| En los momentos en los que el atraso tecnológico del país nos arroja al vacío de la incompetencia en la producción agrícola ante el TLC, es cuando más palpable se hace la ausencia de promotores e impulsores del desarrollo nacional como Ignacio Deschamps Aguilar, quien murió hace un año, llevándose consigo la decepción de ver a su nación abatida por la codicia política que ha relegado el verdadero servicio a México, impidiéndole un crecimiento justo, bien distribuido, independiente y soberano. Ignacio Deschamps, egresado de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional y con estudios de posgrado en Fordham, NY, y en la Armour Research Foundation de Chicago, dedicó su vida a la investigación tecnológica aplicada para el soporte de la modernización de la planta industrial mexicana, a fin de que no se le obligara a su transnacionalización para obtener avances e innovación. Su misión la entendía como de propiciar la inventiva seria y no dejarla en la incertidumbre de su viabilidad tecnológica y económica, sino llevarla primero al laboratorio de prueba y confirmación y, después, a la realización productiva, concitando al creador con el inversionista para su eficaz asociación, incluyendo los fondos de apoyo de la banca oficial y privada al efecto. El ambiente propicio para ello lo encontró Deschamps en las entonces políticas de auspicio a la investigación y a la utilización de nuestros propios recursos, que tenía dentro de sus objetivos del Banco de México de capital mixto, público y privado, y de dirección clara hacia el conocimiento del potencial de nuestro desarrollo y la implementación de los medios tecnológicos para alcanzarlo. Sólo para referir alguna de estas hazañas en la labor asociativa de la ciencia con la vida nacional se puede citar el caso de la harina de maíz. El Instituto Mexicano de Investigaciones Tecnológicas (IMIT), que dirigió durante 30 años Ignacio Deschamps (y que por cierto después cerrara Carlos Salinas de Gortari con su grupo de privatizadores), recogió la necesidad popular de hacer tortillas en condiciones de higiene, rapidez y calidad que no tuvieran que pasar por el tradicional molino de nixtamal que obligaba a hacer filas largas al consumidor para llevar a casa el pesado ingrediente que, después de otro laborioso proceso —que incluía rehidratarlo— y el último cocimiento, diera el mismo característico pan de maíz mexicano, simplemente llevando a casa un paquete de harina que, humedeciéndose, se restituyera con la consistencia para echar los círculos de masa al comal y tener de inmediato el alimento nacional. Cito ésta entre muchísimas contribuciones del IMIT, que pudo haber sido como se planeó originalmente, una fuente de nutrientes adicionales a la tortilla, que se podían integrar en la harina. Por ello se creó una paraestatal (Maíz Industrializado, SA) que con equilibrio financiero, sin subsidios, llegara con el producto a todos los mexicanos a precio bajo. Más adelante, el afán privatizador cedió la fórmula y la patente a la empresa privada Maseca que, sin pagar un centavo al Estado por el uso de derecho de propiedad industrial, ha generado una de las más grandes fortunas del país, sin la mínima contribución al desarrollo tecnológico de la nación. Otros desarrollos del IMIT están en la industria de la celulosa, a la que contribuyó para utilizar el bagazo de caña como subproducto a fin de hacer papel sin devastar bosques. Igualmente en la rama cervecera, cerámica, almidón, alimentos, etcétera, que son ahora fuentes de riqueza particular, en unos casos hasta extranjerizada, sin cumplir la responsabilidad social primaria, como el gran investigador y dinámico promotor lo concebía y exigía. Imaginemos lo que sería ahora si el proyecto Deschamps de integrar el campo con la industria se hubiera cumplido en el caso del maíz, donde la producción de harina por empresas de capital mixto de prioritario sentido social incidieran, como era el propósito, en no sólo destinar los pagos de la patente al erario, sino al apoyo del productor maicero para atender en precio y calidad la demanda nacional. Lo innecesario y hasta absurdo que hubiera sido incluir en el TLC los granos básicos que hoy tienen en trance a la población rural. Solía decir don Ignacio que mientras en México el poder político no recobrara el rumbo en los postulados de justicia y desarrollo compartido para fortalecer la independencia, no dejaría de ser éste sólo un botín en manos de los más audaces. Profesor en la Facultad de Derecho de la UNAM |