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    Vergüenza e indignación
Mauricio Merino
26 de marzo de 2008

En sus ‘Lecciones de ética’, el profesor Ernst Tugendhat afirma que: “Quien no tiene ningún sentido moral no puede avergonzarse moralmente ni indignarse frente a los demás. En relación con las normas morales sólo puede construir una relación instrumental”. La vergüenza es un sentimiento íntimo, difícil de definir con precisión, que sin embargo padece quien sabe que ha faltado a sus principios o traicionado sus valores. La indignación es, por su parte, ese sentimiento que nos produce una conducta ajena, cuando ésta se aparta de nuestro sentido de lo bueno o, al menos, de lo que consideramos aceptable.

Nadie más que uno mismo puede saber, a ciencia cierta, si de verdad siente vergüenza e indignación frente a una conducta realizada, del mismo modo que nadie puede conocer la profundidad o la veracidad de sentimientos como el amor o el odio en cualquier otra persona.

De ahí que los dilemas éticos sean tan difíciles de convertir en datos empíricamente contundentes. ¿Cómo medir la vergüenza ajena o el tamaño de la indignación que ciertos hechos pueden producirnos? No existe ninguna escala ni manera posible de establecer comparaciones válidas. Cada quien sabe lo que siente y cada uno reacciona de manera diferente frente a la vulneración de un valor íntimamente asumido o ante la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Y hasta ahora (afortunadamente), nadie se ha atrevido a decirnos que este o aquel hecho ha generado ocho puntos de vergüenza y nueve de indignación, o algo así.

Sin embargo, solamente quien careciera de toda referencia a valores (eso que consideramos bueno o malo) podría decir que jamás se ha sentido avergonzado o que jamás ha sentido indignación alguna.

Y ocurre que nadie que establezca una relación con otros para convivir o incluso para sobrevivir puede hacerlo sin contar al menos con una referencia mínima a un puñado de valores. Y menos todavía si esa relación trasciende hacia el territorio de la acción política, donde los propósitos y los medios para conseguirlos han de ser explícitos.

Con todo, la ética se mueve entre dos planos difíciles de conciliar: uno es el de los valores invocados, y otro, el de las conductas realizadas. Y como afirma Tugendhat, la única manera de apreciar la relación entre uno y otro es la vergüenza y la indignación que nos produce su incoherencia. Pero eso solamente se puede saber de manera individual e incluso íntima.

Quizá, como en el resto de los sentimientos, se podrá fingir la indignación y gesticular grandes arrebatos de vergüenza. Pero el verdadero sentido ético es cosa personal: si alguien no siente vergüenza por contradecir los valores que dice defender y no le produce indignación que esos valores se vulneren, es que en realidad no los comparte. Los podrá usar, acaso, de manera instrumental. Pero como instrumentos, también podrá desecharlos tan pronto como sea preciso.

Esa contradicción se está volviendo moneda de uso corriente en México: el sentido ético de la política está ganando cada vez más espacio en el debate público, pero solamente con propósitos instrumentales. Los contrarios se dicen indignados cuando observan la vulneración de los valores democráticos en sus oponentes, pero no sienten vergüenza alguna cuando esa misma conducta se reproduce en ellos o cuando afecta sus intereses inmediatos.

Para probarlo, ni siquiera es necesario ir demasiado lejos: el PAN se indignó durante años por el modo en que el PRI usó la influencia del gobierno en la edificación de negocios personales, hasta que llegaron los casos de las familias Bribiesca y Mouriño. El PRD nació de la indignación ante las prácticas fraudulentas del régimen priísta y de la intervención del gobierno de Vicente Fox en las elecciones de 2006, pero ahora considera que la acusación ante sus propias prácticas de fraude es una estrategia de sus enemigos.

El partido Alternativa eligió su nombre para distinguirse de los otros, pero ha llevado la disputa por su dirigencia, literalmente, hasta las patadas. El PRI del nuevo régimen ha repudiado el uso del poder político para proteger a los amigos del gobierno, pero ha defendido a capa y espada a los gobernadores de su bandería que han hecho de esa protección un arte. ¿Quién defiende, de verdad, los valores democráticos?

A estas alturas, cuesta trabajo imaginar un solo tema capaz de producir vergüenza e indignación pública que no haya atravesado ya, en varias ocasiones, a los grupos políticos más poderosos del país. Y en todas ellas, la conducta ha sido prácticamente idéntica: todos ellos se han llamado a agravio, ofendidos por lo que consideran un ataque mezquino de sus adversarios. Son los otros quienes carecen de vergüenza, pero jamás quienes han protagonizado los casos indignantes en las filas propias.

La lista ya es tan larga, que empieza a ser preciso reunirlos en un solo volumen, al menos, para guardar una memoria fiel de las contradicciones éticas que se han convertido en parte de nuestra vida cotidiana.

Pero lo más grave es que, a pesar de todo, el régimen democrático no puede sobrevivir a largo plazo sin un mínimo sustrato ético. La desvergüenza instrumental no puede convertirse en un modo de vida capaz de convivir con los valores democráticos. No sólo es una contradicción flagrante, sino una amenaza objetiva para la vigencia de ese régimen. No es cuestión de púlpitos o de predicadores: es un asunto de supervivencia democrática. Es preciso defender la coherencia ética, aunque sólo sea por eso.

Profesor investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Ex consejero del Instituto Federal Electoral (IFE), se desempeña actualmente como profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha fungido como gerente internacional del Fondo de Cultura Económica (FCE) y como agregado de la Embajada de México en España.
 
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