| Beauvoir le confesó a su biógrafa Deirdre Bair que el escritor Nelson Algren fue el hombre con quien tuvo “un orgasmo completo”. “El único amor apasionado de mi vida”. Conoció a Algren, El hombre del brazo de oro (todo parece indicar que “de oro” no sólo era su brazo), en Chicago. Tenía 39 años. Comenzaba a pensar en “un ensayo que analice la condición de las mujeres”. Vivía su relación “esencial” con Sartre: “Como devotos hermanos, enteramente solícitos el uno para el otro”. Mantenía una relación sexual con Bost, marido de Olga, una de sus amigas. Olga fue amante de Beauvoir y Sartre, la hermana de Olga fue amante de Sartre. Entre ellos se llamaban “la familia”. El eje era Sartre. La fama de Beauvoir llegaría. La derecha la apodaba: Notre Dame de Sartre. Alrededor. Discípulos. Una familia inquietantemente endogámica. En ese clan irrumpió Algren. Desde Chicago. “Nunca había amado como a ti, mente y cuerpo unidos”, escribió ella. “Aventó el mosquitero y me arrojó sobre la cama. Cuando estuvimos desnudos, piel contra piel, él dijo de una voz feliz: ‘He aquí nuestros más bellos viajes’”, Los Mandarines. Justo antes de imaginar la noción de la mujer como “el otro” del hombre, Beauvoir se encontró a Algren. El otro más completamente otro con quien haya tenido una relación. Casualidad. Causalidad. La intelectual de Saint Germain y el escritor de los “bajos fondos”. “Comunista. Vive en el wild side”, anotaba el FBI. Nacionalidad y lengua distintas. A Algren, la “intelecualidad” lo somniferaba. Intentaba ser “un rudo”. Escribía de locos. Delincuentes. De seres desesperados. Creía en los roles asignados a la diferencia sexual. Jamás podría pertenecer a esa “familia” que giraba en torno a Sartre. A la revista Les Temps Modernes. Adoraba hacer el amor. Era muy atractivo y sexy. A wild man, en el wild side. La suma de sus diferencias significaba una rotunda exogamia. La antítesis de Sartre y el clan. Lo que en términos de placer sexual. Nunca es un dato menor. La escritura de El segundo sexo sucedió en la etapa más apasionada de su relación. Leer sus cartas e imaginar la escritura paralela del libro de cabecera del feminismo. Es una experiencia disociada y fascinante Mi querido marido. En sus más de 300 cartas Beauvoir escribía con una coquetería adolescente. Con una cursilería inimaginable. Con frases que ella hubiera considerado sumisas, y “femeninas”, hasta la ignominia. El placer sexual de Beauvoir se jugó. ¿No es interesante? En la alteridad de alteridades. A Algren podía escribirle: “Me gustaría escribir un libro acerca de las mujeres, que sea tan importante como el Myrdal para los negros”, y también: “La Bucherie-Beauvoir hotel es realmente el mejor, le proporciona una muchacha en su cama todas las noches y un desayuno cada mañana”. Deirdre: “¿Qué opinó Nelson de El segundo sexo?” Beauvoir: “Que era bullshit que estaba bien si yo escribía tonterías para un montón de bobas, siempre y cuando no las trajera a casa en Wabansia”. La relación duró 17 años. En medio, Algren se casó y descasó. Beauvoir vivió con Lanzman, quien pedía, Beauvoir dixit: “amor materno”. Vuelta al clan. Algren, 1981: “Quiso hacer de nuestra relación un vínculo literario internacional citándome y publicando extractos de mis cartas. Las cartas de amor deben permanecer privadas. He frecuentado burdeles en el mundo, las mujeres cierran la puerta. Ella abrió la puerta enorme e invitó al público a la recámara”. Murió al día siguiente. Sin perdonarla. En 1986 Beauvoir fue incinerada con la alianza que Algren colocó en su anular. Cuarenta años antes. En una de esas noches eternas. Del wild side. Escritora |