| El perfume político seduce al sentido común. Una vez conquistado lo extermina. Nunca antes el amor había experimentado la muerte a través de un perfume. La etiqueta política del envase lleva el nombre de Fidel, el mago dictador que, frente a sus admiradores, convirtió sus crímenes en carismáticos actos circenses. Un dictador carismático se rodea de pazguatos. Seres simples que se pasman por lo que ven y escuchan. Nunca reflexionan. Un dictador carismático nunca muere. Mueren sus viudas. La ciencia política se vincula con las leyes de la física. En el poder, dos políticos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. El dictador lo sabe. El demócrata lo comprende. No existirían los amigos sin los enemigos. ETA se oxigena en los discursos del Partido Popular; Jean Marie Le Pen se reinventa frente a los emigrantes africanos; los neocon se excitaron con el 11 de septiembre y con ello escribieron el Acta Patriótica para eliminar libertades de los ciudadanos estadounidenses y, como daño colateral, del mundo entero. Nace el nuevo Satán del siglo XXI, Osama bin Laden. El cielo se convierte en la pantalla de televisión más grande del mundo. En ella se exhibe la batalla de Dios frente al Diablo. Los discursos de Bush y Bin Laden se asemejan. ¿Quién es Dios, quién el Diablo? Bush ordena abrir una franquicia del infierno bautizada como Abu Ghraib. Bin Laden responde con bombas hedonistas. En el principio fue Batista, Fulgencio, el fiel seguidor de Estados Unidos. El que pervirtió la moral comunitaria. El inventor de los spring breakers. El hombre de los casinos. Apareció Fidel. Llegó en julio de 1953 acompañado de 165 hombres. Fracasó pero el sueño pernoctó en su mente. Fue a la cárcel. Victoria de Estados Unidos. En 1955 es liberado y viaja a México. Nos dicen sus viudas que desde el Sanborns del hotel Del Prado preparó su regreso triunfal. Se encuentra con El Che, otra marca de perfume que se vende en el siglo XXI a precios del siglo pasado. Se fusiona la ideología con la revolución; la estrategia con la acción; el sueño con la realidad. El 8 de enero de 1959 entró a La Habana. La esperanza venció. Y los sueños se transformaron en olor. El mundo se enamoró de él. De Fidel. Castro se enamoró del poder. Desperdició la oportunidad de pasar a la historia como el fundador de la democracia cubana. Inteligente como pocos supo que, para convertirse en dictador, necesitaba de enemigos. Llegaron muy pronto. El 17 de abril de 1961, mil 200 cubanos exiliados en Estados Unidos desembarcaron en bahía de Cochinos. Faltó el apoyo aéreo de Kennedy. Son derrotados. Fidel encontró en el nacionalismo la estrategia exitosa para legitimar su figura (antes de ser revolucionario es nacionalista). Kennedy cae en la trampa al ordenar un embargo a los empresarios estadounidenses para que no comercien con Cuba. Castro se frota las manos. Nace el antiyanquismo. Kennedy pierde el equilibrio cuando se entera de que los rusos se encuentran instalando misiles en la isla. Victoria moral de Fidel. La dignidad campea en el político y éste la convierte en perfume para mutar en dictador. “La dictadura de la dignidad”. Horrible oxímoron (conceptos opuestos). La guerra fría se calienta. La fuente del dictador Fidel borbotea de legitimidad. Se disuelve la Unión Soviética y, con ella, el muro de las ideologías es grafiteado por la libertad. Pasan los años y Fidel elimina del diccionario de la libertad cientos de palabras. Derechos humanos, tolerancia, partidos políticos, disentir, respetar, vida. Pero interpreta los conceptos que se vivieron en Myanmar, Bangladesh, Argelia: fusilamientos, venganza, represión, intolerancia, sangre, balas. Son muchos los cubanos que salen sin vida de las mazmorras con olor a perfume de Fidel. A cientos de artistas, poetas, escritores se les tortura la libertad de expresión. Fidel se equivoca. A las letras libres no se les mata. Perduran. Lo escribió el poeta Miguel Hernández: “Retoñarán aldeas de savia sin otoño, reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. Porque soy como el árbol talado que retoña porque aún tengo la vida”. En México aparecen las viudas de Fidel. Tratan de diferenciar las dictaduras de izquierda de las de derecha (Fraga, publicista del dictador Franco —de derecha—, disfruta del jamón Pata Negra en compañía de su amigo don Fidel —izquierda—). Las dictaduras de izquierda siempre serán las honorables, las valientes, las dignas. Mientras que las de la derecha serán las humillantes, las crueles, las injustas. En las dictaduras de izquierda se cometen crímenes por amor a la patria mientras que en las de derecha por odio. El nacionalismo incubado por Fidel se tuteó con los regímenes priístas y ahora son muchos lo perredistas que acuden a la isla para besarle la mano. Para ponerse a sus órdenes. Para importar a México su nobleza, su visión de estadista, su dignidad. Las lloronas viudas del 68 son crueles e indolentes con las madres que vieron morir a sus hijos con balas del régimen castrista. Las lloronas viudas viven del erario público. Publicitan crueldad e injusticia del régimen pero lloran de alegría cuando visitan a don Fidel. Las lloronas viudas comparan al mago-dictador Castro con Gandhi, Roosevelt y Churchill con tal de cobrar millones de pesos por “Servicios Profesionales Prestados a AMLO”. Las lloronas viudas piensan que los 300 millones de estadounidenses son George W. Bush. Señalan a los otros como ignorantes retrógrados. Pero ellas, las lloronas viudas de Fidel, no tienen la mínima sensatez de la autocrítica. Las lloronas viudas de Fidel no le perdonan a Juan Camilo Mouriño su origen español pero sí a Castro, y es que todo parece indicar que Dios no tiene nacionalidad. Pero llegó el siglo XXI. Época en la que pedir permiso para salir del país, no poder enviar un correo electrónico y mantener en la cárcel a críticos del sistema suena a algo peor que ridículo. Como ridículo es pensar que el dictador renunció al poder. Quedan las viudas. Tan peligrosas como él. En pocos años quedará comprobado que Fidel no cambió al mundo. Es la globalización la que cambiará a Cuba. pretelin@itam.mx Profesor de Estudios Generales en el ITAM |