Buscar en:
  
   
    Ciclo económico
Ramón Cota Meza
22 de enero de 2008

Ciclo económico

Si un espíritu minucioso reuniera las palabras y expresiones que la experiencia económica reciente ha incorporado al habla común, “ciclo económico” y “políticas anticíclicas” figurarían entre ellas. Hace unos cuantos años, las crisis económicas se explicaban por errores humanos (“el error de diciembre”) o por políticas inadecuadas (“neoliberalismo”), bajo el supuesto de que pudieron haber sido evitadas por la sabia conducción de procesos manipulables a voluntad política.

Hoy las instituciones, las agencias especializadas y los diarios llevan seguimiento de las tendencias que apuntan hacia la próxima caída económica, al tiempo que los centros de decisión procuran salirles al paso, tramando políticas anticíclicas. Por ejemplo, ante la certeza de una inminente recesión en Estados Unidos, es común escuchar que su efecto en México será amortiguado por las políticas anticíclicas en marcha. La diferencia de enfoque respecto del pasado inmediato es notable.

Aunque este moderado optimismo hubiera sido imposible sin los altos ingresos económicos por exportación de hidrocarburos y otros bienes, lo novedoso es la certeza cada vez más común de que el crecimiento económico es cíclico y que conviene prever sus consecuencias. Esta es una actitud muy distinta a aquella implícita en la idea de un crecimiento indefinido, el cual habría de ser alcanzado si los actores económicos siguieran determinadas pautas dictadas desde el exterior.

Lo cual no borra el hecho de que el discurso económico sigue siendo oportunista en el sentido de que las ideas dominantes en un periodo “equis” son las ideas de los actores montados en la cresta del ciclo. Conforme los actores financieros globales se precipitan al abismo, sus ideas pierden influencia, al tiempo que los actores domésticos celebran los beneficios del gasto público y el mercado interno. Una vez que el ciclo de expansión doméstica termine, los mercados globales serán invocados de nuevo.

Tal oscilación no es un juego de suma cero, pues siempre quedará un residuo de progreso y experiencia que la memoria colectiva, las instituciones y los estudiosos pueden asimilar para orientar futuras decisiones. Los efectos catastróficos del ciclo económico sólo pueden ser amortiguados por el conocimiento del ciclo mismo y por el avance de la información estadística. Pero el ciclo como tal no puede ser suprimido porque las semillas de la crisis son sembradas por la expansión misma.

El hecho de que los gobiernos suelan sumarse a las olas de expansión se explica porque sus ingresos y estabilidad dependen de ellas y porque, a menudo, los gobernantes son llevados a sus puestos por los protagonistas de la expansión. Esto no significa que los gobiernos así erigidos sean ilegítimos o corruptos. Lo contrario es la norma, pero los gobiernos memorables sólo emergen en épocas de crisis, cuando hay que remar contra la corriente o perecer en el intento.

La posibilidad de un progreso sostenido indefinidamente está fuera de nuestro horizonte cultural. Si llegara el día en que la humanidad compartiera un código común de cómo progresar sin retrocesos, surgirían ambiciones individuales que sacarían ventaja del conformismo general. El progreso depende de la ambición, y la ambición siembra las semillas de la destrucción. Así ha sido la historia económica hasta ahora, y carecemos de razones para suponer que vaya a ser de otra manera.

Como todos los fenómenos humanos, el crecimiento económico es paradójico: nos mejora y nos perjudica alternativamente. Si las generaciones actuantes asumieran esta lección, nada garantizaría su vigencia ante el ímpetu de generaciones venideras, las cuales se rebelarían contra su complacencia e impondrían su propio sello. El destino del hombre económico es aprender de nuevo lo que había olvidado. En lo que a mí respecta, no vislumbro otro horizonte.

Advertidos de lo que nos espera al final del ciclo doméstico que ahora se despliega, bien podríamos obtener algún provecho material e intelectual de su oscilación: provecho material en el sentido de ampliar el potencial económico del país; provecho intelectual en el sentido de que la prosperidad nacional no depende de teorías imbatibles, sino del uso óptimo de los recursos a la mano.

blascota@prodigy.net.mx

Analista político

 
BÚSQUEDA
Autor:  
 

PERFIL
 
Analista político. Colabora en EL UNIVERSAL y en la revista Letras Libres. Asimismo, es copyeditor en inglés y español, traductor y guionista de televisión.
 
Artículos anteriores
 
Ideología TLC 15-enero-2008
 
Comercio injusto 8-enero-2008
 
Cambio ideológico 1-enero-2008
 
Antropología de Jesús 25-diciembre-2007
 
Escalada 18-diciembre-2007
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Publicidad | Mapa de sitio
© Queda expresamente prohibida la republicación, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL