| El gobierno de Calderón estrena escándalo digno de proyección global, no por las cantidades de dinero barajadas, sino por la posición política del personaje principal: secretario de Gobernación, hombre de la mayor confianza del Presidente, encargado de negociar una esquiva reforma energética, ahora está exhibido como particular interesado en su misión oficial, lo cual lo inhabilita de entrada y arroja preguntas sobre el gobierno de Calderón (véase “Más Iván que Camilo”, Jorge Zepeda, domingo pasado). Algunas aristas de este caso tan interesante son: la torpeza del presidente Calderón (sospechosa por inconcebible), la colonización de la industria petrolera por intereses particulares (mientras se discute su “privatización”), la trayectoria de los protagonistas, su influencia en gobiernos, partidos y otros ámbitos, las nuevas configuraciones de poder en torno a la energía, su alcance global, más los temas que surjan, incluyendo material novelesco y de revistas del corazón, como el caso merece. El caso también puede servir para despejar y ordenar la discusión sobre la reforma energética, pues queda claro que las palabras “privatización”, “apertura” y “reforma energética” se han vuelto inadecuadas para describir el propósito buscado. El caso Iván saca a la luz algo que ya sabíamos, pero lo confirma desde el poder: que hay una colonización de la industria energética mexicana por intereses particulares con los puestos políticos más altos. Vaya escándalo… Todo esto nos advierte que, en la discusión sobre el futuro inmediato de la industria energética, lo primero es saber qué pasa en ella. Pemex ha trabajado siempre con empresas privadas, creando relaciones propicias a la corrupción, como en todo negocio público-privado. Sería útil conocer la evolución de esos negocios a partir del gobierno Salinas, cuando empezó a formarse una corriente por la privatización, cuyos argumentos están ahora muy desacreditados. Viene al caso recordar los argumentos del gobierno de Zedillo por la reforma eléctrica: que la CFE era incapaz de satisfacer la demanda futura, que habría apagones catastróficos, que había que reconvertir el sistema en unidades de producción y consumo manejables por eficientes empresas privadas, las cuales crearían un próspero “mercado de electricidad”. Permanece en el misterio que Zedillo, al tiempo que urdía leyes y diseminaba estas consignas, trabajara para fortalecer a la CFE como pocos presidentes. A casi 10 años, la CFE ha ratificado su jerarquía mundial, mientras las plantas privadas que la iban a sustituir dependen ahora de venderle su energía. La racionalidad económica se impuso a las mentiras interesadas, lo cual llama a tomar con cautela las taras atribuidas a Pemex por quienes prosperan a costa suya, con más razón si ocupan posiciones políticas. Sus argumentos ocultan más de lo que dicen y desvían la atención. El caso Iván sugiere que el tema no es qué hacer con Pemex; el tema es saber el destino de la inversión pública en la industria, sobre todo a partir de 2003-2004, cuando el gobierno hizo sus primeras grandes inversiones, las cuales fueron posibles por el alto precio del crudo. Pero Fox, en vez de desechar el argumento de carencia de recursos para Pemex, siguió profiriéndolo. ¿Será cierto que hay una red de negocios panistas que involucran a la familia Sahagún-Fox, cuyo líder es el ahora secretario de Gobernación? Puede documentarse que los argumentos por la “privatización” de Pemex se cayeron antes del caso Iván, hasta el punto en que los parlamentarios del PRI abandonaron la idea por “falta de consenso”. El caso Iván viene a remachar el clavo y pone el asunto en dirección desconocida. ¿Favorece esto a los impugnadores de la elección presidencial de 2006? No mucho porque ellos están contaminados de lo mismo: propalar mentiras con fines de poder. El público sabe que quienes ahora blanden el caso Iván contra Calderón son los mismos que fabricaron todo un cuento de fraude electoral que no pudieron probar, como era predecible para cualquier persona informada. Atender su información del caso Iván no significa aprobar sus desplantes, ofensas y desfiguros; es un gesto de civilización a practicar en todo momento, no sólo cuando nos convenga. blascota@prodigy.net.mx Analista político |