| En un trascendente discurso pronunciado en Nueva Delhi, el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, señaló: “La economía mundial ha entrado en una fase difícil, en que la crisis financiera se está propagando a la economía real. Esta crisis se ha convertido en un problema global y exige una solución global. Es necesario que las economías emergentes se sumen a los países industriales en la adopción de medidas de política macroeconómica y regulatoria”. “La política monetaria debe estar en la primera línea de defensa (…). Pero también podría ser necesario que los gobiernos hagan uso de la política fiscal” (www.imf.org/external/np/speeches/2008). Paradójicamente, esta vehemente exhortación del director gerente del FMI encontró oídos sordos en las autoridades macroeconómicas de México, otrora atentas a las sugerencias del FMI. La razón consiste en que las “recetas” anteriores del FMI eran ortodoxas y las de ahora son heterodoxas. De hecho, cinco días después del discurso de Strauss-Kahn, el Banco de México reconoció la pronunciada desaceleración económica en Estados Unidos así como los crecientes “riesgos de que ocurra una recesión en la primera mitad del año en curso”; y admitió que “en México la actividad económica se desaceleró durante el último trimestre de 2007, inducida por un crecimiento más reducido del consumo y de las exportaciones no petroleras” (BM, comunicado de prensa, 15/II/08). Sin embargo, en vez de dar un decidido golpe de timón contracíclico de política monetaria, el banco central anunció que mantendrá sin cambio su tasa de fondeo. Para remate, unas horas después su gobernador, Guillermo Ortiz, puntualizó: “La función del banco central es mantener la estabilidad de precios” (EL UNIVERSAL, 16/II/08). Es algo en verdad grotesco. Mientras las economías exitosas del planeta tienen una política monetaria activa para sostener el crecimiento económico y el empleo, y no sólo para la estabilidad de precios, México tiene una política monetaria exclusivamente dirigida al control de la inflación. La excentricidad macroeconómica de México es particularmente ridícula en el área del TLCAN: la ley canadiense establece como mandato de su banco central “mitigar la influencia de fluctuaciones en el nivel general de la producción, el comercio, los precios y el empleo” (Bank of Canada Act, chapter B-2); y en la legislación estadounidense el banco central tiene también un mandato hacia el crecimiento y el empleo, además del control de la inflación. En contraste, la ley vigente que otorgó autonomía al Banco de México, decretada en 1993, establece en su artículo segundo: “El Banco de México tendrá por finalidad proveer a la economía del país de moneda nacional. En la consecución de esta finalidad tendrá como objetivo prioritario procurar la estabilidad del poder adquisitivo de dicha moneda. Serán también finalidades del banco promover el sano desarrollo del sistema financiero y propiciar el buen funcionamiento del sistema de pagos”. Eso es todo: entre los objetivos macroeconómicos del banco central mexicano no figuran el crecimiento económico ni el empleo. El problema consiste en que la mutilación ortodoxa de la política monetaria, que convierte el control de la inflación en su objetivo exclusivo, priva a nuestra economía de la “primera línea de defensa” —para decirlo con Strauss-Kahn— contra las desaceleraciones o las recesiones. Para colmo, México ha institucionalizado también la mutilación ortodoxa de su política fiscal: la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria, decretada en marzo de 2006, estableció como mandato exclusivo de la autoridad hacendaria el cumplimiento de las metas de balance presupuestal, cancelando la opción de aplicar oportunamente medidas de política fiscal contracíclica (aumentando la inversión y el gasto públicos, o reduciendo los impuestos). Más aún, obliga a la autoridad hacendaria a recortar el gasto público cuando caigan los ingresos fiscales en magnitud superior a los raquíticos fondos de contingencia, profundizando así la desaceleración de la economía. De esta manera, las camisas de fuerza macroeconómicas, elevadas al rango de leyes por la tecnocracia neoliberal, condenan a nuestro país a aguantar maniatado las desaceleraciones económicas y las recesiones. Los costos de esta ortodoxia son enormes. De allí la trascendencia del mensaje de Strauss-Kahn, que podría prefigurar el retorno del FMI a su mandato original de Bretton Woods: promover en el mundo el crecimiento económico sostenido y el pleno empleo. Para México algo es indudable: si realmente queremos lograr el desarrollo económico acelerado, es necesario romper las camisas de fuerza macroeconómicas. Por una parte, reformando la Ley del Banco de México, a fin de ampliar el mandato de nuestro banco central para que atienda no sólo la estabilidad de precios, sino también el crecimiento sostenido del producto nacional y del empleo. Por otra, reformando la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria, a fin de ampliar el mandato de nuestra autoridad hacendaria para que no sólo atienda el balance fiscal, sino también sea corresponsable del crecimiento sostenido de la economía real y del pleno empleo. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |