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    “Emos”
Julián López Amozurrutia
26 de marzo de 2008

Varias ciudades del país fueron escenario en días pasados de grescas entre miembros de diversos clanes juveniles. El episodio podría parecer hasta cierto punto normal, considerando los impulsos característicos de la adolescencia y su espíritu gregario. Aunque habría que lamentarlo, no pasaría de ser un típico reflejo de la realidad urbana.

Atendiendo, sin embargo, el dato con mayor cuidado, hay un aspecto que no deja de sorprender. Me refiero a la argumentación utilizada por los diversos grupos al explicar las razones de la discusión.

Esta nueva modalidad de pandillas no tiene como núcleo de convergencia algún ideal revolucionario, el ejercicio del poder en un territorio o el simple gusto por reafirmar su libertad a través de travesuras subidas de tono.

Al pandillerismo “tradicional” lo ha sustituido la convergencia de individuos melancólicos que reclaman su derecho a vivir deprimidos. Se podrá siempre decir que se trata de una simple moda, pasajera y que no refleja verdaderas convicciones. Pero el hecho mismo de que exista debería cuestionarnos.

No asombra menos el tono de las autoridades en su intervención. A ellos les corresponde asegurar el orden público, de modo que poco entraron en las razones de fondo que pueden explicar estos fenómenos.

Se hizo un apelo a la medicina que hoy quiere resolver todos los males de la humanidad: la tolerancia. El problema es que la tolerancia es insuficiente. La simple tolerancia puede indicar un verdadero desinterés en el otro, una manera de ignorar que separa, en el fondo, a los individuos y no los compromete socialmente; incluso puede ser una manera de aniquilar al otro.

Si una persona está enferma en su organismo, claramente no se atiende con tolerancia. Se le encauza a instituciones que pueden ofrecer curación o al menos paliativos para su mal. El tema de la salud pública parece claro cuando se trata del cuerpo. Pero cuando llegamos a hablar de la dimensión espiritual del ser humano, como sociedad frecuentemente nos quedamos pasmados.

El hecho mismo de hablar de una salud sicológica parece atentar contra los derechos de las personas. Muchos que pretenden hablar del equilibrio emocional, interior y moral de las personas, por el hecho de plantear una escala de valores son frecuentemente señalados como “fascistas”, por pretender “imponer” un orden. Como si pudiera haber un orden para nuestro cuerpo, pero fuera impensable el orden en nuestro interior, en el uso de la libertad, en las repercusiones de nuestras decisiones, en la vinculación afectiva con nuestro prójimo.

¿Qué motivaciones tienen ahora muchos de nuestros jóvenes? ¿Qué experiencias de lo bello, que puedan suscitar proyectos de vida generosos, que valgan la pena? Habría que reflexionar más detenidamente sobre las condiciones sociales, culturales, educativas, familiares, laborales, recreativas y religiosas en las que se encuentran nuestros jóvenes para que algunos planteen la depresión como un estilo de vida.

No es ajena a esto la voluntad debilitada, el embotamiento y sobrecargado egoísmo promovido en parte por ciertas prácticas que aislan y no comunican, como los audífonos, los juegos electrónicos, la internet, que llevan a considerables dificultades de concentración y a la aceptación de un mundo virtual como el espacio del propio desarrollo.

Tampoco lo es la pobreza de la educación que están recibiendo, la promoción de encuentros sexuales prematuros y sin compromiso, la ausencia de padres y de hermanos; en una palabra, la falta de educación en el amor.

Vemos síntomas de enfermedades espirituales, que requieren ser atendidos con algo más que aspirinas.

teyamoz@prodigy.net.mx

Sacerdote y teólogo católico

 
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PERFIL
 
Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana. Fue Director General del Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos (2003-2007). Actualmente es profesor de la Universidad Pontificia de México y del Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos, miembro del Consejo de Bioética de la Conferencia del Episcopado Mexicano y Rector del Seminario Conciliar de México.
 
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