| Durante la segunda mitad del siglo XX la humanidad entera celebró los bicentenarios de acontecimientos señeros cuya influencia decisiva determinó el perfil de las sociedades contemporáneas. La independencia de Estados Unidos (1776) y la Revolución Francesa (1789) marcaron de forma indeleble los caminos políticos y jurídicos, sociales, económicos y culturales de nuestra civilización. Las huellas de sus pioneros y filósofos, literatos y estadistas; sus debates parlamentarios resonantes; la violencia destructora aunada a las rotundas creaciones jurídicas; sus categorías éticas y las razones de la insurgencia social, se encuentran recogidas en las decisiones políticas básicas definitorias de los regímenes constitucionales posteriores y han inspirado y dirigen toda construcción democrática en esta hora. Corresponde hoy a las diversas regiones de esta América —la mexicana y la central, la caribeña y la bolivariana, la platense y la lusitana— conmemorar 200 años de sus respectivas epopeyas independizadoras. Aquí, además, recordamos dos episodios decisivos del devenir mexicano: en 2009 se ajustarán 150 años de las Leyes de Reforma (aunque el gobierno derechista finja mirar hacia otro lado) y en 2010 alcanzaremos 100 del inicio de nuestra Revolución popular. Ella, junto a la muy posterior de los cubanos, ha sido referencia esencial para los movimientos rebeldes originados en todos los países americanos. Las ideas autonomistas de la Independencia, las razones laicas y republicanas de la Reforma liberal y las reivindicaciones sociales de la primera Revolución digna de ese nombre en el siglo XX, guían nuestros pasos, hoy, en la geografía de un planeta caracterizado por la feroz competencia económica, el surgimiento indomable de los asiáticos y la voracidad energética y bélica yanqui. Los principios rectores de la historia mexicana son compatibles con las nuevas realidades del mundo. La noción de soberanía, el rostro del Estado democrático y social de derecho y la médula reivindicativa de las leyes de la República, configuran imprescindibles fuerzas jurídicas y morales. Validos de ese poderoso impulso resolveremos problemas pendientes o diferidos, enfrentaremos los desafíos de nuestra plena inserción en el siglo XXI. Tan necesaria remembranza acerca de los procesos revolucionarios es motivo de orgullo patriótico legítimo y, también, abre la oportunidad, acaso irrepetible, para encontrar unas líneas vertebradoras comunes, esenciales, capaces de convocar a la tantas veces diferida cohesión social y concebir la nueva naturaleza de la unidad democrática mexicana de cara a los siguientes lustros. La nación se apresta a rememorar los mejores momentos de su pasado común. Mal empezaríamos si no lo consideráramos así: un pasado común, con luces y sombras, contradicciones y glorias, avances y retrocesos, aciertos y errores. Mal seguiríamos si no aprovecháramos la ocasión para revisar nuestra historia, hacer balance crítico del presente, atrevernos a escudriñar hacia el futuro. Pensemos como pensemos y queramos lo que queramos los mexicanos —a condición de que nos subordinemos a las leyes— deberíamos edificar los cimientos de una nueva unidad democrática erigida más por obra de las muchas, deseables, necesarias coincidencias, que por las nobles, inevitables y también no pocas discrepancias. En el curso de los próximos años reflexionaremos en torno de nuestros más grandes episodios históricos. Y, al imaginar el camino hacia adelante, estamos obligados a revalorar los conceptos de patria y de patriotismo. Ni la patria ni el patriotismo son palabras retóricas. Responden, por el contrario, a una manera, muy nuestra, de entender y sentir a México. Así, el patriotismo, un patriotismo moderno y abierto, al hacernos más mexicanos, nos hace genuinamente universales. A partir de esa universalidad, oriunda de lo mexicano, somos parte activa de la gran cultura planetaria. Unidos en lo fundamental viviremos una sociedad más diversa, justa, productiva. Analista político |