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    Andrés Henestrosa
José Fernández Santillán
15 de enero de 2008

En medio de aquel tumulto, mi esposa y yo nos fuimos abriendo paso para llegar hasta donde se había puesto la tarima. Queríamos ver, más de cerca, el espectáculo que estaba a punto de iniciar.

Empezaron a sonar los acordes de la orquesta traída desde Oaxaca. Aquel ambiente, de por sí mágico, que empezó a formarse en el patio central del ex convento de San Hipólito se convirtió, de repente, en un torbellino de colores y movimientos, al mismo tiempo, altivos y sensuales. En el tablado sólo había mujeres vestidas de tehuanas, oscilando acompasadamente; pero no eran bailarinas contratadas, sino las propias invitadas que, espontáneamente, se subieron al escenario.

A ese ritual, que nos transportó a una dimensión absolutamente placentera, ahora lo recuerdo como uno de los momentos de mayor gozo estético que haya experimentado. Así comenzó la fiesta del cumpleaños 100 de don Andrés Henestrosa. Fuimos más de mil personas que compartimos la alegría de ver a uno de los grandes hombres que ha dado este país llegar a una edad poco común.

Fue la última vez que conversé con él: recordamos a Ernesto Mejía Sánchez, nicaragüense como mi padre. Mejía Sánchez fue amigo de don Andrés. Conocí a Henestrosa, justamente, en casa de don Ernesto.

Fueron vecinos en Las Águilas; convivieron muchos años y compartieron el interés por Alfonso Reyes así como las idas a La Lagunilla para comprar libros raros. Como lo narra Adán Cruz Bencomo en la introducción del libro Alacena de minucias, a Henestrosa le gustaba ir a ese lugar porque allí encontraba libros de autores mexicanos que habían sido olvidados por los historiadores de la literatura nacional. De hecho, “Alacena de minucias” fue el nombre que le puso a su columna periodística, que se publicó en El Nacional desde el 17 de junio de 1951 hasta el 9 de febrero de 1969, como reivindicación de los escritores mexicanos que la memoria colectiva dejó a la vera del camino.

Ciertamente, el autor de Los hombres que dispersó la danza (1929) fue un puente entre la cultura oaxaqueña y la cultura nacional. Le dio fonética al zapoteco, su lengua original. Gracias a la beca Guggenheim pudo ir a Estados Unidos y dedicarse a la investigación de ese vocabulario y la cosmogonía que lo envuelve.

Sin embargo, no se puede olvidar que Henestrosa fue un cultivador asiduo de la literatura de México. Fue coautor, por ejemplo, del texto Cuatro siglos de literatura mexicana (1946) y autor del libro Los caminos de Juárez (1972).

El jueves 10 de enero falleció a la edad de 101 años. Ya se reunió, allá en el cielo, con su compañera de toda la vida, Alfa Ríos. Un dato curioso que me proporcionó mi amigo Andrés Webster Henestrosa, su nieto: la mamá de don Andrés, Martina, murió también a los 101 años de edad.

Le sobreviven su hija, Cibeles, tres nietos, Edénida, el ya mencionado Andrés y Cérida, y siete bisnietos. A todos ellos mi más sentido pésame.

Convendría que Dios, ahora que lo tiene cerca, le diera a don Andrés papel y pluma para que comenzara a escribir su propia historia también en la eternidad.

jfsantillan@itesm.mx

Académico del ITESM-CCM

 
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PERFIL
 
Director del Centro de Investigaciones en Humanidades, ITESM-CCM. Es doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y la Universidad de Turín, Italia.

Recibió el Premio Nacional en Administración Pública del Instituto Nacional de Administración Pública (INAP) en 1980 y el Premio Nacional Universitario en Ciencias Sociales.

Es reconocido como investigador nacional. Ha escrito ampliamente en las áreas de administración pública y democracia.

 
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