| Umberto Eco retrató en uno de sus libros, representativo de la literatura universal de finales del siglo XX, el ambiente en torno al resguardo y búsqueda del conocimiento en los años previos a la generalización de las universidades medievales. Su libro, El nombre de la rosa, cautivó a muchos y lo sigue haciendo con sucesivas generaciones de lectores, por su trama policiaca y por el claro dibujo de sus personajes; pero también a los críticos y a los estudiosos del lenguaje y la historia por la ambientación que mucho dicen sobre el control del conocimiento, entonces y ahora y por la sed de saber que suele romper las barreras que se le imponen, hoy, como entonces. Las universidades representaron una reacción a ese atesoramiento patrimonialista ensayado por la Iglesia; en lugar de almacenar cultura y esconder el conocimiento dejándolo sólo a algunos iniciados, las primeras universidades representaron una nueva forma de ver al ser humano: la posibilidad de que cualquiera, con la única condición del talento y el esfuerzo, pudiera adquirir conocimientos antes vedados para casi todos. Si hay una institución que pueda preciarse de ser la primera en llamarse democrática, antes que cualquier otra, esa es la universidad. Lo mismo puede decirse de otros valores que a lo largo de los siglos han nacido en el interior de los claustros universitarios para luego migrar al ámbito general de las sociedades. La UNAM no sólo no es una excepción a ese principio, sino que es una de las principales promotoras y creadoras de los valores y cánones de la cultura mexicana; aquí nació en la práctica y en el debate la idea de la perspectiva de género. Mucho antes de que los tribunales o los miembros del Poder Legislativo comenzaran a dictar normas al respecto, las mujeres iban ya ocupando lugares antes ocupados sólo por los hombres; hoy la Facultad de Derecho en su más joven generación está integrada por 53% de mujeres; otros como la tolerancia han sido prácticas tradicionales de nuestra casa cuando en la política general todavía era recurrente el uso de la violencia. Así, cada egresado de la universidad se convierte en un difusor de los valores universitarios, garantizando su paso a todos los estratos sociales de los valores que la cátedra, la reflexión abierta y la búsqueda del conocimiento van creando conforme la universidad desarrolla sus actividades. Por eso, la tarea universitaria no se colma en el proceso enseñanza-aprendizaje, sino que se vuelca en la creación de valores y prácticas sociales, dando origen a la más importante de las misiones universitarias: ser conciencia crítica de la nación. fernando.serrano@cide.edu Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM, del Centro de Estudios Internacionales del Colmex y profesor visitante del CIDE |