| Cuando se escuchan los discursos de los políticos mexicanos más relevantes se siente uno tentado a pensar dos cosas: 1) vivimos en el mejor de los mundos posibles y quienes critican al gobierno son en realidad personas amargadas cuyo único objetivo en la vida es integrarse de una u otra forma en la nómina pública; o 2) estamos muy mal pero pronto estaremos mejor que nunca gracias a las ideas, a la valentía o al talento del funcionario X, Y o Z, que acaba de tomar posesión de su cargo. Conforme pasa el tiempo, sin embargo, el ciudadano percibe que en la dura realidad nada o casi nada ha cambiado. Los discursos grandilocuentes se van acumulando, lo mismo que las ceremonias en recintos oficiales, los informes anuales, los planes de desarrollo, las cenas de Estado, las grandes recepciones palaciegas. Nada cambia. Todo sigue igual o peor. Entonces es cuando procede preguntarnos por la calidad de nuestra clase política: ¿en manos de qué individuos está el manejo del Estado mexicano e, indirectamente, de nuestras vidas? Si miramos más allá de los reflectores veremos un cuadro plagado de sombras, con algunos lugares de gran brillo. El brillo viene de las instituciones públicas que han cultivado desde hace años, aunque sea de manera informal, un servicio civil de carrera, que les pagan razonablemente bien a sus empleados y en donde existen posibilidades de ascenso conforme al mérito personal. Por eso es que vemos servidores públicos de gran nivel, que podrían competir internacionalmente, trabajando por ejemplo en el Banco de México, en la SHCP, en la CNDH o en el IFE. Haciendo a un lado esos focos de excelencia en la gestión pública nos encontramos con una clase política y burocrática cuyo desempeño en algunos casos está muy por debajo de lo que tienen que soportar ciertos países africanos (dicho con el mayor respeto). Lo más curioso se da cuando esa clase política probadamente incapaz, corrupta e inculta se propone recrear o reformar el Estado mexicano. Entonces observamos la llamativa paradoja de ver a “líderes” que tienen décadas en la política proponiendo reformas que ellos mismos pudieron haber hecho hace 20 ó 30 años. ¿Por qué no las hicieron entonces? Es un misterio. ¿Por qué de pronto a algunos les crece la aureola de reinventores del Estado? Nadie lo sabe. Hay algunas explicaciones que quizá sean plausibles. Una de ellas tiene que ver con lo doloroso que es para un político en activo dejar de aparecer en los titulares de las noticias. Para poder seguir saliendo en los medios se inventan cualquier cosa, desde comisiones fantasmas hasta telenovelas financiadas con dinero de los contribuyentes. Lo cierto es que si observamos la fuerza de la economía, los alcances de la cultura (muralistas, novelistas, actores, músicos), el talento de los trabajadores y las gestiones exitosas de ciertos empresarios, no se comprende cómo seguimos estando gobernados por la clase política que tenemos. Parece como si hubiera un desdoblamiento de la personalidad del ciudadano y a las instituciones públicas (ya he señalado algunas excepciones) se pudiera entrar solamente si uno demuestra que es corrupto, incapaz o que tiene afición por el patrimonio ajeno. Los demás se quedan afuera, buscando oportunidades en campos que no tengan que ver con la política y los partidos. En este contexto no hace falta ser un pesimista irredento para avizorar un futuro muy complicado para México. No es que debamos caer en la tentación fácil de pedir lo que pidieron los ciudadanos argentinos en 2001: “Que se vayan todos, absolutamente todos”. Pero sí que es necesario darnos cuenta de que con la clase política que tenemos no vamos a llegar muy lejos. Hay que dejarla atrás o bien aprender a vivir con o contra ella. De nosotros depende. www.miguelcarbonell.com Investigador en el IIJ-UNAM |