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    “Luchamos por sacarte de ahí, mamá”
Socorro Ruelas
20 de marzo de 2008

PARÍS.— La sombra de la violencia y el terror les acompañaba desde niños. Su infancia estaba marcada por las amenazas de muerte o de secuestro que les obligaban a vivir rodeados de guaruras, a desplazarse en vehículos blindados pero, sobre todo, a separase de su madre y huir a algún rincón del mundo. En su adolescencia, la distancia se había convertido ya en una estrategia de protección conocida que enfrentaban a través de llamadas telefónicas o e-mails…

Aquel 23 de febrero de 2002 el teléfono sonó. De un golpe, un mensaje les cambió la vida: Ingrid Betancourt, su madre candidata presidencial por el Partido Oxígeno Verde, era secuestrada por las Fuerzas Revolucionarias de Colombia (FARC), estaba retenida en la fría, húmeda y sombría selva colombiana. Hoy a más de 2 mil 200 días de cautiverio y frente a las últimas pruebas de supervivencia, sus hijos Mélanie y Lorenzo buscan por todos los medios acortar esa dolorosa distancia; recurren a esta carta que se traduce en un grito desesperado de auxilio de un par de jóvenes franco-colombianos que sólo quieren abrazar y besar a su madre de nuevo.

El 30 de noviembre de 2007, días después de que el presidente Álvaro Uribe diera por terminada la gestión de Hugo Chávez para lograr el acuerdo humanitario con las FARC que permitiría la libertad de ciudadanos secuestrados, su gobierno anunció que en algún punto de las calles de Bogotá se habían incautado a miembros del movimiento guerrillero las más recientes evidencias de vida de Betancourt: un video, que según el gobierno de Uribe fue grabado el 24 de octubre pasado, y una carta dirigida a su madre, la ex senadora Yolanda Pulencio.

Hoy ese documento íntimo es público de forma íntegra en 61 páginas. En Cartas a mamá. Más allá del infierno Ingrid y sus hijos Mélanie y Lorenzo se encuentran en una conversación marcada por su desesperación, su angustia, su agonía, pero también por el deseo de volverse a abrazar, a no separarse jamás, a no buscarse más entre sus recuerdos. Es un mensaje de solidaridad para romper con más de seis años de noches y días adormecidos por la ausencia.

Aquella mañana lluviosa, como su alma, aquel miércoles de otoño, Ingrid habló durante siete horas con su madre, sus hijos, su hermana, sus amigos… Ni un minuto más: de las 8:34 a las 15:34.

“Durante años, no pude pensar en los niños, porque el dolor de la muerte de papá absorbía toda mi capacidad de resistencia. Cuando pensaba en ellos, tenía la impresión de ahogarme, ya no podía más respirar”.

Su “alma tendida” está sobre esas 12 páginas. “Siento que mis niños están con sus vidas en stand-by, esperando que yo salga, y tu sufrimiento diario, y el de todos, hace que la muerte me parezca una dulce opción. Estar con mi papito, cuyo duelo no termino de hacer porque todos los días desde hace cuatro años lloro su muerte. Siempre pienso que ya al final voy a dejar de llorar, que ya cicatrizó. Pero el dolor vuelve y se me echa encima, como un perro traicionero, y vuelvo a sentir que se me despedaza el corazón. Estoy cansada de sufrir, de llevarlo por dentro todos los días, de decirme mentiras a mí misma de que pronto esto va a terminar, y de ver que cada día es igual al infierno del anterior.

“Pienso en mis niños, en mis tres niños, en Sebastián, en Mela, y en Loli. Tanta vida ha pasado entre nosotros, como si la tierra firme fuera desapareciendo en la distancia. Son los mismos y ya son otros, y cada segundo de mi ausencia, de no poder estar ahí para ellos, de consentirles las heridas, de no poder aconsejarlos, o darles fuerzas, paciencia y humildad golpes de la vida, todas las oportunidades perdidas de ser su mamá me envenenan los momentos de infinita soledad como si me pusiera con suero de cianuro, gota a gota, por entre las venas”.

Es su madre, la misma que ahora se describe débil, friolenta, que parece, como ella misma lo dice, “como un gato acercándose al agua”; ella que tanto amaba el agua, ya no se reconoce. Y si en las requisas le han quitado lo que más quiere, como las fotos de sus hijos, ellos no dejan de ser “una fuente de felicidad en ese duro cautiverio”.

La escuchan desde esa selva “desierta en afecto”, allí sentada en ese banco con las piernas cruzadas, vestida con esos viejos pantalones verdes y una camisa gris sin mangas. Su cabello largo hasta la cintura se le cae a montones, está extremadamente delgada, padeciendo los efectos de una hepatitis B.

“No te preocupes por nosotros, tus hijos. Mamá, no te preocupes por nosotros. Nosotros luchamos, nosotros esperamos tu regreso. Queremos que estés orgullosa de nosotros cuando tú regreses”. “Tú eres resistente, valiente, inteligente y fuerte. Lo sé, la resistencia, la valentía, la fuerza no son infinitos. Te pedimos sólo aún un poco. Sólo un poco… Debes aguantar, mamá. Nuestras palabras que te llegan gota a gota por la radio, serán tu energía”. “Esta carta no es una carta de adiós. Es una carta de rencuentro. Hasta pronto mamá”, Mélanie y Lorenzo.

Periodista

 
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