| Lo que ha sucedido en las últi-mas semanas con el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes es la reiteración de nuestra cultura política. Me refiero a la forma y el momento en que se han dado los ataques en contra de Sergio Vela. Por lo que se refiere a la forma, se usaron las mismas acusaciones que en su momento fueron contra Sari Bermúdez: si gasta mucho, si viaja demasiado, si hace poco, si abusa del poder. Se trata de afirmaciones que no tienen pierde pues pueden ser ciertas o falsas, dependiendo de cómo se midan las cosas. Por lo que se refiere al momento, los ataques coinciden con despidos y renuncias, y nada más fácil que lanzar una campaña en contra de alguien porque eso les gusta a los medios, ya que la sangre vende. Y de una vez es una situación que aprovechan los interesados en ese puesto. Pero la repetición del esquema va más allá: por ejemplo, la única salida que a todos se les ocurre es la renuncia del encargado. Con ello lo que se logra es que se quede el que está o entre otro en su lugar; cada vez los funcionarios se vuelven más temerosos y prefieren no hacer nada para no arriesgarse. El resultado es que nuestras instituciones están cada vez más paralizadas. O por ejemplo, la forma de atacar es siempre contra las personas y nunca contra la institución. Nuestro deporte favorito es tener a quién tirarle, sea secretario de Estado o presidente de la CNDH o del IFE, aunque ha cambiado que antes teníamos la costumbre de convertirlos en villanos (desde Echeverría hasta Salinas) y ahora los convertimos en pobres diablos. Pero no nos cuestionamos lo que hay detrás y que genera ciertos comportamientos repetidos. En el caso de Conaculta, se trata de una institución (como muchas otras) cuya función, obligaciones y límites no están claramente especificados, de modo que tanto los funcionarios como “la sociedad civil” pueden hacer y decir lo que les parezca y pueden después criticarlo sin empacho. Pero tampoco hay claridad sobre sus objetivos, pues ¿qué es lo que le corresponde hacer al gobierno en materia de cultura? Hasta hoy se sigue teniendo la idea de Vasconcelos de que hay que “llevar” la cultura al pueblo (editar libros, abrir bibliotecas, apoyar las artes visuales, música, teatro, cine, danza), pero esto se ha complicado pues ya no se reconoce como cultura solamente a “cierta clase de actividades, actitudes, gustos y conocimientos en torno a la creación artística y a un campo limitado del quehacer intelectual”, según decía Guillermo Bonfil, sino que la definición se ha ampliado hasta incluir a cualquier quehacer artístico de cualquier grupo o persona sin distinción. Esto presenta problemas, ya que el modelo de acumulación extensiva que se sigue (más museos, más bibliotecas, más casas de cultura, más exposiciones, conferencias, espectáculos, conciertos, ejemplares de libros, premios, festivales, homenajes), de suyo resulta imposible de cumplir cuando se cree que todo es cultura: no hay institución que pueda hacerlo ni presupuesto que alcance. La contradicción es irresoluble y ella es resultado de que a nuestros gobiernos no les interesa realmente la cultura (ni el mercado como está de moda decir) pero sí quedar bien con todo el mundo, lo cual les obliga tanto a conservar las tradiciones como a incorporar lo nuevo, a homenajear a los conocidos como a becar a los desconocidos, ¡muy democrático! El resultado es que la política cultural es completamente errática: un día consiste en publicar miles de ejemplares de libros a los que se considera imprescindibles y otro día se le convierte en entretenimiento para los pobres en las ciudades; un día se deja que las cosas vayan funcionando como puedan y otro se pretende controlarlas con instituciones y reglamentos. No existen objetivos claros ni una idea de largo plazo y siempre está sujeta a los caprichos de gobiernos y funcionarios en turno que asignan o eliminan presupuestos, priodidades, modos. Pero además, el esquema que se ha seguido presenta el problema de que se trabaja sólo del lado de crear oferta cultural, sin ocuparse de crear receptores. ¿De qué sirve editar 100 mil ejemplares de un libro si no hay quien los vaya a comprar y a leer? Por eso la política cultural de los gobiernos no ha conseguido convertirse en algo significativo para la cultura ni en parte integral del diario acontecer de los ciudadanos y no pasa de ser asunto de unos cuantos burócratas y de unos pocos beneficiados. Vela no es el problema, lo es la institución que le tocó dirigir, la cual es como es porque así es nuestro modo mexicano de funcionar. sarasef@prodigy.net.mx Escritora e investigadora en la UNAM |