| ¡Gane quien gane...!
Difícil es encontrar ya, a estas alturas del calendario político, un acontecimiento más comentado que las elecciones internas del Partido de la Revolución Democrática. No hay órgano de prensa que haya permitido a sus analistas olvidar el acontecimiento: es natural, pues afecta a todas las fuerzas políticas. Unos expresan su convicción de que el sol azteca eclipsará; y así los dueños del poder por el dinero, valedores de la espontaneidad del mercado, no tendrían más adversario que su propia rapiña. Enfrente hay quienes esperan “un milagro”: que los perredistas de “a de veras” escuchen el llamado de la historia, resuelvan las contradicciones entre tribus y corrientes y abran paso al desarrollo de una vanguardia, capaz de rectificar —ya hoy— el rumbo desastroso por el que nos conduce la dupla PRI-PAN. Debemos desencantar a ambos bandos: las elecciones internas del PRD no serán acontecimiento catastrófico ni luminoso amanecer. Aquellos que anhelan la catástrofe sufrirán un desengaño similar al que padecieron quienes entre abril y septiembre lanzaron contra una estructura estatal legítima todos los recursos del Estado, de los medios y de la inmensa estupidez característica de la “clase política” de los partidos de Estado, el viejo y el nuevo. El “no al desafuero” llegó para quedarse; fue, es expresión histórica y reivindicación de soberanía popular. A quienes vean victoria en el predominio de su corriente, a pesar de que ésta no ha dejado de ser instrumento de presión cuyos principios ya superó el congreso de agosto, tropezarán con una estructura partidista confusa; serán insuficientes los cuadros y las concepciones adquiridas para arribar a las tareas que están planteadas —entre ellas la de impedir el refrendo del poder lacayuno de la dupla—. Será necesario concertar todas las fuerzas existentes, superar las contraposiciones y los odios, y marchar en primer término a la regeneración ideológica y organizativa del PRD. Sí, porque será indispensable desprenderse de los factores corporativos que producen mayorías casi sin más atractivo que el de las personalidades dirigentes de Nueva Izquierda; sí, porque habrá que modificar a fondo los factores clientelares que han sido endosados —con rechazo insistente del candidato que probó reciedumbre en la batalla por la soberanía popular— para transformarlos en militancia auténtica. Los dos grandes acontecimientos ocurridos a partir del 24 de abril, la inmensa movilización ciudadana en defensa del principio estatal de quién nos gobierna y con qué proyecto, y el Congreso —que llevó a la declaración de principios la soberanía popular como fundamento de la transformación democrática de la vida política y como definición de militancia en el PRD—, constituyen el marco de estas elecciones, aun cuando los candidatos no estén conscientes de ello. Requerimos un compromiso público, abierto, de quienes son postulados a puestos dirigentes: llevar a la práctica social y política las formas ideológicas, jurídicas, políticas, filosóficas concretadas en declaración de principios, programa, línea política y estatutos, con las que intentamos resolver la crisis nacional. Y más: deberán asegurar su fidelidad al gran movimiento político de masas, ese personaje colectivo que se forma en abierta lucha de clase frente y contra el desastre de pobreza y atraso que nos imponen quienes ilegítima y fraudulentamente gobiernan México. Gane quien gane en estos comicios, tiene que partir de esos compromisos y después cumplirlos sin mezquindades. Votaré, y reclamaré el voto de mis compañeros por los que asuman tal responsabilidad. Hay más tiempo que vida. Analista político, miembro del PRD |