| LONDRES.— En 2001, George W. Bush afirmó que había mirado a los ojos a Vladimir Putin y había visto un alma gemela para Occidente. Después Putin se puso a restaurar el gobierno autoritario en Rusia. Hoy los dirigentes occidentales pueden estar a punto de repetir el mismo error con Dmitri Medvédev. Su elección del 2 de marzo fue una coronación más que una competición. Los únicos oponentes de Medvédev eran viejas glorias de los 90, como Vladimir Zhirinovsky, que hace mucho se convirtió de protofascista en leal al Kremlin, y Andréi Bogdánov, un sucedáneo de “demócrata” a quien el Kremlin ha permitido presentarse como candidato para hacer creer a Occidente que había auténtica contienda. Así, pues, resulta asombroso que en Occidente muchos lo aclamen como a un “liberal”. ¿Se deberá a que se nos ha hecho temer engañosamente a alguien peor, un bravucón silovik (miembro pasado o presente de los servicios de seguridad), como el ex ministro de Defensa Serguéi Ivánov? ¿O representa Medvédev una verdadera oportunidad de descongelar la actual miniguerra fría entre Rusia y Occidente? La verdad es que Medvédev es una persona agradable. Putin procede del KGB, mientras que Medvédev es un abogado que ha atacado el “nihilismo jurídico” de Rusia y ha denunciado el concepto en boga de “democracia soberana”. Tras sus siete años de presidente del Consejo de Administración de Gazprom, Medvédev está familiarizado con el mundo de los negocios. No desentona en Davos. Viste con trajes elegantes. No parece el arquetípico burócrata o agente del KGB postsoviético. Es un gran admirador del grupo de rock Deep Purple de los 70. Pero, antes de apresurarnos a acoger una nueva cara que puede resultar una simple mejora cosmética, debemos entender el sistema que hizo a Medvédev El problema de Rusia no es el de ser una democracia imperfecta, sino el de que su forma de gobierno está corrompida por la “tecnología política”, que entraña algo más que llenar urnas con votos fraudulentos. Significa el patrocinio secreto de políticos falsificados como Bogdánov, la creación de ONG falsas y falsos movimientos juveniles “patrióticos”, como Nashi (“Nuestro”), para impedir una versión rusa de la “revolución naranja” de Ucrania y la movilización de los votantes contra un “enemigo” cuidadosamente fabricado. En 1996, el enemigo eran los comunistas; en 1999-2000, los chechenios; en 2003-04, los “oligarcas”. Ahora somos nosotros: el Occidente supuestamente hostil y la amenaza representada por las “revoluciones de color” para la estabilidad de Rusia, que tanto ha costado lograr. El propio Medvédev puede considerar esa política total o parcialmente desagradable; ahora Rusia tiene toda una industria de manipulación política cuya desaparición no es probable en el corto plazo. También debemos entender los mecanismos de la política rusa de sucesión. En el marco ruso, ser “liberal” no significa poco más que oponerse a los siloviki. Significa pertenecer a un clan diferente, a una parte diferente del abrevadero. Las incertidumbres de la sucesión han creado una guerra encubierta por la propiedad y la influencia entre un puñado de clanes diferentes, pero el sistema no puede permitirse el lujo de que haya un vencedor indiscutible. Reequilibrar el sistema —y no deseo repentino alguno de invertir el rumbo cada vez menos liberal que Rusia ha seguido desde 2003— fue la razón principal para elegir a Medvédev. La ambición de Putin de permanecer en el poder como primer ministro tiene que ver también con esa operación de reequilibración. Debe permanecer como “niñero” de Medvédev para impedir que un clan domine a los demás. Medvédev y los siloviki se detestan absolutamente. Sechin e Ivanov lo vigilarán estrechamente para advertir cualquier señal de debilidad. Medvédev no llegará a ser totalmente autónomo mientras no se libere de ellos. Así, pues, los gobiernos europeos pueden acoger con agrado la elección de Medvédev, pero su respuesta debe ser cuidadosamente calibrada conforme a los cambios reales que éste pueda hacer. Europa debe procurar no repetir la exagerada reacción de muchos dirigentes cuando Putin sucedió al enfermo Yeltsin en 2000. No debe haber una carrera para ser el nuevo mejor amigo de Medvédev ni se debe mirarlo a los ojos y elucubrar sobre su alma. Debemos centrarnos en lo que Medvédev haga y no en lo que diga, porque hasta que empiece a determinar el sistema, si es que lo hace, en lugar de ser determinado por él, no puede haber transición en Rusia. ©Project Syndicate Analista principal sobre asuntos políticos del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores |