por el crimen y que el número de asesinatos con armas de fuego en nuestro continente triplica la media mundial. Todos sabemos desde chiquitos que hay alguna zona en nuestra ciudad donde ni la policía se atreve a entrar, y todos aprendemos a desconfiar de la misma policía. Existe una clasificación nada gloriosa de las grandes ciudades con fama de demasiado peligrosas y lo peor es que esa lista no para de crecer y alcanza ciudades medias, antes tranquilas, para no hablar de la inseguridad en el campo. En América Latina 30 de cada 100 mil personas son asesinadas cada año con armas de fuego, lo que, según estadísticas de la ONU, triplica el promedio mundial. ¡Y luego nos admiramos de la violencia estadounidense! El número de secuestros nos vale otra medalla de oro: 60% de todos los secuestros que ocurren en el mundo son nuestros. El auge del crimen organizado y la corrupción policial y judicial sería otro tema, así como el matrimonio entre el narcotráfico y la guerrilla. Para el crimen no hay fronteras y las maras centroamericanas, como las pandillas mexicanas, se han expandido por todas partes, y desde luego en Estados Unidos.

Carlos Monsiváis decía hace poco: “Ignoro si es verdad, como tantos dicen, que el narco es un Estado dentro del Estado, lo que sí se advierte es su carácter de versión monstruosa, de prueba del espíritu trágico pese a todo; en la desesperación cualquier suicidio es bueno, y más si, por razones del oficio, lo antecede la obligación de asesinar. De todas las catástrofes del país, el narco es la más devastadora”. (EL UNIVERSAL, 27 de enero 2008). Su florecimiento en la frontera y al norte de la frontera nuestra desmoraliza a la juventud “hispana” y dificulta una integración de por sí difícil. El prejuicio racista de ciertos sectores de la población estadounidense se encuentra confortado por esa desintegración.

El carácter “multirracial” de la sociedad y de la estadística de EU nos permite captar un triste retroceso del universalismo ideal americano, manifestado por el fracaso de la integración de los negros así como el fracaso relativo del tercer grupo, los “hispanos”. Digo tercer grupo porque el sistema mental estadounidense ha dejado de ser birracial, blancos y negros, para volverse trirracial: blancos, negros, hispanos. Curiosamente, es volver a la estructura tripartita señalada por Tocqueville al principio del siglo XIX: blancos, negros, indios. El destino de la comunidad “hispana” es un misterio para los analistas: ¿se integrará o no? Si se trata de la adquisición del idioma, parece que las cosas van bien, pero el indicador demográfico, a saber la tasa de matrimonios mixtos, señala una baja para las generaciones más jóvenes. Ciertamente esa baja puede resultar del hecho de que la población en ciertos distritos de California y Texas se ha vuelto mexicana en su mayoría, pero…

Otro dato más inquietante es que la familia “hispana”, celebrada por su cohesión y sus valores morales tradicionales, toma el camino que la lleva a parecerse a la familia negra, según estudios recientes realizados en California. La tasa de nacimientos entre jóvenes solteras ha subido muy arriba de la de las solteras blancas y negras. La situación de la familia “hispana” no llega aún a ser tan grave como la negra (71% de los niños viven con una madre soltera), pero por ahí va. No se trata de moralina, sino de que más de la mitad de los niños “hispanos” que viven con una madre soltera se encuentran debajo de la línea de pobreza, mientras que esa cifra es de 20% para los niños de una familia casada. Curas y pastores lamentan la pérdida de los valores cristianos tradicionales entre los “hispanos” nacidos en EU y celebran la firmeza moral de los recién llegados de Oaxaca que mantienen los valores familiares. ¿Hasta cuándo? En varias ocasiones me topo con gente que, después de vivir muchos años en EU, trabajando duramente y con éxito, ha decidido regresar a México cuando sus hijos pasan de los 10 años, “para que no se echen a perder como los que se quedan allá”.

jean.meyer@cide.edu

Profesor investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) donde, además, fundó y dirige la División de Historia. Es miembro de la Academia Mexicana de Historia desde 2000 y director de la revista de historia internacional ISTOR. Ha sido profesor-investigador en El Colegio de México, en París y en Perpiñan, así como en El Colegio de Michoacán.
 
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