| Ciudades como Guanajuato, Taxco o Zacatecas recuerdan a los mexicanos cuando la Nueva España era una importante potencia minera. Algunas de sus magníficas iglesias y edificios han permanecido como testimonio de la plata que en su día fuera extraída del subsuelo para luego ser transportada en galeones hacia el Viejo Continente. También esas poblaciones traen al presente dolorosas memorias. La minería colonial en México fue sinónimo de explotación y saqueo. Resulta difícil pensar en la extracción de la plata sin relacionarla con la esclavitud de la encomienda y la avaricia de los colonizadores. Hoy estamos conscientes de que el subsuelo fue fuente de muchas de las desgracias pasadas. No sorprende por tanto la celosa relación que todavía sostenemos los mexicanos con las riquezas escondidas debajo de nuestras tierras, y ahora bajo nuestros mares. Frente a este tema fácilmente nos sentimos vulnerables y despojados. Solemos reaccionar instintivamente y también en ocasiones sobrerreaccionamos. Es desde esta memoria herida que puede entenderse por qué el petróleo es tan importante para la identidad mexicana. Apartarlo de los extranjeros es una forma de asumir la lección de la historia. Así es como reclamamos hacia las primeras generaciones que fundaron este país, y que en su día no supieron detener aquellos galeones cargados de plata. Los mexicanos nos hemos prometido silenciosamente que la tragedia de la plata no volverá a ocurrir con el petróleo. No queremos permitir por tanto que el extranjero participe de nuestra riqueza petrolera. La propiedad nacional del subsuelo se nos ha vuelto tan importante para la sobrevivencia de México como lo es la existencia de las fronteras. Al mismo tiempo la gran mayoría hemos dejado de reflexionar sobre el tema. Frente al petróleo actuamos como se hace con la fe religiosa y no con la razón práctica. Prueba de ello es que somos extremadamente sensibles al llamado que los políticos hacen para alejar a los extranjeros de nuestras riquezas enterradas. Cala bien, por ejemplo, esta declaración de Andrés Manuel López Obrador: “…seremos esclavos de nuestra propia tierra si los mexicanos permitimos que un grupo de vendepatrias entregue la industria petrolera a empresarios extranjeros… el país será una colonia y seremos esclavos en nuestra propia tierra”. Porque este discurso responde a una de las pulsiones más esenciales de la identidad mexicana es que tiene éxito. Apela al miedo sembrado por los tiempos idos y también a la valentía que habría hecho falta para defenderse del explotador. Quien mejor capitalizó políticamente esta emoción fue el general Lázaro Cárdenas del Río. La expropiación de 1938 encajó impecablemente en el rompecabezas de nuestra identidad. Hoy los actos de aquel presidente siguen siendo admirados como el gran momento de la revancha en contra de la injusta opresión. Al punto son venerados que paradójicamente no se observa ni analiza con razonamiento el acto expropiatorio. Es más, se inventa y reinventa según acomode a las necesidades del discurso inflamatorio del momento. Hoy no se divulga, por ejemplo, que el general Cárdenas previó la posibilidad de que las empresas privadas —nacionales y extranjeras— siguieran invirtiendo en nuestro sector petrolero. Aquí vale la pena traer a cuento el discurso que aquel presidente pronunciara el primero de septiembre de 1939, a propósito del sector petrolero, frente al Congreso de la Unión: “El gobierno de la Revolución no desconoce la importancia de la ayuda que puede presentarle la inversión privada, la cual tiene legítimo campo de acción para fortalecer la economía nacional, y juzga que su actuación no es incompatible con la del gobierno si se adapta a las exigencias de su programa...”. Los registros históricos de la época demuestran que la administración cardenista concibió un modelo de explotación y extracción petrolera donde el gobierno de la República dominaría la actividad económica del sector, sin renunciar a la asociación con privados con el objeto de construir una industria robusta. Con Cárdenas el tema no era ya la nacionalidad del petróleo depositado en el subsuelo. Esta era mexicana. Lo que el general previó fue la constitución de una empresa pública que jugaría el papel predominante en el mercado para asegurar que las decisiones de la industria siempre fueran armónicas con el interés general de los mexicanos. Fue en la ley reglamentaria de la materia, expedida también en 1939, donde se estableció el marco legal para la inversión privada en la exploración y extracción petroleras. En realidad no fue sino hasta 1958, con Adolfo Ruiz Cortines, que se tomó la decisión de eliminar toda sociedad entre Petróleos Mexicanos y las empresas particulares. Cabe decir que por aquel entonces tal decisión no tuvo mayor impacto. La distracción de recursos del Estado hacia el sector petrolero no era importante. Luego, no se requería —como sí ocurriera en 1938— de una asociación entre Pemex y los privados. A quienes hoy se enredan en la bandera advirtiendo la existencia de vendepatrias habría que recordárseles que no fue Cárdenas sino Ruiz Cortines quien prohibió la participación de la inversión privada en el sector de los hidrocarburos. Y también que el esquema considerado en 1939 para hacer crecer a esta industria podría perfectamente ser utilizado de nuevo para asegurarle viabilidad y crecimiento a esta industria. Nadie disputa que los tesoros escondidos en el subsuelo mexicano deban ser propiedad de los mexicanos, ni tampoco que estos bienes sean administrados y regulados por el Estado. Pero tal característica del sector —que es coincidente con el reclamo histórico— no tiene por qué confundirse con la imposibilidad de potenciar, gracias a su asociación con otras empresas, las inversiones de Pemex; sobre todo en aquellos proyectos que representan alto riesgo durante su fase inicial (exploración). En otras palabras, Pemex no tendría por qué compartir la riqueza que le ofrece su posición dominante, pero tampoco habría por qué tomar —por sí sola— todos los riesgos que implica perforar en aguas profundas y no encontrar petróleo. De ahí que se haya vuelto conveniente revisar un eventual regreso a la ley de 1939. No actualizar las razones de los actos a partir de nuevas realidades es vivir en el instinto. Y quien sólo se preocupa por la obtención y atesoramiento de los recursos, sin que nada más importe, suele ser un fetichista patológico. Analista político |