| A estas alturas, todas las reglas del juego establecidas para elegir al nuevo presidente del PRD ya están rotas. Más allá de los notables esfuerzos retóricos de algunos de sus dirigentes, cuesta trabajo imaginar que todavía hay “salidas institucionales internas” para resolver el conflicto. Mientras escribía este artículo, sus líderes seguían explorando la solución a un dilema imposible: elegir a un presidente aceptable, sin anular las elecciones internas, sin convocar a nuevos comicios, sin recurrir a los tribunales y sin fracturar la unidad del partido. Todo esto, tras las renuncias del organizador de las elecciones y del presidente en funciones. Los líderes y los militantes de ese partido han construido una situación en la que todos resultan culpables y todos son, a la vez, víctimas de sus ambiciones. Hoy la posibilidad de una ruptura definitiva ya no es una acusación de sus enemigos, sino una propuesta concreta de sus dirigentes. Se habla ya de la creación de un frente de partidos distintos (que a su vez se integraría al Frente Amplio Progresista, supongo), mientras se culpa a los adversarios internos, a los responsables de los comicios y a todo dios del desorden y el desconcierto en el que están atrapados. Y entretanto, los demás partidos celebran la previsible caída en los votos de cualquier opción que surja de ahí, apenas dos años después del mayor éxito electoral cosechado jamás por la izquierda política mexicana. Pedir sensatez de los grupos que se están arrebatando los mandos de ese partido político es inútil, pues los daños ya están causados: las elecciones ya fracasaron, los plazos establecidos ya se cumplieron, los responsables ya renunciaron y las acusaciones mutuas ya sucedieron. Ya no existe ninguna posibilidad de controlar daños, como les gusta decir a algunos políticos, pues ya se han cumplido todos los despropósitos. Lo único que faltaría (y todavía puede ocurrir) es que el conflicto termine violentamente, ante la imposibilidad de nombrar un dirigente interino confiable o de encontrar algún método para “limpiar” (¿qué significa ese verbo en circunstancias así?) las elecciones de marzo. Si en este momento el PRD no contara con la defensa de la soberanía petrolera, probablemente ya se habría hecho pedazos. También los sostiene el credo común en el fraude electoral de 2006 y su rechazo (aunque no de todos) al gobierno de Calderón. Los sostiene, pues, su fe en el liderazgo de López Obrador. ¿Pero cuánto tiempo y en qué condiciones puede perdurar un partido político cuya unidad depende únicamente de las causas reactivas y de un solo líder? Los partidos de masas nacieron y se fortalecieron a lo largo del tiempo no sólo por su reacción a los peores efectos del capitalismo decimonónico, sino porque fueron capaces de construir una opción ideológica y un programa de acción. Y los que sobrevivieron con un liderazgo único lo hicieron desde el poder del Estado y no fuera de él. Y todos propusieron horizontes de largo aliento. Quizá el PRD esté llamado a inventar otra historia, inédita, entre los partidos de masas del mundo. Pero lo que está sucediendo ahora mismo contradice esa posibilidad. Tengo para mí que el PRD se ha enfermado de influencia política y de prerrogativas legales: se están arrebatando el futuro a cambio del control inmediato, y están atascados en el pasado sin ofrecerles ningún destino a sus partidarios. Tal vez puedan sobrevivirse a sí mismos mediante un arreglo de cuotas para compartir el dinero, los puestos y la franquicia. Pero la izquierda política mexicana se habrá quedado con siglas sin contenido, esperando la siguiente jugada genial de su dirigente para ponerse en acción. Por otra parte, el plural que hasta ahora han utilizado para justificar sus contradicciones no puede ser infinito. No es suficiente decir, una y otra vez, que el PRD aglutina a las izquierdas de México sin ofrecer alguna definición básica sobre lo que ese plural significa. ¿Las izquierdas por el origen de quienes forman parte del PRD, o por la ideología que profesan, o por el programa de acción que defienden, o por su postura ante el régimen democrático, o simplemente porque prefieren escudarse en la diferencia para no afrontar la construcción de un partido coherente? De acuerdo, hay izquierdas distintas. ¿Pero cuántas, qué y a quién representan, cómo se identifican, quiénes y cuántos están con ellas y qué nos están proponiendo? ¿Realmente son tan distintos que les resulta del todo imposible fundirse en una sola organización, o más bien han convertido el plural en una forma de justificar la parcela de poder propio ante los demás? Lo más grave es que carecemos de una agenda de izquierda (ésta sí, en singular), capaz de oponerse con eficacia a los avances de la derecha (que sin serlo, también se frasea como si fuera una sola). Mientras el PRD dirime sus conflictos políticos y López Obrador encabeza la causa del día, esa agenda se fragmenta cada vez más fuera de las filas de ese partido, sobre todo en las organizaciones civiles, en las universidades, en internet y en la prensa escrita. Hace tiempo que el PRD dejó de ser productor de propuestas inteligentes para convertirse en un movimiento de causas y, acaso, en consumidor neto de ideas ajenas, que se agotan mientras sus grupos disputan los mandos. En el PRD todavía puede suceder cualquier cosa. Quizá hasta la refundación de ese partido, que se perdió en el camino. Pero tendrán que levantar la mirada, que ahora tienen puesta en los pies. Profesor investigador del CIDE |