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    El “tigre” latinoamericano
José Luis Calva
3 de abril de 2008

El crecimiento económico espectacular de Argentina, a una tasa media de 8.8% anual en 2003-2007, está convirtiendo a ese país en el “tigre” de América Latina. Para comparar, durante el cuarto de siglo completo de experimentación neoliberal en México (1983-2007), nuestra tasa media de crecimiento fue de 2.5% anual; y durante los 14 años cumplidos de operación del TLCAN, el crecimiento mexicano apenas alcanzó una tasa media de 3% anual.

Como resultado, mientras que tan sólo en un lustro Argentina logró un crecimiento acumulado de 34.9% en su Producto Interno Bruto por habitante, durante el cuarto de siglo de experimentación neoliberal en México el PIB por habitante apenas registró un crecimiento acumulado de 21.8%.

En sólo un lustro las remuneraciones medias reales de los asalariados en Argentina presentaron un incremento acumulado de 36.9%, mientras que en México las remuneraciones reales presentaron una caída de 36.6% durante el cuarto de siglo neoliberal.

Desde luego, el notable desempeño económico de Argentina no es un acontecimiento fortuito: es producto de una estrategia de reconstrucción y desarrollo económico claramente definida. Nuestro país debería aprender humildemente de esa estrategia, haciendo a un lado la soberbia de su tecnocracia. No hay que olvidar que hace seis décadas —cuando la estrategia económica de la Revolución Mexicana estaba generando ya un crecimiento acelerado y sostenido del producto nacional y del empleo— los países de América Latina volvieron su mirada hacia México para aprender de nuestra experiencia.

De hecho, el fundador en jefe del estructuralismo latinoamericano, el economista argentino Raúl Prebish, se permitió largas estancias en México para estudiar —con encomiable humildad y acuciocidad— la exitosa estrategia de desarrollo mexicana. Ahora nosotros debemos estudiar la experiencia argentina.

La primera lección consiste en poner punto final al experimento neoliberal. Para empezar, desde su toma de posesión como presidente de Argentina, Néstor Kirchner anunció el final de la estrategia económica centrada en “el control de la inflación”, instrumentada por Carlos Menem y la tecnocracia neoliberal encabezada por Domingo Cavallo.

Fue una excelente decisión: al erigir la estabilidad de precios en objetivo prioritario a ultranza, utilizando el tipo de cambio como ancla antiinflacionaria mediante la caja de convertilidad (un peso argentino/un dólar estadounidense), Argentina había cancelado dos importantes instrumentos de política macroeconómica: la política cambiaria activa para apoyar la competitividad-precio de sus productos, tanto en los mercados externos como en el mercado interno (frente a las importaciones); y la política monetaria activa en favor del crecimiento del producto nacional y del empleo.

Sin duda, esta estrategia —¿hay que recordarlo?— había sido exitosa en su objetivo antiinflacionario (bajando la inflación a 0.7% anual en el periodo 1995-1998 y llegando incluso a la deflación: -1.3% anual en 1999-2001), pero resultó tremendamente perjudicial para la economía real y la competitividad-precio de los productos argentinos: la tasa de desempleo creció brutalmente de 6.5% en 1991 a 12.9% en 1999 y a 18% en 2001, en paralelo al déficit de cuenta corriente, que saltó de 647 millones de dólares en 1991 a 14,632 mdd en 1998, hasta desembocar en el colapso financiero de 2001. Había que poner punto final a esa estrategia.

En contraste, Kirchner propuso una estrategia centrada en las variables reales de la economía: “El objetivo básico de la política económica será el de asegurar un crecimiento estable, que permita una expansión constante de la actividad y del empleo”. Sus lineamientos fundamentales fueron: “La ausencia de rigidez cambiaria, una política macroeconómica de largo plazo determinada en función del ciclo de crecimiento, el mantenimiento del superávit primario y la continuidad del superávit externo”.

Todos estos lineamientos fueron aplicados puntualmente: el tipo de cambio argentino se ha mantenido subvaluado (en más de 40%) durante el periodo 2003-2007, lo que ha permitido conseguir constantes superávit en sus balanzas comercial y de cuenta corriente; el crecimiento económico, combinado con la reducción de la evasión fiscal, permitió un continuo incremento del gasto público, manteniendo el superávit primario; y, desde 2004, las tasas de interés activas fueron dramáticamente reducidas (a 6.8% en 2004, 6.2% en 2005, 8.7% en 2006 y 10.1% en 2007, contra una inflación de 6.1%, 12.3%, 9.8% y 8.5% respectivamente), confirmando así que la prioridad pasó a ser el crecimiento económico y el empleo.

La gran interrogante es la siguiente: ¿aprenderá nuestra clase política?

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

 
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PERFIL
 
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Especialista en economía agrícola y desarrollo rural, fue distinguido con el Premio Nacional de Periodismo en 1999, por artículo de fondo publicado en EL UNIVERSAL, donde colabora desde mayo de 1995. Ha impartido numerosos cursos en universidades de México y el extranjero y participado como ponente en más de 200 seminarios y congresos científicos. Entre sus logros se cuentan también el Premio en Investigación Económica "Maestro Jesús Silva Herzog" 1999, el Premio Universidad Nacional 2001 en ese mismo ramo y el Primer Premio Nacional de Periodismo en Análisis Económico 2001, otorgado por el Club de Periodistas de México, A.C.
 
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