| A la memoria del historiador Conrado Hernández López, una víctima más de la delincuencia de ciudad de México No voy a referirme aquí a lo que muchos ya han comentado sobre las recientes elecciones internas del PRD para elegir a su líder nacional y demás líderes estatales, o sea, a lo desaseado que resultaron los comicios o a la crisis que experimenta este partido y la izquierda mexicana en general. Tampoco me referiré a la incongruencia que supone para el PRD demandar para el país elecciones transparentes y democráticas, siendo éste incapaz de operar internamente lo que reclama hacia fuera. No voy a comentar tampoco lo insustanciales que resultan los juicios de ilustres perredistas sobre la crisis o el deterioro que supusieron para el mismo unos comicios tan irregulares, ni hablaré de lo que estaba en juego para las dos grandes corrientes en campaña —Chuchos y lopezobradoristas— y que todavía en este momento no saben qué hacer para limpiar un poco el lodazal que ellos mismos crearon. Quisiera ocuparme más bien de las razones que explican por qué en nuestro país la democracia interna de los partidos, pese a ser un reclamo generalizado de la ciudadanía, algo que concita apoyos o condenas en caso de no darse adecuadamente, sigue siendo más una promesa que una realidad, tal y como lo vimos ahora en los comicios del PRD o lo hemos atestiguado en múltiples ocasiones para el caso de otros partidos, como el PRI y, más recientemente, el PAN. En principio de cuentas, que los partidos políticos en un régimen democrático adopten mecanismos igualmente democráticos para elegir a sus candidatos que contenderán por puestos de elección o para nombrar a dirigentes internos no es una condición o una exigencia inherente a un régimen democrático. En otras palabras, la existencia o no de democracia interna en los partidos no condiciona ni afecta necesariamente la calidad más o menos democrática de un país. De hecho, en muchas democracias consolidadas, o sea, con una larga tradición de pluralismo y competencia, existen partidos que llegan al poder o a ocupar posiciones de envergadura a nivel nacional sin contar con mecanismos internos claramente democráticos. Así, por ejemplo, hay partidos con una estructura vertical y jerárquica en los que las principales decisiones no pasan por las bases o los simpatizantes sino que son competencia exclusiva de la dirigencia. Los ejemplos son interminables tanto en Europa como en América Latina y en otras partes del mundo. Situaciones de este tipo han llevado a algunos teóricos como Adam Przeworski a sostener que hay una correlación entre funcionalidad de la democracia electoral y escasa o nula democracia interna de los partidos. Es decir, para que exista democracia tiene que haber cierto grado de antidemocracia dentro de los partidos. El argumento establece que es más oneroso electoralmente para un partido mostrarse dividido frente a la ciudadanía, que presentarse cohesionado y con una dirección hegemónica en su interior. Parece que el elector prefiere partidos sin fracturas y disputas graves en su seno y que pongan en peligro la estabilidad de la organización. A diferencias de las democracias consolidadas, en las democracias jóvenes o en construcción, como la mexicana, es más común que el electorado exija mayor democracia interna a los partidos, dadas las enormes sospechas que el pasado autoritario sigue concitando en todo lo relativo a las elecciones. De hecho, los partidos que en estas condiciones no son capaces de democratizarse o que soslayan este reclamo tienden a ser gradualmente rebasados por sus contrincantes más congruentes en este terreno. Me parece que esta hipótesis ilustra muy bien el actual momento del PRD. Al nacer hace 20 años como un partido que buscaba derrocar al PRI y borrar todo lo que el otrora partido oficial representaba, se impuso la exigencia de ser distinto, o sea, verdaderamente democrático. Sin embargo, una y otra vez ha fracasado en el intento, pues sus tribus internas más que por posiciones ideológicas se definen y conforman por los intereses que representan y buscan incrementar, haciendo de la democracia interna una simulación y una burla para propios y extraños, al mejor estilo priísta. Si había un partido que debía ser congruente con la democracia interna ese era el PRD, sobre todo después de las elecciones de 2006. Sin embargo, no ha estado a la altura de las exigencias. Como vimos, la democracia interna de los partidos no es una condición inherente a la democracia en una nación, pero para un partido como el PRD, que buscaba desmarcarse del PRI, constituía una cuestión casi existencial. Lamentablemente, el PRD se parece cada vez más en los hechos a su progenitor priísta no reconocido. cansino@cepcom.com.mx Director del Centro de Estudios de Política Comparada |