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    Presión y expresión
Macario Schettino
10 de marzo de 2008

Para Jorge Fernández, con un abrazo

Tenemos en México un problema para distinguir entre dos palabras que, a pesar de tener un mismo origen, representan hoy dos cosas totalmente diferentes. Confundimos presión con expresión, tal vez porque ambas provienen, desde tiempos muy remotos, de “exprimir”. Sin embargo, desde hace ya mucho que los conceptos a que se refieren ambas se han separado, convirtiéndose uno de ellos en un derecho primordial de la modernidad, la expresión, mientras que el otro, en su acepción social, se mantiene cerca de su origen: se trata de exprimir al otro, de obligarlo, de forzarlo.

La lucha en México por el derecho a la libre expresión tuvo éxito hace muy poco. Todavía a inicios de los años 80 no era fácil manifestarse para expresar una idea política. Fue en esa década que la prensa escrita logró consolidar la libertad de expresión y la inició la radio, hubo que esperar todavía para que la televisión se sumara al proceso. Hoy, sin embargo, no existen en México límites impuestos por el gobierno a la libertad de expresión. Puede usted leer, escuchar y ver opiniones de todo signo, no todas inteligentes, ni todas de buen gusto, pero no hay restricción a ellas. Y si usted ha entrado a la era de internet, mucho menos.

Sin embargo, esta libertad de expresión no ha reducido las manifestaciones públicas. Con mucha frecuencia, se realizan marchas y plantones en algunas ciudades del país, pero sobre todo en la capital. Quienes participan en ellas insisten en que hacen uso del derecho a la libre expresión, como sin duda es cierto. Pero no es por expresarse que se manifiestan, sino por presionar. Amparados en la confusión lingüística, nos hacen pasar presión por expresión, porque no se manifiestan porque no haya canales públicos por los que puedan expresarse libremente, sino porque lo que quieren es algo que, para lograrse, requiere presionar, es decir, exprimir.

No se manifiestan los campesinos para expresar nada, sino para presionar al gobierno para que no modifique las reglas de asignación de los subsidios. Es decir, para que los líderes no vayan a perder su forma de vida. No se manifiestan los maestros de la CNTE para expresar alguna idea novedosa, sino para presionar al gobierno y a su mismo sindicato. No se manifiestan los trabajadores de Luz y Fuerza del Centro, el democrático Sindicato Mexicano de Electricistas, para expresar absolutamente nada, sino para presionar ahora que se acerca su revisión de contrato. Nadie quiere expresar nada en una manifestación que no haya podido expresar en medios de comunicación. Quieren presionar.

La presión no es, en sí misma, negativa. En infinidad de ocasiones, las autoridades que deben resolver no lo hacen, y nunca lo harán si no se les presiona. Y es esa misma ineficiencia de las autoridades la que alimenta el negocio de la manifestación. Sólo los líderes que pueden organizar una manifestación suficientemente estorbosa serán atendidos, así que sólo ellos pueden convertirse en gestores de las innumerables demandas sociales.

Al final, es decir hoy mismo, lo que tenemos es una estructura de resolución de demandas sociales paralelo a la legalidad, que se ampara en una falsa necesidad de expresión, que genera grandes costos al resto de la población. Es equivalente al mercado paralelo que se ha creado en la informalidad, como resultado de una economía que no dio espacio a todos, que genera costos sociales inmensos.

México vive en una mezcla de sistemas político y económico en permanente tensión. Por un lado, se pueden promover políticas públicas a través del mecanismo democrático representativo que tenemos y se puede producir en una economía capitalista medianamente competitiva. Por el otro, se pueden resolver demandas sociales a través de un mecanismo político clientelar, corporativo, ejerciendo presión pública, y se puede participar en una economía tradicional, más bien mercantilista.

Pero estas dos formas de vida chocan. Decisiones legítimamente construidas en la forma moderna son destruidas por la forma tradicional. Y lo que no hemos entendido aún es que la forma tradicional no es compatible con la democracia, la competitividad y la justicia. Cada vez que el clientelismo y la economía de intercambio detienen al estado de derecho o impiden inversiones, México se vuelve un poco menos democrático, un poco menos competitivo, pero sobre todo, más injusto. Porque nuestro pasado no fue mejor. Fue bastante peor de lo que hoy tenemos.

www.macario.com.mx

Profesor de la división humanidades del ITESM-CCM

 
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PERFIL
 
Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Ha sido profesor investigador en El Colegio de México y el Tecnológico de Monterrey.

Es director de Investigación y Programas Doctorales del Tec de Monterrey, campus Ciudad de México.

Ha publicado 12 libros. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

 
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