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    EU: ¿y el mundo dónde queda?
Richard N. Haass
19 de enero de 2008

Mientras las primarias de Estados Unidos avanzan más allá de Iowa y New Hampshire, es sencillamente imposible predecir quiénes serán los candidatos demócrata y republicano, mucho menos quién se convertirá en el cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos. Pero no es demasiado pronto para abordar la cuestión de qué efecto está teniendo la política exterior estadounidense en la campaña y qué revela sobre cómo ven el mundo los estadounidenses.

Para sorpresa de muchos observadores experimentados, la política exterior sólo tiene un impacto moderado en los votantes. Esto es inesperado, porque hace apenas seis meses la guerra en Irak dominaba el paisaje político. Si bien Irak sigue importándoles mucho a los estadounidenses, su importancia a la hora de determinar cómo votan ha disminuido, en parte porque las bajas estadounidenses allí se están reduciendo marcadamente mientras que la situación de seguridad parece mejorar poco a poco. En consecuencia, existe una presión pública considerablemente menor para hacer algo totalmente diferente.

La política exterior también se ha vuelto menos saliente que hace apenas unos meses, ya que la posibilidad de una guerra entre Estados Unidos e Irán ha disminuido, tras la Estimación de Inteligencia Nacional recientemente publicada sobre el programa nuclear iraní. La evaluación de la comunidad de inteligencia de Estados Unidos de que Irán ha suspendido su programa de desarrollo de armas nucleares —y, más importante aún, que su capacidad de enriquecimiento de uranio en gran escala probablemente esté a años de distancia— pospone el día en que un presidente estadounidense tenga que decidir entre convivir con un Irán nuclear o atacarlo.

Una tercera razón para el modesto impacto de las cuestiones internacionales en la elección del próximo presidente por parte de los votantes es otro hecho sorprendente: un mayor acuerdo entre los principales candidatos de lo que parece. Está surgiendo cierto consenso, por ejemplo, alrededor de la noción de que Estados Unidos debería permanecer en Irak algún tiempo más, aunque sea con un nivel reducido de fuerzas militares.

También se reconoce ampliamente que Estados Unidos debe tomar más medidas tanto fronteras adentro como diplomáticamente para encarar el cambio climático global; que Estados Unidos debe trabajar con sus aliados europeos para impedir que Afganistán caiga nuevamente en la anarquía; y que Estados Unidos debe adoptar la postura más fuerte posible contra el terrorismo y todos aquellos que de una u otra manera lo respalden. Ningún candidato importante defiende algo que remotamente se asemeje al aislacionismo.

Por último, aunque tal vez más importante, el deterioro de la economía de Estados Unidos hoy está opacando a la política exterior. La mayor crisis que enfrentan muchos estadounidenses es su creciente incapacidad para cumplir con sus cuotas hipotecarias mensuales. La recesión, la pérdida de empleos y el elevado costo del petróleo, no la guerra, es lo que más temen los estadounidenses para 2008.

No es la intención sugerir que la política exterior está ausente de la campaña. Junto con la economía, una cuestión dominante en la agenda política —y que ha afectado particularmente la política republicana— es la inmigración. Existe una creciente oposición al ingreso ilegal, pero no un consenso sobre qué hacer con quienes han estado en el país ilegalmente durante años o quienes quieran venir a Estados Unidos en el futuro.

También es posible ver en la política de ambos partidos una creciente preocupación sobre la globalización. En tiempos económicos más difíciles inevitablemente surgen posturas más duras frente a la competencia externa y la tercerización de servicios.

También puede existir una preocupación latente por la política exterior en la atención que se le otorga a la cantidad y la calidad de la experiencia relevante de los candidatos. Un deseo de “cambio” es una muletilla común del debate de EU, pero dista de ser la única.

El renovado interés en la política exterior y el resto del mundo podría salir a la superficie si se produjera un acontecimiento dramático en el exterior. Pudimos comprobarlo hace unas pocas semanas, cuando fue asesinada la ex primera ministra paquistaní Benazir Bhutto. En ese momento se instó a los candidatos demócratas y republicanos por igual a explicar qué estarían dispuestos a hacer si existiera la posibilidad de capturar a Osama bin Laden o la necesidad de asegurar las armas nucleares de Paquistán.

De la misma manera, Irak podría volver a ocupar la escena central si de pronto se revirtiera la situación positiva de los últimos meses, quizá después de un nuevo estallido de violencia entre los sunitas y chiítas del país. EU e Irán podrían entrar en guerra no por cuestiones nucleares sino por el comportamiento temerario de los Guardias Revolucionarios (como ocurrió recientemente en el estrecho de Ormuz), y si el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad intentara provocar una crisis para desviar la atención interna de sus fracasos económicos. El orden en Paquistán podría desintegrarse irrecuperablemente. Un ataque terrorista podría recordarles a los estadounidenses que son tremendamente vulnerables. Las posibilidades son infinitas.

El próximo presidente de EU enfrentará una serie de desafíos acuciantes y difíciles en materia de política exterior —y la manera en que él o ella responda afectará no sólo a EU, sino a todo el mundo—. Mientras tanto, sin embargo, la política exterior sólo tendrá una influencia indirecta en la elección de los estadounidenses.

©Project Syndicate

Presidente del Consejo sobre Relaciones Exteriores de EU

 
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