| El 9 de junio del 2000, la secretaria de Relaciones Exteriores, Rosario Green, actualmente presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, firmó con su contraparte estadounidense, Madeleine Albright, el tratado entre México y Estados Unidos para la delimitación de la plataforma continental en la región occidental del golfo de México, conocida como el Hoyo de Dona. El tratado tuvo ganancias importantes para México. Se pudo apropiar de 10 mil 556 kilómetros cuadrados (km2) de plataforma continental petrolera —o sea, 60.36% del área—. Lo más importante de ese tratado es que por primera vez se vislumbra la reglamentación de los yacimientos de hidrocarburos que atraviesan la frontera submarina. El tratado estableció una moratoria de 10 años que vence el 16 de enero de 2011, durante la cual ninguna de las partes puede explotar los recursos de hidrocarburos en una franja de 2.5 km a cada lado de la frontera. Tanto la moratoria como la franja de exclusión, según el tratado, desaparecerán en caso de que no se llegue a un acuerdo sobre la explotación de estos recursos entre ambos países. Fuera del Hoyo de Dona, más cerca de la costa, en la frontera marítima frente a las costas de Texas y Tamaulipas, en el “cinturón perdido”, zona de importante riqueza petrolera, Estados Unidos ha hecho ya perforaciones muy cercanas a la frontera marítima con México e incluso ha adjudicado lotes a empresas petroleras estadounidenses junto a la línea fronteriza. Hay certeza de que en la región existen yacimientos de petróleo transfronterizos. Mucho se ha escrito de la operación popote y del “derecho de captura”, política adoptada en EU por la cual, cuando una empresa perfora, quien primero llega es el primero en servirse y si puede se sirve todo. Visto desde esa óptica, es entendible el porqué de la insistencia de los negociadores mexicanos en establecer la moratoria de 10 años y la zona de exclusión de 2.5 km a cada lado del límite marítimo fronterizo del Hoyo de Dona. Pero ahora, ante la cercanía del vencimiento de la moratoria, México necesita una solución urgente. Por un lado, en este momento estos yacimientos transfronterizos de petróleo en el mar tienen un valor cero para México y Estados Unidos, pues ninguno de los dos países puede extraer una gota sin que haya un acuerdo previo entre ambos países de cómo explotarlo, ya que de lo contrario cualquier acción unilateral afectaría al petróleo del otro. Con este impasse solamente se está generando el potencial de un serio conflicto en la relación bilateral, cada día más cercano. Por otra parte, de no actuar con rapidez, esos yacimientos con el tiempo perderán su valor y la riqueza que tienen para los mexicanos puede desperdiciarse, ya que la tendencia internacional es ir cada vez más a medios alternativos de energía, no petroleros, como energía solar, hidrógeno y biocombustibles. Por ello debe regularse bilateralmente pronto con Estados Unidos la explotación de dichos recursos, lo cual es la práctica internacional, como han hecho Noruega y el Reino Unido, Australia e Indonesia, entre prácticamente una veintena de países que con la misma problemática han llegado a tratados bilaterales con sus vecinos. En este punto, el derecho internacional y la tecnología han hecho una alianza perfecta. El derecho internacional prevé que los países celebren tratados internacionales de cooperación para la explotación de esos recursos de hidrocarburos compartidos y, por otro lado, la tecnología aconseja lo mismo para realizar una explotación económicamente eficiente. Tampoco existe una dificultad legal de fondo, pues la Constitución mexicana prevé que en las zonas limítrofes del país prevalezca el derecho internacional. Bastaría que en el marco legislativo el Congreso de la Unión previera el tratamiento de los mantos transfronterizos de recursos de hidrocarburos compartidos con otros países y la posibilidad de celebrar tratados internacionales para su explotación bilateral. De esta forma defenderíamos toda la frontera marítima; se daría valor a una riqueza importante que en este momento no la tiene; se anularía el efecto popote; sería una noticia muy bien recibida por los mercados internacionales y por los mismos mexicanos en este año de vacas flacas. Sería como sacar los centenarios de debajo del colchón. Estaríamos rompiendo el cochinito. salazaropina@aol.com www.anamariasalazar.com Analista política |