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    Las herencias del PRI
Jorge Chabat
10 de abril de 2008

Siete décadas de gobierno priísta han dejado herencias culturales y administrativas que impiden consolidar una transición democrática y que probablemente seguirán ejerciendo un peso importante en la vida nacional durante muchos años más.

Algunas de estas herencias están a la vista: sindicatos todopoderosos anclados en una legislación forjada en el corporativismo del régimen de partido hegemónico. Otras son más difíciles de percibir pues forman parte del marco mental de una parte de los mexicanos. Estas últimas son más perniciosas y más difíciles de erradicar, pues han sido asimiladas por una parte de la población desde la infancia y son prácticamente imposibles de cambiar.

Esta herencia cultural consiste en una visión autoritaria de la política que simplemente no puede conectarse con una perspectiva democrática. Este esquema mental tiene sus propios marcos de referencia.

Primero, la democracia no existe; es sólo una estratagema de las clases dominantes para explotar al pueblo. Por lo tanto, las leyes y las instituciones son sólo un instrumento de dominación de las clases dominantes (PRI, PAN y los que se junten en el camino). Segundo, el conflicto en la sociedad es antinatural. Por lo tanto, aquellos que tienen diferentes ideas a las propias son idiotas (en el mejor de los casos) o han sido comprados por el poder. Tercero, como la legalidad no existe, pues el poder manipula y viola las leyes constantemente, uno puede violar las leyes.

En todo caso, hay una moralidad alternativa a la del poder. La violación de las leyes se da por una causa superior. La única manera de enfrentar al poder ilegítimo y sus conspiraciones es por la acción directa. Muchas veces, violenta.

Este es el credo de un parte de la población que aprendió estos valores de un sistema educativo priísta que exaltaba (y sigue exaltando) la violencia como forma de cambiar a las sociedades y la unanimidad de la opinión como un valor superior, así como de una práctica gubernamental que se basaba, efectivamente, en el engaño, la represión (o sea, el uso ilegal de la fuerza pública), la conspiración y la manipulación. Este aprendizaje se refleja en algunos sectores de la izquierda, que curiosamente son los únicos que abiertamente reconocen su falta de fe en el credo democrático, así como en alguna parte del priísmo y en sectores conservadores, los cuales raramente expresan públicamente sus ideas antidemocráticas.

Sobra decir que la falta de fe en la democracia es el origen del desastre de las elecciones internas del PRD y es el telón de fondo de la protesta “pacífica” de las brigadas lopezobradoristas las cuales, como los “ladrones viejos”, tienen su propia moral: violamos la ley y bloqueamos el funcionamiento de las instituciones pero, eso sí, de manera pacífica.

Ciertamente un requisito fundamental para que funcione la democracia es que los actores se comporten de acuerdo a estas reglas, más allá de sus creencias personales. Si una parte de la población no funciona con la lógica democrática y no ve problema alguno en expresar abiertamente que no va a respetar la ley y que quien piensa diferente es un traidor a la patria, es obvio que el sistema democrático liberal no puede consolidarse.

Frente a este panorama, y partiendo del supuesto de que hay una parte importante de los mexicanos que creemos y queremos consolidar un sistema democrático, el Estado mexicano tiene que ejercer dos acciones básicas. Por un lado, debe incluir en las escuelas primarias la enseñanza de los valores básicos de la democracia, como la importancia del estado de derecho y la naturalidad de la diferencia de opinión, y dejar de exaltar a la violencia y a los violentos. Por otro lado, debe castigar cualquier violación a la ley, empezando por las propias.

Ciertamente parece tarea imposible, pero hay decenas de países en el mundo que han logrado que su población se comporte de acuerdo a los valores democráticos y que los actores políticos actúen de acuerdo a las reglas de la democracia liberal. No veo por qué los mexicanos no podamos hacerlo.

jorge.chabat@cide.edu

Analista político e investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Analista político y profesor de la División de Estudios Internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), donde también es investigador. Sus líneas de estudio son democracia y derechos humanos, narcotráfico y seguridad nacional, así como política exterior de México.
 
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