| La democracia es una serie de reglas del juego, solía decir con su habitual lucidez Norberto Bobbio. Uno puede jugar según esas reglas o no formar parte del juego político de cualquier Estado democrático. Lo que no se puede hacer es pretender que las reglas se les apliquen a los demás pero no a uno. La democracia no da derecho a tener reglas al gusto de cada jugador de la contienda política. Esto es lógico y se aplica igual a los deportes que a la convivencia familiar. Las reglas, para tener sentido, deben ser compartidas. Pues bien, tal parece que el sector más radicalmente conservador del PRD, que ha decidido seguir a ciegas a su líder moral, ha olvidado que una regla propia de toda democracia es que las decisiones pueden ser tomadas por quien cuenta con el mayor número de votos. Si el PRD hubiera obtenido la mayoría absoluta en el Congreso de la Unión en las elecciones de 2006, entonces estaría en capacidad de obstruir cualquier propuesta de reforma energética. Como la confianza de los ciudadanos en los candidatos perredistas no fue tan grande, la mayoría de votos recayó —para efecto de la aprobación de una ley— en el PRI y en el PAN si es que votan unidos. Hasta donde se sabe, ningún diputado o senador perredista renunció a su escaño por haber pensado que hubo, respecto de su cargo, fraude electoral. Lo cierto es que, conforme a la Constitución, el PRI y el PAN pueden aprobar la reforma energética impulsada por el presidente Calderón. Basta con que junten los 251 votos que configuran la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y los 65 que dan igual resultado en la Cámara de Senadores. Eso no excluye al resto de partidos que conforman las demás fracciones parlamentarias del debate que la Constitución ordena que se realice antes de votar cualquier iniciativa. Pueden los diputados y senadores del PRD participar ofreciendo a sus colegas del Congreso las razones a favor o en contra de cualquier reforma que se proponga. Pueden hacer uso de la tribuna en los términos previstos por la Ley Orgánica del Congreso y pueden intentar convencer no solamente a los demás legisladores, sino también a los ciudadanos que habrán de votar la renovación completa de la Cámara de Diputados en julio de 2009. En democracia no hay derrotas ni victorias eternas. Quien gana hoy puede perder mañana y viceversa. Volvamos, sin embargo, al principio. Decíamos que no se puede jugar a la democracia sin respetar las reglas comunes. Lo que tampoco se vale es decirse demócrata y reventar cualquier posibilidad de diálogo porque se piensa que se van a perder las votaciones con las que se suelen cerrar los debates parlamentarios. Rehuir el diálogo y el debate es propio de personas que piensan que no tienen que debatir porque están en posesión de la verdad, su única y muy personal verdad, tal como ellos la entienden. En democracia debemos aprender que ese tipo de verdades no existen. Hay verdades contingentes, parciales, que se debaten en las urnas y en las cámaras. Otra cosa es no querer jugar a la democracia, sino perseguir a toda costa intereses personales vistiendo ropajes democráticos. Eso no se vale y tiene que ser denunciado con energía y claridad, para que nadie se llame a engaño. www.miguelcarbonell.com Investigador en el IIJ-UNAM |