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    Cien años
Macario Schettino
3 de marzo de 2008

En este mes se cumplen 100 años de la entrevista que realizó la revista Pearson’s Magazine a Porfirio Díaz, a través del periodista James Creelman. La entrevista se publicó en México precisamente en marzo de 1908. De ella, lo que los mexicanos sabemos es que Porfirio dijo que México estaba listo para la democracia. Y también sabemos que, después de esa entrevista, vino la Revolución, y lo demás es historia.

Pero no es así. Ni dijo exactamente eso, ni vino la Revolución después de la entrevista. Ni mucho menos es historia lo demás. Lo que los mexicanos sabemos acerca del siglo XX, y de la Revolución en particular, es una versión creada por los ganadores de la guerra civil, quienes necesitaban urgentemente de legitimidad, después de los destrozos causados. La reescritura de la historia inició con los sonorenses, y debemos decir que más que escribir de nuevo lo ocurrido, lo pintaron. La versión oficial de la historia de la Revolución inicia en las paredes, a través de los pinceles de Diego, Siqueiros y Orozco, que van a darle un perfil comunista a su interpretación, simplemente porque en eso creían.

Para los mexicanos, la Revolución es un proceso muy confuso, que inicia en 1910, pero sin duda fue preconizado por la entrevista hoy centenaria, y que terminó con el gran acto que en dos semanas más cumplirá 70 años: la expropiación de la industria petrolera. La nacionalización es el acto simbólico por excelencia. No tuvo ninguna importancia económica, pero su valor cultural, y por tanto político, es indiscutible.

La nacionalización de la industria petrolera deja claro que el régimen que ha construido la Revolución es nacionalista, de vocación popular, controlado por el Estado, y dirigido hacia una meta que sobrepasa a las personas, hacia una utópica revolución social. Una actualización del régimen Habsburgo español: xenófobo, popular, centrado en el monarca, y dirigido hacia la utópica cristiandad.

Es precisamente lo anacrónico del régimen de la Revolución lo que provoca el fracaso de México durante el resto del siglo. Crecimos de manera mediocre mientras aún hubo factores ociosos, pero para 1965 éstos se agotaron, y para mantener al régimen hubo que endeudar al país, desperdiciar el petróleo, multiplicar promesas a sindicatos, campesinos y empresarios. El ficticio crecimiento a partir de ese año terminó con una caída brutal en 1982, y el pago de esos errores, que lleva ya dos décadas, no ha terminado.

Carlos Salinas modificó la orientación económica del régimen de la Revolución. Ernesto Zedillo, la política. Sin embargo, hasta hoy no hemos logrado el cambio fundamental: la transformación cultural. La razón es obvia, la cultura se mueve más lentamente, se aprende en la infancia y la juventud, y es muy difícil modificarla después.

Es por eso que el cambio cultural ha tenido que esperar al cambio generacional que hoy vivimos. Porque a quienes nacimos después de 1960 el régimen ya no pudo indoctrinarnos igual. Porque para esta generación, y las que la siguen, los mitos de la justicia social, la rectoría del Estado, la autodeterminación, y la sarta de tonterías que acompañan, no tienen ningún sentido. ¿Justicia social en un régimen que jamás destinó recursos a los pobres? ¿Rectoría del Estado para tener una economía rezagada? ¿Autodeterminación para no ser responsables? O peor, ¿soberanía cuando se desperdician recursos, cuando la corrupción e ineficiencia campean, cuando millones deben emigrar?

Los herederos del régimen de la Revolución llevan dos décadas culpando de todo a un fantasma que llaman “neoliberalismo”, en un esfuerzo de evitar su responsabilidad en el gran fracaso. Pero basta echar un vistazo a las cifras económicas, a la información social, a lo que usted guste, para comprobar que los problemas que hoy enfrentamos fueron creados por el antiguo régimen: ¿Pobreza? ¿Recaudación? ¿El campo? ¿La urbanización desordenada? ¿La falta de competitividad? Ninguno de estos problemas nació después de 1980.

A 100 años de distancia, es necesario revisar lo que hicimos los mexicanos en el siglo XX. Porque en ese siglo fracasamos. Y si no logramos liberar a nuestras mentes de la mitología de la Revolución, seguiremos fracasando. No es tarea para viejos, ni para quienes sufren al enfrentarse a la realidad. Es el hercúleo trabajo de construir una nación exitosa.

www.macario.com.mx

Profesor en la división Humanidades del ITESM-CCM

 
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