| Entre lo absurdo y la angustia, lo irreal y lo opresivo, la fantasía y el aplastamiento, se dibuja el contenido de “lo kafkiano”, de esa situación esperpéntica que hizo célebre con sus novelas el escritor checo Franz Kafka. Kafkiano es esa falta de lógica, esa insensatez, ese desatino que aniquila. Es el laberinto de la sinrazón. El triunfo de la demencial necedad sobre el entendimiento, la reflexión y lo evidente. Con notas kafkianas se escucha el argumento de la izquierda que no se entiende ni a sí misma. Tropieza con su propio cuento. Se oprime y confronta en su fantasía y, dando tumbos de incongruencia e intolerancia, se asfixia alimentando sus quimeras. No me refiero a sus elecciones internas. Su cochinero doméstico es anécdota pura frente a los argumentos preinsurreccionales que Andrés Manuel López Obrador y varios de sus seguidores esgrimen en la plaza pública. Es verdaderamente kafkiano que un partido político encargado de civilizar la lucha por el poder busque para “defender el petróleo” sabotear el ejercicio de la representación nacional. Frente a una propuesta o iniciativa la respuesta es una barricada, un insulto o un chantaje violento. No extraña, pues, que en un mitin obradorista se lean saludos, desde Ecuador, de la porrista mexicana que fue a aplaudir a la organización terrorista FARC. Tampoco asombra el grito ese de “la patria no se vende”. Es la propuesta más acabada en esa retórica irreal e irreflexivamente kafkiana. Es el discurso fantasmagórico desde donde se atrinchera el lamento populista de esa parte de la izquierda mexicana, que todavía fuma en sus noches de utopía marxista el credo perfectamente aprendido y recitado: “vender” es sinónimo de “traicionar”. Les enseñaron en alguna universidad a derribar al mercado. Nunca aprendieron que parte de la labor política es enfatizar el control de la actividad mercantil, por parte del Estado, para impartir justicia. Pero lo absurdo y angustiante, la esencia de Kafka, está en sus reuniones del Zócalo de la ciudad de México (aunque ahora con sillas, porque ya no lo llenan de ciudadanos). Allí sentencian por aclamación o vituperio quién es y hasta dónde tiene sus límites eso que ellos autodefinen “patria” y de la que expulsan a quienes piensan distinto. Vale más una plaza llena de injurias y oprobio que un Congreso de la Unión donde están representados todos los partidos políticos votados por los ciudadanos. ¿Es imaginable que el ex alcalde de Washington cerrara un día el Capitolio porque no le gusta una discusión parlamentaria? ¿El Parlamento inglés acosado por una revuelta? Absurdo, kafkiano. Nada importa que el PRD, en la plataforma política entregada al IFE en 2006, se comprometiera a “impulsar la industrialización de los recursos energéticos del país. Se trata de que el valor añadido con base en la tecnología adecuada y los recursos suficientes asegure su productividad y competitividad, y que maximice los recursos para poder enfrentar la transición energética que se avecina, producto del agotamiento de los hidrocarburos en el mundo” (pág. 42, numeral 229, del apartado Política energética). * * * Kafka admiró la escritura de Heinrich von Kleist, un romántico alemán del siglo XVIII. Von Kleist escribió El duelo, una novela que describe cómo en un combate personal, y no en un tribunal, se verifica la inocencia del sospechoso. En la calle, a golpe de espadas, se confirma la pureza de la conciencia del presunto asesino. Eso quiere el lopezobradorismo, un lance callejero. Presidente nacional del PAN |