| Dentro de cuatro días se conmemorará la fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR). 4 de marzo, 1929: se integra su primera dirección ejecutiva. Sale a la luz el padre del PRM, abuelo del PRI. El surgimiento de aquella singular organización, precursora de los sagaces pactos originadores de la prolongada estabilidad política mexicana, coincide con el último balazo sedicioso perpetrado en nuestro país (General José Gonzalo Escobar) y, también, con los acuerdos cauterizadores del ensangrentado levantamiento urdido por un clero en armas, altivo trasgresor de la Constitución. El naciente partido creaba condiciones indispensables para erradicar la endémica plaga maldita de los pronunciamientos militaristas padecidos en México durante décadas enteras. Se encaminaba el país hacia la gobernanza y la realización de un programa concreto de reinvidicaciones populares signado por la fuerza progresiva de perdurables creaciones institucionales. Al influjo de nuestra continuidad constitucional aquella formación política, ensambladora, en su interior, de tendencias disímbolas, numerosas corrientes e intereses diversos, fue capaz de engarzar grandes convenios, explícitos unos, implícitos otros, posibilitadores de la paz social, laboral, política de la nación. Aquellos acuerdos —algunos continúan vigentes en sus líneas esenciales, a pesar de las demoledoras arremetidas que han sufrido y sufren— fueron articulados desde, cuando menos, dos perspectivas: una —hacia adentro—, diseñada con el propósito de garantizar la unidad doméstica de su militancia, asumida como elemento imprescindible de la eficacia política, electoral, gubernativa del partido. La otra vertiente de tan buscadas y encontradas confluencias miraba hacia afuera: unido, básicamente unido en su vida interior, el partido tejió una amplia red de avenencias y puentes tendidos hacia los principales actores y factores decisivos en la intrincada arena de la lucha nacional. El partido estuvo y está entrenado para dialogar y pactar con todas las otras fuerzas políticas. Sabe concebir y ejercer las condiciones esenciales conductoras del avance y, al mismo tiempo, de la consolidación de reformas aptas para continuar y acelerar el continuo proceso modernizador del país. Lo anterior dentro de un clima de paz nacional y crecimiento económico, menguado en esta hora, es verdad, merced a la ingenua inexperiencia, a la soberbia desdeñosa, a la escalofriante ignorancia de los gobiernos de la derecha panista acerca de nuestros graves problemas y en torno a la dura realidad nacional e internacional. En 2009 se cumplirán 80 años del nacimiento del partido: oportunidad para reflexionar acerca de su necesaria misión innovadora en los años por venir. Examinará su historia con ojos revisores y, sin masoquismo autodenigratorio, analizará sus no pocos errores y sus muchos extravíos. Durante casi un cuarto de siglo hemos padecido una larga cadena de capitulaciones éticas y políticas, fruto siniestro de la nefanda obsesión privatizadora capitaneada por sectas neoliberales embozadas dentro del propio PRI: rindieron la plaza y lo empujaron hacia el patíbulo electoral. Ya los juzga la historia. Con rigor analítico y sinceridad reconstructiva deberá el partido ponderar, por otro lado, sus innúmeras contribuciones al desarrollo político y económico: rectificar en los errores, insistir en los aciertos, discutir y acordar sus nuevas estrategias a fin de reconquistar, con honor y palmo a palmo como ha venido haciéndolo a lo largo de los más recientes procesos electorales locales, las parcelas de poder pérdidas al conjuro de la deliberada malversación de sus principios rectores y por causa de la inducida muerte tecnocrática de sus programas populares. Las anchas bases militantes del PRI tienen la palabra ahora. Podrían recobrar las mejores acciones sociales del partido y, al mismo tiempo, lo situarían a la vanguardia de la política democrática y de la competencia electoral. Este año celebrará su XX Asamblea. Ha llegado su momento. Deberá aplicarse a fondo para recuperar terreno. No habrá otra oportunidad. México lo observa. Analista político |