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    Todos contentos
Mauricio Merino
30 de abril de 2008

No es la primera vez que aludo a La marcha de la locura, de Barbara Tuchman: un espléndido relato sobre cuatro situaciones históricas en las que sus protagonistas actuaron, con terquedad, en contra de sus intereses. La guerra de Troya, la reforma protestante, la independencia de Estados Unidos y la guerra de Vietman son ejemplos de la torpeza que puede cegar a los poderosos, aun cuando tienen información suficiente para saber que están tomando decisiones equivocadas.

La política mexicana de nuestros días merecería un análisis semejante. Entrelazados por una inefable combinación de cálculos pragmáticos, desdén por la opinión ajena, enconos personales, vanidades y estimaciones sobradas acerca del poder propio, los dirigentes de nuestra clase política están tirando por la borda los esfuerzos realizados por décadas para construir una democracia de largo aliento. Toda la evidencia razonable nos dice que el país no podrá soportar mucho más la política delirante en la que estamos metidos. Los signos de la decadencia están brotando por todos lados, pero nuestra clase política no quiere mirarlos.

En cambio, la batalla del día parece llenarlos de vida. Todos están contentos con la convocatoria a un gran debate sobre la reforma energética, que ocupará la agenda pública durante los próximos meses, pues será una oportunidad de oro para mostrar sus mejores tácticas y retarse con alegría.

En principio, es un triunfo para los legisladores del FAP y, sobre todo, para los seguidores de López Obrador. El secuestro de las tribunas legislativas (uno de los mejores ejemplos de la captura del espacio público en que vivimos) sirvió para impedir que la reforma diseñada por el gobierno de Calderón fuera aprobada de prisa.

Sin duda, el tiempo ganado por el FAP será muy bien aprovechado por el movimiento del líder para crear más situaciones de hecho, que no sólo desafíen la vigencia de las instituciones sino que sigan mostrando sus cualidades para someter a sus adversarios. Será un tiempo de movilización sin descanso ni treguas, animado por el propósito de bloquear cualquier arreglo que desemboque en la reforma energética. Todos sabemos muy bien (como lo dijo con precisión López Obrador) que para sus partidarios ese debate no importa. Lo que interesa es el tiempo ganado para orquestar la siguiente jugada.

Pero también es motivo de alegría para el PAN y los partidarios del Presidente. De un lado, será una oportunidad para divulgar los contenidos de la reforma planteada y arroparla con muchas voces autorizadas y prestigiosas. Los foros abiertos para el debate servirán para producir muchas notas y plagar los noticiarios de radio y televisión con la buena nueva del cambio energético propuesto por el gobierno.

Y de otro (y quizá sobre todo), será un tiempo valioso para desnudar y desprestigiar las malas artes de su enemigo. Podría apostar que la toma de las tribunas legislativas alegró a los panistas, pues el episodio le restó varios puntos a las preferencias electorales del PRD. ¿Cuántos más perderán en los próximos días?

Y entretanto, los legisladores del PRI seguirán siendo el factor decisivo para el desenlace de la reforma. Gracias a la disciplina que han demostrado, la creciente polarización de sus adversarios les ha devuelto la vida. Nadie ha ganado más que ellos durante estos dos años, y nadie obtendrá mayores ventajas del periodo pactado. Ni siquiera es necesario esperar a la realización de los foros, ni los 71 días siguientes, para saber a ciencia cierta que la reforma de Calderón será modificada en los términos que decida la bancada del PRI (si no es que ya está decidido), en función de la mayor ganancia política disponible.

Como en casi todos los temas que se han planteado hasta ahora, el Presidente propone y el PRI dispone. Las prendas de la reforma serán compartidas con el gobierno, y también las que se deriven de la defensa de la soberanía petrolera. Y mejor todavía, tomando en cuenta que el sexenio de Calderón habrá durado apenas dos años, pues en diciembre de 2008 los partidos ya estarán velando armas para las elecciones siguientes.

Todos están contentos con la situación del país. La consulta pública no será mucho más que un pretexto para seguir ese juego de roles, pues además ya sabemos que esas convocatorias no suelen conmover la conciencia de nuestros legisladores.

Lo vimos ya en las mesas dispuestas para discutir la reforma del Estado y lo padecimos con creces en el despropósito organizado para elegir nuevos consejeros del IFE. Al final del día esas consultas fueron tan desdeñadas, que ni siquiera sirvieron para legitimar las decisiones tomadas. Todo el mundo entendió que no se trataba de escuchar a los otros, ni mucho menos a la sociedad más o menos organizada, sino de aprovechar la oportunidad para adelantar piezas sobre el tablero del adversario.

No es necesario adivinar el futuro para saber, con absoluta certeza, que eso mismo volverá a suceder en los próximos días. Habrá foros y habrá debate, desde luego. Pero lo fundamental estará ocurriendo en otros lugares y con fines distintos. Y también sabemos de sobra que los desencuentros que hemos atestiguado en los últimos días se repetirán, con mayor fuerza, a la hora de tomar decisiones sobre el curso de la reforma.

Será el anticipo de lo que veremos en 2009, cuando el capítulo de la decadencia encuentre su epílogo. Todos saben que el país no puede seguir así, pero la marcha de la locura (a la mexicana) sigue su curso.

Profesor investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Ex consejero del Instituto Federal Electoral (IFE), se desempeña actualmente como profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha fungido como gerente internacional del Fondo de Cultura Económica (FCE) y como agregado de la Embajada de México en España.
 
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