| Las imágenes son contundentes: por un lado, un diputado del Frente Amplio Progresista poniendo cadenas a las puertas del salón del pleno de la Cámara de Diputados; por el otro, un spot pagado por el empresario Guillermo Velasco Arzac, en el que se compara a Andrés Manuel López Obrador con autócratas como Adolfo Hitler y Benito Mussolini. Es decir, la ultraizquierda y la ultraderecha ocupando el centro de la escena pública. Parece que la sinrazón quiere apoderarse del destino nacional. En un caso, el absurdo de que un representante popular, que fue elegido para hablar a nombre de los ciudadanos, cierre el espacio privilegiado para el uso de la palabra. En otro, la burda trama de querer manipular el sentir de los televidentes recurriendo a la animosidad para ponerlos en contra de una tendencia política que se juzga opuesta a la propia. Frente a ambos excesos, hay que decir claro y fuerte que ni el silencio ni la manipulación son elementos que nos puedan ayudar a salir de este bache en el que caímos a raíz de la presentación ante la Cámara de Senadores de la iniciativa para reformar la Ley Orgánica de Petróleos Mexicanos. Los polos radicalizados aprovechan la más mínima oportunidad para hacerse presentes y tratar de imponer a la sociedad su muy particular visión de la política. No olvidemos que los dogmáticos desean purificar al mundo con una sola verdad; quieren abrirse paso por medio de las mordazas o del engaño. A veces, como en esta ocasión, una actitud reclama a la otra: al ser tomadas las tribunas parlamentarias tanto en la Cámara Alta como en la Cámara Baja por parte de los duros de la izquierda, inmediatamente saltaron los del otro extremo para decir “aquí estamos y no nos vamos a dejar”. Son minorías situadas en las orillas de la variopinta política nacional que, sin embargo, con su activismo exacerban los ánimos. La democracia no es eso: ella se sustenta en el ejercicio de la razón colectiva por medio de la tolerancia, el diálogo y el entendimiento entre intereses opuestos. El punto es acercar las posiciones. Por eso hay que echar mano de la política del entendimiento. Eso es lo que ahora, ante los exabruptos, se está tratando de hacer. Era lo que debería haberse hecho desde un inicio; pero los desatinos y las prisas por parte del gobierno federal provocaron el desorden. Si Felipe Calderón tiene colaboradores que dicen conocer la “teoría de los escenarios”, cómo se les pudo ir una cuestión tan elemental como la de prever la reacción de los “ultras” de ambos bandos. Se cometieron por lo menos dos errores: primero, la iniciativa de reforma energética no pasó en automático como se pretendía; segundo, pero no menos importante, se puso al país, innecesariamente, en vilo. Nos regresaron a la situación que prevaleció antes y después de las elecciones federales de 2006, cargada de virulencia. A ver qué se les ocurre para resolver el entuerto. jfsantillan@itesm.mx Académico del Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México |