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    Hacer la revolución
Jorge Chabat
13 de marzo de 2008

En los años 70 era muy común escuchar en los medios universitarios mexicanos referencias a la “revolución”. Pero no a la Revolución Mexicana, sino a la revolución que había que hacer, a la que ya venía. Era el Santo Grial de los estudiantes de izquierda, la tierra prometida. Además, la historia caminaba hacia allá. Todo era cuestión de tiempo.

Quien le apostaba a la revolución estaba del lado correcto de la historia. Ahí estaba la Unión Soviética. Y ahí estaba Cuba, desafiando al imperio. Sobra decir que el modelo a seguir era El Che Guevara. El revolucionario por antonomasia, el que dejó su patria para perseguir el ideal de la revolución. El que dejó la comodidad de un puesto en el gobierno cubano para cambiar la situación en Bolivia. En fin. Si fue asesinado en esa aventura fue porque el imperialismo no perdonaba. Pero ahí estaba la puerta siempre abierta para hacer muchas revoluciones, para pelear contra la opresión capitalista: ahí estaban Vietnam, Uruguay, Brasil, Nicaragua, Colombia, El Salvador. Incluso estaba México con sus opciones guerrilleras en los 60 y 70. Entrarle a la guerrilla era entonces una forma de cumplir con ideales superiores, una forma de construir un mundo más justo. Era, en pocas palabras, ser héroe.

Y la propia retórica del gobierno mexicano justificaba la acción guerrillera (siempre y cuando no fuera en territorio propio, desde luego). Así, el gobierno de nuestro país comparaba a la Revolución Mexicana con la Revolución Cubana y la nicaragüense. Y apoyaba abiertamente a los grupos alzados en Latinoamérica.

En México se movían libremente representantes del sandinismo, del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, del M-19… Finalmente, eran movimientos libertarios contra gobiernos despóticos, como lo fue la Revolución Mexicana. En esta defensa de la insurrección no había consideraciones de carácter legal. Sublevarse era un acto legítimo, un acto de heroísmo, que la historia premiaría. ¿Quién hablaba entonces de democracia?

Además, los gobiernos contra los que se levantaban los grupos guerrilleros eran, por lo regular, dictaduras indefendibles o, en el mejor de los casos, democracias represoras.

Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar. En los 80 y 90, buena parte de las dictaduras latinoamericanas se convirtieron en democracias. Desde luego, siempre hubo grupos para los cuales dictaduras y democracias eran lo mismo: dos caras del mismo capitalismo salvaje y explotador. Por ello, cuando surgió el movimiento zapatista en México, hubo muchos creyentes en las revoluciones que vieron sus esperanzas renovadas.

Y ese sentimiento de tener todavía causas que defender también estuvo presente en el caso de Colombia. Aunque el M-19 negoció y claudicó, ahí estaban las FARC y el ELN. No importaba que ambos se dedicaran a actividades claramente delictivas como el narcotráfico y el secuestro. Finalmente, la revolución justificaba todo.

Lo que vino después ya es historia. Las FARC desarrollaron una gran actividad promotora en México. Sin embargo, el gobierno mexicano se mostró menos tolerante a las guerrillas ajenas. Finalmente, las FARC eran un grupo al margen de la ley en Colombia, donde había un gobierno democrático con el cual México tenía relaciones diplomáticas. No era la dictadura de Pinochet o la de Somoza. Era, mal que bien, un gobierno legítimo. Pero eso no importaba para la izquierda radical, para la cual todos los gobiernos que no fueran socialistas eran condenables.

La presencia de varios estudiantes mexicanos en el bombardeo que hizo Colombia hace un par de semanas a un campamento de las FARC en territorio ecuatoriano sugiere que la actividad propagandística del grupo guerrillero fue exitosa. Aunque la versión de los defensores de dichos estudiantes es que éstos estaban en “viaje de estudio”, es difícil no pensar que había por lo menos un vínculo de simpatía de estos jóvenes con las FARC. Una simpatía que ciertamente es una tradición de décadas en los círculos universitarios mexicanos. Y ello es sumamente preocupante.

Es preocupante no porque haya grupos de izquierda en México, lo cual es absolutamente natural y legítimo, sino porque para éstos es lo mismo un gobierno democrático que una dictadura. Porque para estos grupos es lo mismo luchar contra Uribe que contra Videla o Pinochet. Porque en el fondo la existencia de un gobierno democrático es irrelevante pues lo que importa es hacer la revolución. Y porque seguramente para estos grupos es también lo mismo Felipe Calderón que Díaz Ordaz o Victoriano Huerta. Eso es lo preocupante.

jorge.chabat@cide.edu

Analista político e investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Analista político y profesor de la División de Estudios Internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), donde también es investigador. Sus líneas de estudio son democracia y derechos humanos, narcotráfico y seguridad nacional, así como política exterior de México.
 
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