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    El aprendizaje perdido
Mauricio Merino
9 de abril de 2008

Aunque todas las democracias recién nacidas deben pagar un costo de aprendizaje y pasar una curva de desencanto social con la realidad de ese régimen (que va de las más altas expectativas al juego de ambiciones mundanas), el costo que está pagando México es ya demasiado alto. Y no parece casual que el partido que mejor se ha acoplado y mayor provecho ha sacado de las nuevas reglas del juego sea, precisamente, el más antiguo de todos.

Para el PAN y para el PRD la adaptación ha sido mucho más cara. El primero no sólo pagó los costos del noviciado durante el sexenio anterior, sino los que se añadieron con el mal desempeño del presidente Fox. El gobierno anterior jamás comprendió que estaba viviendo un cambio de régimen y que el otrora partido hegemónico había desaparecido. No entendió que la Presidencia de la República tenía que actuar de un modo completamente distinto.

Nunca consiguió plantear una agenda democrática compartida, y se imaginó como el dueño de un país que debía reestructurarse a imagen y semejanza de sus ideas propias. Y no sólo fracasó dramáticamente, sino que alargó la curva de aprendizaje por seis años y al final sumó costos altísimos.

El más caro ha sido, quizá, el haber sembrado un conflicto irresoluble con la izquierda, cuyo efecto más lamentable ha sido la postergación de cualquier agenda democrática en curso. En su encono ideológico con los líderes del PRD, el gobierno de Fox hipotecó también el curso del sexenio que ya está corriendo: si antes el gobierno no quería hacer nada con esa izquierda, ahora simplemente no puede.

Si antes creyó que sólo hacía falta un alter ego de Diego Fernández para sacar adelante sus iniciativas (como lo hizo en su momento el presidente Salinas), ahora ha descubierto que ese personaje, encarnado en el senador Manlio Fabio Beltrones, es en realidad quien modula y controla los contenidos de la agenda política (y en un descuido, con las reformas en curso, la gubernamental). Y aunque hubiera dirección y liderazgo, como el propio Beltrones ha reclamado públicamente, la impotencia ha sustituido a la prepotencia (como ha observado Luis F. Aguilar, con toda razón).

Pero la tragedia mayor es la que está viviendo el liderazgo del PRD. El diagnóstico se ha repetido ya hasta el cansancio: atrapados por el pasado, los dirigentes de ese partido se han mostrado totalmente incapaces de imaginar que México podría ser un país democrático. La lógica del agravio eterno, tan explicable como toda su historia, se ha mezclado con la dinámica heroica que quiere justificar su razón de ser en función del poder y de los arreglos inconfesables entre sus adversarios.

Ya se ha dicho mil veces: todos son mezquinos, egoístas, corruptos, ambiciosos y excluyentes, menos ellos. A nadie más se le han cometido tantos agravios ni se le han arrebatado con tanto cinismo posiciones ganadas a pulso. Nadie ha aportado más vidas, ni más esfuerzo, ni más sacrificio para evitar que los grandes empresarios, los intereses extranjeros y los políticos mexicanos puestos a modo se adueñen definitivamente de México. Nadie tiene más méritos, ni más historia vivida, ni más compromiso social, que ellos.

Ese discurso tiene una densidad histórica propia y produce rasgos de identidad y de pertenencia tan fuertes como perdurables. Es cierto, sin duda, que las muchas izquierdas que ha tenido el país se han jugado la vida por las causas sociales y que lo mejor de la historia mexicana, como confirman nuestros libros de texto, ha provenido casi siempre de las ideas y la acción política de la izquierda.

Todo eso es verdad. Pero no alcanza para borrar del mapa a las demás opciones políticas, para combatir cualquier esfuerzo de construcción democrática pluralista, ni para desconocer los procedimientos y las prácticas electorales por los que apostó hace años el mayor partido político que ha tenido la izquierda mexicana en toda su historia. En esas decisiones hay un retroceso insalvable, quizá equivalente al que llevó a Fox a perder el sexenio anterior en busca de la imposición de su propio punto de vista.

Tras la disputa por el liderazgo del PRD no sólo hay una amenaza inminente de ruptura de ese proyecto democrático fundador, sino el abandono de una ruta que ya había conseguido cambiar el mapa político del país, que modificó el régimen anterior, que construyó una nueva agenda de cambios para ensanchar el espacio público y que abrió las puertas del debate como nunca antes. Todo eso pende de un hilo (si es que todavía no se ha roto), a causa del agravio repetido incansablemente para justificar cualquier falta, obstruir cualquier camino institucional e impedir cualquier agenda común, aun sin renunciar a la mejor tradición de la izquierda.

No sólo estamos volviendo al punto de partida, cuando todas las instituciones y las prácticas democráticas estaban aún por venir, sino que el aprendizaje ganado comienza a ser negativo: algo que es mejor olvidar.

Si queríamos un régimen pluralista, hoy tenemos uno polarizado; si queríamos instituciones y procedimientos electorales confiables, hoy tenemos órganos capturados y prácticas fraudulentas; si queríamos un debate público alerta, hoy tenemos un interminable intercambio de insultos; si queríamos transformar al país por la vía democrática, hoy lo estamos hundiendo. Y mientras la derecha no puede y la izquierda no quiere, el pasado vuelve implacable. Se nos escapó ya todo un sexenio, y se nos está escurriendo una generación. Es un aprendizaje perdido.

Profesor investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Ex consejero del Instituto Federal Electoral (IFE), se desempeña actualmente como profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha fungido como gerente internacional del Fondo de Cultura Económica (FCE) y como agregado de la Embajada de México en España.
 
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