| El estilo personal de gobernar de Felipe Calde-rón es digno de preocupación: podría llevar al país a enfrentamientos innecesarios y abrir la puerta a una restauración autoritaria. Su estilo se ha perfilado por la respuesta a la crisis de gabinete que le provocó el conflicto de interés de su secretario de Gobernación. Ha respondido como lo hacían los gobiernos más duros del antiguo régimen. Promueve una investigación para que no pueda investigarse. Desde Gobernación se envían papeles al procurador, a sabiendas de que no tendrá independencia. En la Cámara se nombra una comisión investigadora que no podrá investigar, pues de antemano se restringió su ámbito de acción y se aseguró la lealtad política de sus integrantes. Desde Los Pinos, a la más vieja usanza, se despliega el respaldo partidista. El estilo personal privilegia la confianza y los afectos personales. Recurre a los vericuetos del procedimiento legal para descalificar los hechos que les son adversos. Legitima la vinculación entre los negocios y el poder. Califica de enemigos de México a los opositores. ¿Qué se hubiera perdido con aceptar una investigación creíble de una comisión plural de legisladores? ¿Qué confiabilidad puede tener una investigación de la PGR, donde el acusado ordena, desde su oficina, a quién, cómo y qué debe investigar la autoridad? ¿El caso no ameritaba un fiscal independiente? El problema de Mouriño es más de fondo que de forma. La firma de los contratos contradice el texto legal que, en todo caso, correspondería a un juez calificar. Pero el problema de fondo fueron las decisiones políticas que han permitido el conflicto de interés y que hoy sostienen al funcionario. Más importante que las firmas improcedentes, es el hecho de que a Mouriño, a sabiendas de que era socio de negocios de energía familiares vinculados al favor público, y sin ningún otro merecimiento profesional en la materia, se le haya hecho presidente de la Comisión de Energía de la Cámara de Diputados, coordinador de asesores del secretario de Energía, subsecretario de Energía y secretario de Gobernación encargado de negociar la apertura de Pemex a la inversión extranjera. ¿En qué democracia constitucional del mundo sería aceptado este proceder? La defensa atropellada de Mouriño es éticamente insostenible y, en el terreno político, es un error. Le cuesta a Calderón. Antes de regresar de Semana Santa y de iniciar los enfrentamientos por el petróleo, debiera volver a preguntarse. ¿Está dispuesto a abrir Pemex, cuando él ha sostenido que se necesita una reforma constitucional al 27 y 28 y no tiene los votos necesarios? ¿Para acallar las protestas sociales, está dispuesto a recrear el ambiente de temor y polarización de 2006? ¿Las agresiones no frenadas a la UNAM y el IPN son ya parte de los ardides policiacos preventivos para intimidar y desmovilizar? ¿Se prepara a responder a la presión social opositora con un ejercicio de propaganda que exacerbe los temores y llame a la mano dura? Lo mejor para el país sería que Felipe Calderón hubiera sostenido temporalmente a su secretario por alguna razón táctica, incluyendo la de no otorgar a su adversario una victoria completa. Lo peor sería que ya estuviera contagiado por la enfermedad del poder absoluto, donde ya no importan el rechazo de la opinión pública, ni el apego a los procedimientos constitucionales, ni las evidencias de corrupción política, ni los riesgos de confrontación social. Que habiendo formado parte de una tradición de lucha por la democracia y la honestidad pública, terminara dominado por el rencor autoritario y la visión patrimonialista. Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista |