| Mientras el futuro de Paquistán y su presidente, Pervez Musharraf, yacen en la incertidumbre por el asesinato de Benazir Bhutto, se crean paralelismos con la caída en 1979 del sha y la Revolución Islámica en Irán. De nuevo, un autócrata a favor de EU parece estar perdiendo rápidamente su poder, con su aliado estadounidense apoyándolo a medias. La élite liberal y los intelectuales luchan contra el dictador, seguros que su país está listo para una democracia laica. La lección que hay que recordar de 1979 es que EU desacertadamente fundamentó su relación con Irán en un dictador no muy popular. Cuando su régimen cayó, lo mismo pasó con la habilidad estadounidense de darse cuenta de lo que pasaba con sus intereses. Pero la revolución iraní tiene otra lección para los liberales paquistaníes: obsesionados con derrocar al sha, los intelectuales iraníes tenían delirios de grandeza sobre su sociedad y su poder ante la política nacional. Una vez que el sha huyó, la minoría radical que estaba dispuesta a luchar y morir se comió a la “mayoría moderada”, estableciendo pronto un régimen islámico. Seguramente existen profundas diferencias entre el Irán de los 70 y el Paquistán contemporáneo. Irán carecía de independencia judicial, libertad de prensa básica y organizaciones civiles. Paquistán tiene, en diferentes grados, todas estas. La más importante es que el clero chiíta iraní estaba organizado y políticamente activo de una manera que el clero sunita paquistaní nunca lo ha estado. De hecho, los partidos islámicos paquistaníes nunca han ganado más de 12% de los votos. Pero estaríamos mal al pensar que Paquistán está libre de las corrientes actuales musulmanas. Cerca de 40% de los paquistaníes vive en la pobreza, la mitad de la población es analfabeta y entre los alfabetizados, muchos han sido educados en madrazas fundadas por wahhabis. Varias encuestas demuestran que una considerable minoría tiene una opinión favorable de Osama bin Laden, un opinión desfavorable de EU y cree que implementar la ley islámica (sharia) debería de ser una prioridad. Un intelectual paquistaní una vez me confesó: “Me temo que las débiles demostraciones de los islamistas en Paquistán se deben más a que un líder islámico convincente y carismático aún no ha aparecido, no a que no existan los islamistas”. Muy pocos iraníes habían escuchado del ayatola Jomeini hasta 1978, pero no pasó mucho para que su mensaje impactara a millones. El Ejército siempre ha sido el bastión más fuerte que asegura que Paquistán no seguirá los pasos de Irán. Pero mientras los soldados sean los seguros protectores del gobierno laico, sus filas reflejan la sociedad paquistaní. En el evento de un despertar político islámico, la lealtad del Ejército no está garantizada. En Irán el laico y poderoso Ejército del sha se cambió al lado de Khomeini, literalmente, de un día para el otro. Esto no sugiere que un despertar islamista en Paquistán esté en el horizonte, o que los paquistaníes tengan que elegir entre un dictador o un gobierno estilo talibán. Por el contrario, los liberales ansían luchar por la democracia. Pero deberían de aprender de la revolución iraní que las maneras de agitar por una reforma política son relevantes a los fines políticos que pretenden alcanzar. Las sensaciones son crudas después de la muerte de Bhutto. Muchas personas han muerto en revueltas, y tanto su partido como el ex primer ministro Nawaz Sharif están contemplando manifestaciones masivas para hacer caer el gobierno de Musharraf. Pero las políticas de ira y amotinamiento no darán como fruto la democracia tranquila y pluralista que Bhutto soñó. El deseo de exigir venganza a Musharraf por debilitar la democracia y fallar en darle a Bhutto la seguridad suficiente sólo inflamará la atmósfera política que los liberales paquistaníes tratan de desradicalizar. La historia ha demostrado que los islamistas buscan violencia y un caos político. En Paquistán, es peligroso apostar que abogados, intelectuales y estudiantes en pro de la democracia saldrán victoriosos en una tumultuosa y potencialmente sangrienta política callejera. Como John Limbert, erudito sobre Irán y diplomático jubilado estadounidense, alguna vez reflexionó sobre la revolución iraní de 1979: “Nuestros amigos iraníes liberales resultaron ser impotentes ante la agitación política… podían escribir sagaces editoriales, pero carecían de las agallas de lanzar ácido, derrotar a los oponentes, organizar pandillas y envolverse en la brutalidad que finalmente gana”. Los liberales paquistaníes podrán acertar en que su país es invulnerable a una toma de poder islamista. Pero las tormentas del islam político son difíciles de predecir. En 1978, los liberales iraníes se doblaron en quitar al sha por la manera que fuese necesaria. En lugar de crear una atmósfera propicia para un Gandhi iraní, inconscientemente ayudaron a subir al poder al ayatola Jomeini y a un régimen teocrático menos tolerante al que ayudaron a derrocar. Tres décadas después, miles de iraníes castigados desearían poder reescribir esos días de manera diferente; sus homólogos paquistaníes serán sabios en escuchar la voz de la experiencia. Traducción: Sharim Atilano ©Project Syndicate Socio en el Carnegie Endowment for International Peace |