| Aprovecho el periodo vacacional para proponer una tesis de sociología política, que no tiene más sustento empírico que mi estado de ánimo: que el fracaso de la selección nacional olímpica de Hugo Sánchez no es un hecho aislado, sino otro síntoma de la decadencia del país. ¿Qué relación causal hay entre tres partidos de futbol y la situación política y social de México? Ninguna que pueda probarse con certeza. Pero después de ver el desempeño de ese grupo en el partido contra la selección de Haití, no tengo ninguna duda. Conozco la objeción típica frente a esa tesis: si la selección hubiera ganado todos sus partidos, los medios habrían hecho un gran negocio y el gobierno habría utilizado ese éxito como muestra del espíritu triunfal de la República, aun sin haber contribuido un ápice para alcanzarlo ni haber resuelto ningún problema público. Sabemos que los triunfos deportivos son bien explotados, en cualquier país, no sólo como producto comercial sino como bandera política, y especialmente los del futbol. No es casual que la FIFA sea la organización mundial con mayor número de estados miembros y que tenga más dinero que la ONU. Son triunfos efímeros, como ha advertido entre muchos otros Lipovetski (El imperio de lo efímero), pero pueden llegar a tener una enorme influencia en la vida política de las naciones. El uso descarado de los éxitos deportivos como propaganda nacional fue parte de los regímenes fascistas de mediados del siglo XX y fueron utilizados también por el régimen soviético. Los gobiernos militares de América del Sur, especialmente en Argentina y en Brasil, los emplearon a su vez como prueba de eficacia y como argumento para fortalecer el espíritu de unidad nacionalista. Y en Estados Unidos, el triunfo deportivo sigue siendo una seña de predominio y poder político internacional, llevada al extremo de considerar que sus campeones son mundiales (como en el beisbol o el futbol americano), por el solo hecho de ganar los torneos de su país. Es pura propaganda, basada en el éxito de los equipos nacionales. Pero no por ello es menos poderosa. En cambio, la relación opuesta (en la que se basa la tesis que propongo) ha sido menos estudiada. Y sin embargo, hay evidencia suficiente para sostener que los países con mejores desempeños deportivos a lo largo del tiempo son también los que han resuelto con mayor éxito su situación social. O bien, los que han dedicado grandes cantidades de recursos públicos para apoyar a sus campeones, como sucedió en los regímenes del socialismo real. En ese sentido, el fracaso deportivo sistemático puede ser leído también como una secuela de otras causas, que rebasan con creces la aptitud y el compromiso individual que esporádicamente lleva a alguien a ganar campeonatos internacionales, a pesar de las condiciones magras que le ofrece su país, como fue el caso de Ana Gabriela Guevara, hasta que explotó, o el de Lorena Ochoa, que prefirió emigrar a Estados Unidos a pesar de llevar con orgullo la bandera mexicana. Pero el fracaso de la selección olímpica de Hugo Sánchez me habla de algo más profundo: de un puñado de jóvenes privilegiados, famosos y excesivamente bien pagados, que sin embargo no tuvieron las agallas de entregarse a la causa que representaban. Al menor contacto con los adversarios rodaban por el suelo; perdían tiempo reclamando al árbitro, mientras el reloj corría en su contra; fueron imprecisos y egoístas hasta la desesperación, en busca de la jugada individual y de la gloria propia; y por añadidura, fueron arrogantes: creyeron que los equipos de Canadá y de Guatemala eran inferiores quizás porque sus integrantes ganaban 10 veces menos que ellos, hasta que salieron a la cancha. Por mi parte, tuve la sensación de estar mirando una metáfora de la vida nacional, con un director técnico que habla mucho y hace poco, con cronistas que, según las circunstancias, se envuelven en el lábaro patrio o gritan histéricos cuando los jugadores vuelven a fallar el gol, con mucha publicidad pagada (y supongo, contraproducente ante los resultados), mientras aquel puñado de jóvenes inútiles se desenvuelve con grandes gesticulaciones y gritos en la cancha. Y como yo, seguramente varios millones de telespectadores nos frustramos colectivamente, cuando el mejor jugador de todos (Villaluz, quizás el único medianamente rescatable, además del portero solitario) falló el enésimo tiro penal de la historia nacional. Al salir a la calle tras la derrota persistente, la prudencia me aconsejó no mirar a nadie a los ojos para conjurar el riesgo inminente de violencia. Pero lo mejor vino después: los dueños del balón (así les llama la prensa a los propietarios de los equipos profesionales de futbol, quienes toman decisiones animados por el deseo de lucro) reconocieron el fracaso de Hugo Sánchez y llamaron a una evaluación sensata (¿qué podrían evaluar, digo yo, después de la derrota que todos vimos por televisión?), en tanto que el director técnico se revolvió una vez más en las palabras y anunció su determinación de seguir adelante hasta el año 2010, cuando termina su contrato. Nunca antes, pues su trabajo forma parte de un proceso (así dijo), que debe llevar hasta el final. Si hoy volvimos a perder (el plural es parte de la cultura futbolera), mañana habrá nuevas esperanzas. De ahí mi tesis callejera: la esperanza se reconstruye, acaso, cuando se actúa inmediatamente. Como en todo lo demás, el tiempo inútil es pura decadencia. Como en todo lo demás. Profesor investigador del CIDE |