| La salida de Carmen Aristegui de la conducción del noticiero matutino Hoy por Hoy de W-Radio el pasado 4 de enero es sin duda lamentable por varias razones. En primer lugar porque se pierde un espacio crítico y plural de revisión de las noticias en la radio mexicana, encabezado por una de las periodistas más connotadas, reconocidas y seguidas. En segundo lugar, porque las razones del desacuerdo en torno a la renovación del contrato de la periodista por parte de la empresa son tan poco claras como ilógicas (en términos estrictamente empresariales). Y, finalmente, en tercer lugar, porque, como consecuencia de lo anterior, se abre la puerta a la especulación —que no por ser tal carece de sustento— en torno al respeto de la pluralidad política e ideológica al interior de los medios de comunicación. Se trata de un hecho que ha tenido un gran impacto en la opinión pública; no podía ser para menos visto el importante referente en que llegó a convertirse el noticiero de Aristegui. La mejor prueba de ello es la andanada de desplegados lamentando la salida de Carmen del aire y las más diversas muestras de solidaridad que se han producido en diversos sectores intelectuales, sociales y políticos en los días pasados. Y es que más allá de los desacuerdos contractuales —que podrían ser absolutamente válidos en sí—, las razones aducidas por la empresa para no renovar el contrato de Aristegui resultan particularmente opacas y generan dudas y suspicacias preocupantes. El sostener que la salida de Carmen de la W se debe a la incompatibilidad entre los “modelos editoriales” de la empresa y el mantenido por Carmen —lo que increíblemente pesó más del criterio que en los medios de comunicación es una especie de fanatismo religioso: la audiencia, que con Carmen alcanzó sus niveles más altos— resulta incongruente e insatisfactorio. El hecho mismo que se aduzca la existencia de un “modelo editorial” de la empresa habla de una concepción del titular de un espacio informativo como un mero lector de noticias y no como un periodista que selecciona, pondera y analiza la información. Carmen siempre hizo esto último —y se le agradece—, pues ello le permitió presentarse como una voz alternativa y crítica que enriquecía la oferta informativa para los radioescuchas. Por eso, el hacer referencia a la divergencia entre modelos editoriales me parece que simplemente esconde el hecho de que el modo en que conducía su noticiero resultaba ya incómodo. No deja de ser una paradójica coincidencia el que, justo cuando la gran mayoría de los concesionarios de radio y televisión (en una mezquina y burdamente enmascarada defensa de sus propios intereses) se están rasgando las vestiduras en nombre de la libertad de expresión a propósito del nuevo modelo de comunicación política que establece la reciente reforma electoral, se produzca la salida de Carmen Aristegui de W-Radio. Más aún cuando ello ocurre en circunstancias que, como mencionaba, producen incertidumbre en torno a las reales razones de esa decisión. Lo anterior, además, se alimenta con las revelaciones que la propia Aristegui hace en una reciente entrevista a Proceso (13/I/2008) en la que evidencia las presiones que los directivos de Televisa (copropietaria de W-Radio), entre otros actores y grupos, habían ejercido sobre Prisa (la otra copropietaria de la estación y encargada de la dirección de la misma). En todo caso, el final de las emisiones noticiosas a cargo de Carmen Aristegui representa una ocasión más para recordar cuál es el papel que deben jugar los medios electrónicos de comunicación en un sistema democrático y cuál es el modelo ideal de radio y televisión para realizar esa función. Una democracia se alimenta de la participación ciudadana; y ésta no se limita a emitir el voto en cada elección por una opción política determinada, sino que dicho voto debe estar informado. Una democracia realmente funciona sólo si los ciudadanos constituyen una opinión pública que sabe lo que efectivamente está ocurriendo a su alrededor; si tiene a su disposición la información suficiente para poder juzgar a cabalidad lo que ocurre. Y eso es posible sólo si coinciden dos factores fundamentales: pluralidad de medios de información y pluralidad en los medios de información; es decir, que no exista una concentación monopólica de la información y que al interior de cada medio encuentre reflejo la diversidad ideológica que existe en la sociedad. En México, hoy, lo primero es todavía una quimera y lo segundo, con el final de las transmisiones de Aristegui, sufre una merma importante. Investigador y profesor de la UNAM |